«Vaya dos tontas llamándose Sépia&Calamar, vaya tontería más importante♥»

mardi 12 octobre 2010

No me lleves a casa cuando hayamos encontrado el fin del mundo.

Los lunes también anochece. Aunque tarde más, por ser el peor día de la semana. Y por fin, puedo bajar la persiana, rutina que ha cambiado desde que Miguel… Desde que Miguel ya no me invita a ver las estrellas. Suspiro. Es la última vez que me hablo de Miguel. Él ha muerto para mí. ¿Sabes? No necesito que me acompañe a ver el firmamento. Seguirá siendo el mismo cielo sin él. Pues claro que sí.
Subo el volumen de la música para que mi madre no me escuche abrir la ventana. Juraría que se ha quedado dormida en el sofá, pero cualquier ruido extraño, por muy suave que sea, la despertaría. Siempre tiene los cinco sentidos puestos en mí. Y no lo soporto. Aparto la cortina y me quedo sentada en el borde de la ventana, con los pies colgando. El viento me pone los pelos en la cara. Los aparto con un ágil movimiento y miro hacia el infinito. Genial, está nublado. Ni un mísero punto de luz. Sonrío. Claro, es lunes. Los lunes siempre son una mierda.
El viento frío me pone la piel de gallina. Un tirante del pijama se desliza por mi hombro. Me estoy congelando. Probablemente llueva antes de que me acueste y no pare hasta mañana, después del desayuno. Luego estará la calle encharcada y no podré compartir mi paraguas con Lisette.
El ruido ronco de una moto, interrumpe el silencio de la noche. Reconozco ese motor. ¿Andrés? Suena mi móvil desde la habitación. Alargo el brazo y lo cojo sin moverme. Un mensaje. Si me entran ganas de jugar sucio y divertirme a espaldas de otros, ¿vendrás tú? Sonrío. Estás sentado en la acera delante de mi casa, de espaldas a mí. Por supuesto. ¿A dónde vamos? Me encanta como te quedan los pantalones rojos. Te contesto. Quince segundos más tarde lo recibes, te levantas, te mira los pantalones y das una vuelta a tu alrededor. No me ves. En la ventana, Andrés. Sonríes y me saludas con el brazo. Me subo el tirante y alzo el brazo. Sabes que no puedo bajar. Que a estas horas, mi madre no me deja salir, y todavía menos siendo lunes. ¿Vamos a perdernos por las calles infinitas? Cuando hayamos encontrado el fin del mundo, volvemos. Me pongo a reír. Me miras desde la calle. Subes en la moto, la enciendes y me haces un gesto con la cabeza para que suba tras tuyo. Abro la ventana, entro en mi habitación, cojo la sudadera gris que tengo encima de la silla, me pongo las victoria negras porque es lo primero que he pillado y salto de la ventana al tejado del garaje. Camino por el muro hasta la puerta del jardín que da a la calle y salto sobre la acera. Me subo en la moto y me agarro a tu cintura.
Y sin casco, con el viento en la cara, corremos. Salimos de la ciudad. Oscuridad. Tú y yo. No sé a dónde me llevas. Solo vemos lo que hay a dos metros de nosotros, gracias a la luz de la moto. Bosque. Tengo miedo. ¿Y si te has vuelto loco? ¿Y si pierdes el control? ¿Y si nos caemos por algún barranco? Nadie nos escucharía.
- ¡Andrés, para!
Frenas en seco.
- ¿Qué pasa, Henar?
- Tengo miedo.
- No te hubiese traído por aquí si no lo conociera. Es una locura, pero tampoco para morirse. Si un día se me cruzan los cables, me perderé solo para morirme yo y no los dos.
- Pues yo prefiero morirme contigo y no que te mueras tú solo.
- ¿Por qué dices eso?
- Porque prefiero eso que vivir sin ti.
Silencio. Bajas la cremallera de tu chupa, dispuesto a arrancar la moto de nuevo. Te gusta que vuele con el viento.
- Espera. Entonces, si conoces el camino, ¿cómo quieres que encontremos el fin del mundo?
- ¿De verdad quieres que lo busquemos?
- Por supuesto.
Arrancas. Das media vuelta y volvemos a la ciudad. Luces, música, viento.
- ¿Te he dicho alguna vez que eres preciosa?
Y el ruido de la moto se me mete en los oídos hasta que pasa desapercibido. Llueve. Te agarro muy fuerte. Dale más caña, Andrés. Que mi pelo se alborote y que nos suba la adrenalina hasta que necesitemos gritar.
No me lleves a casa cuando hayamos encontrado el fin del mundo. Recorramos calles infinitas hasta que salga el sol. A mí el fin del mundo me importa una mierda si tú estás conmigo.

jeudi 7 octobre 2010

Cuentitis aguda.

- ¿Quieres venir conmigo a tomar un helado? - me sonríe desde la calle.
- ¿Un helado, Andrés? ¿Ahora? Hoy hace mucho frío.
- Y aunque mañana salga más el sol, tú seguirás teniendo las manos congeladas.
- Ya. No tengo ganas.
- Un helado de nata.
- No me apetece.
- Con coco y nueces.
- Mejor otro día.
- Con chocolate blanco.
- ¿Se puede saber qué te pasa?
- Que no quiero que estés encerrada en casa todo el día.
- Estoy triste. No tengo ganas de nada más.
- Y yo. Lisette no se lo merece. Jamás lo hubiera imaginado.
- De verdad que no quiero ir a tomar un helado, gracias. Adiós, Andrés.
Me giro para abrir la puerta de casa y dejarlo ahí plantado, detrás de la puerta del jardín.
- Miguel me ha llamado.
Paro. ¿Qué? Miro al suelo. Su voz. Hace más de un mes y medio que no la escucho. Desde que se fue que no da señales de vida. Pero yo sé cosas de él. Siempre que me encuentro a su madre por la calle, se para a hablarme. Y yo le pregunto sobre los estudios de Miguel. Dice que todo le va muy bien. Supongo que con saber que sigue vivo, me basta.
- Está en casa de su tía. Dice... - suspira - dice que te echa de menos.
Estoy flipando. ¿Miguel echándome de menos? ¿Después de mes y medio sin querer saber nada de mí? Cuentitis aguda.
- ¿Y por qué no me ha llamado a mí para decírmelo?
- No lo sé, Henar. - hace una mueca.
- Pues yo sí que lo sé: porque es mentira. Vete, Andrés. Hoy no tengo ganas de salir de casa. Ya hablaremos otro día. Adiós.

(Dos horas más tarde.)

- ¿Andrés? ¿Qué haces ahí sentado en la acera?
- Sabía que volverías. Lo quieres de nata, ¿verdad?
- Estás loco. Tienes las manos congeladas.
- Igual que tu nariz, y mira que acabas de salir de casa.
- ¿Por qué no te has ido?
- Porque necesitaba decirte que estaré aquí siempre. Y no me taches como a Miguel, que yo no te dejaré sola.

Otro más para la lista de "hombres que intentan hacerme creer que estarán aquí siempre que los necesite". Con este ya van tres. Marc también lo dijo una vez. Por cierto, qué raro que no me haya tirado las redes del barco Pescanova ahora que Miguel se ha ido. Debe estar enfermo. Si ya decía yo que con el frío del otoño hay que andar con cuidado. Que luego todo son estornudos y kleenex por toda la casa.
- Dame la mano, anda, que te ayudo a levantarte. ¿Vamos?
- Invito yo.

mercredi 6 octobre 2010

Mírate, ya eres una niña grande.

Henar, ven aquí, que te debo un abrazo. Que ya me han dicho que viniste ayer, y no me despertaste. Hoy he estado soñando con el día que nos conocimos. Tú, con tu diadema lila, y aquél lacito negro en el pelo. Y yo, con mis dos trenzas. las monjas nos explicaron lo buenas que teníamos que ser. ¿Te acuerdas cómo chillaban cuando les gastábamos bromas? Qué recuerdos... ¿No dices nada? No me llores, cariño. ¿Cuántos años teníamos? ¿Dos, tres? Qué pequeñas eramos, y como hemos cambiado. Mírate, ya eres una niña grande. Ven, sientate detrás mío, y me haces otra vez aquellas trenzas. Quiero que me peines el pelo con los dedos, como si se fuese a romper. Te echaré tanto de menos.

lundi 4 octobre 2010

Me coges de la mano, me paseas por sus calles.

Tengo que decirte algo.
Me voy.
Los médicos me han dado un mes de prórroga.
Si te soy sincera, tengo poco por lo que luchar.
Me tengo que despedir de mi Henar, de mi familia, y de mi tú.
Ya sabes qué es lo más difícil.
No digas nada, por favor.
Tan sólo hazme un favor; llévame a París contigo.
Me coges de la mano, me paseas por sus calles.
Será nuestra despedida.
El último adiós.








Elliot, no me llores. Cariño...

dimanche 3 octobre 2010

Cinco minutitos, Andrés.

Henar ha estado aquí. Ha llegado sin avisar y se ha sentado a mi lado, en el sofá. Me ha preguntado si molestaba y se ha encojido de piernas. Claro que no estorbas, Henar. Qué cosas tienes. Le he preguntado qué le pasaba y casi se me pone a llorar. No ha artuculado palabra alguna. Se ha hecho un ovillo y se ha apoyado en mi torso. Estaba fría y temblando. He cogido mi jersey blanco que estaba tirado en la otra punta del sofá y se lo he puesto por encima.
- Estrújame con un abrazo, por favor, Andrés. - ha dicho al fin.
He intentado quitarle el frío nervioso que tenía en su cuerpecito de niña. Pero de poco ha servido. Ha cerrado los ojos y se ha puesto a tiritar. Lágrimas congeladas resbalaban por su mejilla y se encharcaban en mi pecho desnudo.
- No sabes cuánto me duele verte así, cariño. - y he acariciado su mejilla con el pulgar. Tambien sus labios.
- Necesito desaparecer. Cinco minutitos, Andrés. Solo cinco. - se ha restregado los ojos. - Y al volver quiero que mi cabeza haga un reset. Empezar de cero.
- Henar, Miguel te quiso mucho. Miguel te quiere mucho. No le olvides, a él no le gustaría volver y...
- ¿Y que le haya olvidado? Ya lo avisé. Además, ¿todavía crees que volverá? Que lo crea yo, vale. Pero a ti seguro que te ha dicho que se quedará en París. A mí me dijo que volveremos a vernos porque no hubiese soportado verme llorar. Es un cobarde. Y nunca me quiso lo suficiente.
Y después de este ataque de valor, se ha puesto a llorar de verdad.
- Volverá, Henar. Te lo digo enserio. No te estoy diciendo lo que necesitas escuchar, te estoy diciendo que Miguel no puede dejarte sola. Porque si se separara de ti para siempre, una parte de él moriría contigo.
Se ha incorporado y me ha dado un abrazo. Ya no temblaba, aunque ha seguido llorando en mi hombro durante un rato. Hasta que le ha sonado el móvil.
- ¿Qué querrá la madre de Lisette? - ha susurrado mirando la pantalla de su móvil. - ¿Sí? Michele, soy Henar. ¿Qué pasa?
Se ha puesto pálida de repente. Pocos segundos más tarde ha colgado, sin despedirse. Ha clavado sus ojos en el suelo.
- Andrés, llévame al hospital.

Aquél maldito temblor.

Esa mañana se despertó con el insistente sonido del despertador. Al poner las piernas sobre el suelo, éstas no respondían como de costumbre. Lentamente se levantó, y como pudo llegó al lavabo, intentando evitar aquél maldito temblor. Intentó abrir el armario, pero sus finos dedos también habían decidido ponerse a temblar y no respondían a las ordenes del cerebro. Harta, se acercó al espejo para ver qué ojeras tenía esa mañana, y se encontró algo muy diferente a lo que esperaba. la que miraba desde el otro lado no era ella. O si era, no se le parecía. Tenía su mismo pelo, llevaba puesto su mismo pijama, pero no podía ser ella. [...]



- Elliot, soy Michele, la madre de Lisette.
- Si dime, ¿qué pasa?
- Verás... estamos en el hospital. Esta mañana nos la hemos encontrando tirada en el suelo del lavabo.
- Pero, ¿qué ha pasado?
- Eso mejor te lo cuenta ella...

samedi 2 octobre 2010

Mi amiga Lisette.

Conocí a Lisette porque cualquier otra cosa habría sido una tontería. Simplemente tenía que ser mi amiga, y por ese motivo ocurrió. Sino nadie más llenaría ese vacío que se me hace en el estómago a las 22h de la noche, ahora que Miguel ya no está.
Me gusta acostarme pronto y pensar en cosas bonitas. Pero claro, todo tiene que ver con Miguel, y desde que se fue, ya no son ese tipo de cosas que se pueden pensar por las noches. No, porque entonces entra la nostalgia por la ventana y cualquiera la echa. Así que mejor pienso en Lisette. Y en lo divertida que es. Y en lo que le gusta reírse conmigo los días que llueve. Y los que no, también, claro. Ella es como un sueño que se hace realidad cada vez que tengo ganas de sonreír. Porque aparece cuando menos me lo espero. Pica a mi puerta con los nudillos y cuando la abro, aparta la cortina con una enorme sonrisa preguntándome si la acompaño a algún sitio o a ninguna parte. Y siempre cedo. Por supuesto, ¡si me muero de ganas!

Hoy nos ha pillado la lluvia de camino a ninguna parte. Por suerte, entre la cantidad de cosas inútiles que llevo en mi bolso, he encontrado un paraguas.
- Ven aquí cerquita hasta rozarme el hombro. Encógete, que debajo de mi paraguas de elefantitos cabemos las dos. - le he dicho.
Me ha hecho caso y nos ha entrado un ataque de ilusión. De esos tontos en los que cerramos los ojos con fuerza, sonreímos y hacemos un ruidito agudo mientras saltamos estúpidamente. Como siempre, hemos acabado riéndonos de nosotras mismas. De lo tontas que somos y podemos llegar a ser cuando estamos juntas. Entonces hemos llegado a una calle con un charco enorme.
- Quítate los zapatos. - me ha dicho.
Los hemos dejado en el borde y nos hemos puesto a saltar, como si fuéramos dos niñas inocentes que salen a la calle sin las botas de agua porque prefieren mojarse los pies. Una locura. Me ha contado que a ella le encantaba hacerlo cuando era pequeña. Que una vez salió a la calle, se empapó enterita, y al volver su madre le regañó porque se había mojado el vestido de cuadritos. Yo me he puesto a reír y le he mojado los pantalones tejanos. Y entonces me ha robado el paraguas y lo ha tirado fuera del charco para que me empapara con la lluvia. ¿Cómo era la canción? Se nos ha ido la olla por completo, y nos creíamos que estábamos cuerdos, es igual, si no lo entienden son ellos. Nosotros somos luz y ellos están ciegos.


Y ahora vuelven a ser las 22h. Me noto un vacío encajado en el pecho. Y me sobra que Miguel esté tan lejos.

jeudi 30 septembre 2010

Y que me traías profiteroles a la cama.

Se despierta con la luz del día entrando por la ventana, y se da la buelta para verle la cara. Le encanta la carita de niña buena que tiene mientras duerme. Ella abre poco a poco los ojos, y lo ve allí, con esa cara de tonto que se le pone en estas ocasiones.

- Buenos días, pequeña.
- Buenos días. Me duele un poco la garganta, hoy no voy a clase, ¿vale?
- De acuerdo, pero te recuerdo que yo sí que tengo que trabajar. ¿Me esperarás hasta la hora de comer?
- Claro. Y si quieres te hago risotto, que sé que te encanta. ¿Te acuerdas cuando hice mi primer risotto?
- Por supuesto. Me tiré una semana comiendo lo mismo porque la señorita estaba mala y me hacía un plato todos los días. ¿Y tú te acuerdas de lo que yo hacía?
- Sí, que luego por las tarde me llevabas a pasear por las Ramblas. Y que me traías profiteroles a la cama, cada mañana. Hace tiempo que ya no lo haces.
- Hace tiempo que no te pones mala.

Él se levanta, se arregla, desayuna y se va a trabajar, no sin antes comprovar que ella se ha vuelto a dormir.

Ella se despierta, y cuando va a mirar la hora en el despertador, se encuentra con un plato de profiteroles bañados en chocolate.

Lisette, sé buena. Volveré. Elliot.

mercredi 29 septembre 2010

Para que Miguel pueda volver cada noche, volando.

Estoy nervioso. Solo 22 minutos más y, si mi vuelo no se retrasa, estaré volando dirección París. 22 minutos era lo que tardábamos en llegar al mar en tren. 22 escalones eran los que subía, con una felicidad muy tonta, cada domingo para llegar a la puerta de tu casa, Henar. 22 fue el día que estrenaste tus pantalones cortos amarillos, para el cumpleaños de Lisette, en Agosto. 22 hora hace que te besé por última vez, después de comernos el dulce pastel de arándanos. Qué bonita despedida, mi niña. No sabes cuanto te quiero.
Un matrimonio más y pido un café. El hombre del restaurante me mira con cara monótona, sin articular palabra por si soy estrangero.
- Un café solo.
Henar, sé que me habrías matado de haber escuchado esto. Un café solo. Con lo que te gusta a tí echarle azúcar a todo. Con lo que odias el amargo. A mí tampoco me gusta. Pero almenos, junto al café, no seré el único amargado.
- Gracias. - me lo entrega.
Me siento en un taburete alto de esos que estan al vorde de una mesa de madera con tres patas. Doy el primer sorbo. ¡Diós, qué asco! Esto lo único que hace es meterse en mi cuerpo, arder y amargarme más. ¿En qué estaba pensando? Qué tontería.
- Perdone, ¿puede darme unos cuantos sobres de azúcar?
- ¿Cuántos quiere exactamente?
- No lo sé. Cinco o seis.
El hombre debe pensar que soy un cliente estúpido y que tendría que cobrarme los sobres. Los deja encima de la mesa y sigue atendiendo. El muy rancio sólo me ha dado cuatro. Los abro y me los echo todos. Casi puedo notarte aquí a mi ladito. Mirándome con los ojos pequeñitos y una gran sonrisa, esperando que te diga que me encanta el café que me has preparado. Pero solo casi. Este café no tiene nada que ver con los que me prepabas los lunes por la tarde, cuando me invitabas después de acabar los deberes. Esos lunes por la tarde que quizás no se repitan. Tardes que oscurecían detrás de la ventana, mientras me deshacía con tu lujúria. Tus besos. Tus risitas cuando te escondías debajo de las sábanas. Y estabas para comerte enterita. Con esos mofletes y tus lunares. Te echo tanto de menos.
15 minutos y estaré dejando el cielo atrás. Él se queda aquí contigo, Henar. Para que tú lo roces siempre que quieras. Y para que yo pueda volver cada noche, volando con estas alas que me cosiste un sábado nublado por la tarde. Ese sábado en el que me llevaste a tu lugar secreto. Nosotros vemos la ciudad, pero la ciudad no puede vernos, me dijiste. Qué dulce.


Ocho meses, Henar. 244 días y habré vuelto. Ojalá no me hayas olvidado entonces.

lundi 27 septembre 2010

Cuando a Henar se le cayó el cielo.

Quedan migas de la merienda en el mantel a cuadros. Yo las esparzo, las pongo en fila y las vuelvo a desperdigar. Qué rico me ha sabido el pastel de arándanos contigo, Miguel. Y yo que creía que le había echado demasiado azúcar, y tú te has limitado a chuparte los dedos al acabar, diciendo que era el mejor pastel de arándanos que te habías comido nunca. Mira que a mi no se me da demasiado bien hacer pasteles. Bueno, ni pasteles ni galletas de limón. Tan sólo me salen buenas las magdalenas de chocolate. Y sigo pensando que eres la única persona a quien le gustan mis pasteles de arándanos. Pero no sabes lo contenta que me pone eso, esa tontería.
Esta tarde ha sido especial, ha sido la última. Tal y como has llegado a mi casa, me has abrazado. Qué bien hueles siempre. Así como a mis quince primaveras juntas. Suave, dulce, picante y tentador. Me has besado la frente y me has preguntado qué había preparado para merendar. Lo intuías, pero te has sorprendido al ver el pastel de arándanos encima de la mesa de la cocina. Sobre él había escrito Henar y Miguel con chocolate deshecho. Había que tener un poco de imaginación para leerlo, pero tú lo has entendido enseguida. Te ha encantado, pero más me ha encantado a mí verte sonreír. Te he prestado un cuchillo y le has dado seis vueltas y media a la mesa porque no sabías por dónde cortarlo. Y yo riéndome, diciéndote que no importaban los nombres, que desmoronaras el pastel por donde quisieras. Me has sonreído y has cogido un triangulito que tenía medio nombre tuyo, y me dio mío. Yo también he cogido un trocito. Y otro, y después otro, hasta que han quedado las migas que tengo ahora entre los dedos. Después hemos estado recordando cada una de las veces que nos habíamos quedado solos. Qué risa, Miguel. Siempre sabes endulzar todo lo que debería ser amargo. Al final se nos ha hecho tarde y me has dicho que tenías que irte ya. Se me ha roto el mundo. Se me ha caído el cielo. Me has prometido que volveremos a vernos. Te has acercado a mí y me has besado los labios, así muy suave.
Y ahora, ¿quién me acompañará a dibujar las olas del mar en invierno? ¿A quién le daré la horchata cuando ya le haya pegado el primer trago? ¿A quién me encontraré por sorpresa un domingo por la mañana sentado en la mesa de la cocina esperando a que me entre hambre de un vaso de leche para verme desayunar? ¿Quién se fijará ahora en mis lunares? ¿Con qué motivo me pasearé en verano con mis pantalones cortos amarillos por el parque?

Todavía me saben los labios a ti. A nuestra bonita historia, Miguel.

dimanche 26 septembre 2010

Los caramelitos de fresa de Anouk.

A Anouk le encantan los caramelos de fresa. Lo sé porque siempre que estoy triste, aparece ella con sus pantalones blancos y saca uno del bolsillo. Y diós, están buenísimos. Y a mí se me quita la tontería, le regalo una sonrisa y le doy un achuchón de esos que desde fuera no se entienden. Pero esta mañana, cuando ha tocado el timbre y he bajado al jardín, me he puesto a llorar. Me ha preguntado si había salido defectuoso o si el que me había dado era de café y se había equivocado. Le he dicho que por suerte no, que si hubiese sido así ya lo hubiera escupido. Entonces le he contado que Miguel se va. Que no sé ni dónde ni cuando. Me ha mirado con cara de querer desenvolver todos mis problemas para que desaparezcan y me ha abrazado muy fuerte.

Miguel, que te vayas es peor que comerse un caramelo de café, de crema y de nata.

vendredi 24 septembre 2010

Cuando se abre, aparece un color de cielo impresionante.



Querido Diario,
Hoy te pongo una fotografía de La Puerta. No me acaba de convencer. Da la sensación de que dentro habría oscuridad. Y no. Cuando esa puerta se abre, brilla mucho. Cuando se abre, aparece un color de cielo impresionante. Un cielo de esos que no se sabe donde empieza y donde acaba. Ya sabes, de los que nos gustan a ti y a mí, de los nuestros. De los que estan a 3 metros sobre el cielo y siguen hasta los 330 metros y siguen mucho más alto.




PD: Y me he llevado al Toty. Es una visita obligatoria.

Tallarines con salsa sorpresa.

Lisette: ¿Sabes? Hoy he estado recordando el primer día que fui a tu casa.

Elliot: Ya ha llovido desde entonces, pequeña.

Lisette: Pues sí, per es un recuerdo bonito. Cuando llegué al portal y piqué, tardaste una eternidad en abrir, y yo me sentía tan pequeña en medio de una ciudad tan grande...

Elliot: ¡Pero si salí corriendo a abrirte! ¿No recuerdas que me estaba abrochando la camisa cuando subiste?

Lisette: Claro que lo recuerdo. Y me enseñaste a hacer el nudo de la corbata.

Elliot: ¿Y del menú, qué me dices? Tallarines con salsa sorpresa. ¿Aún no recuerdas la receta?

Lisette: Por supuesto que no. Lo que más me extrañó es que quedara tan rica.

Elliot: ¿Por qué? ¿No confiabas en mis artes culinarias?

Lisette: Sí, pero tu mirada estaba más en mi falda que en la salsa.

Elliot: Hombre, si te me sientas encima de la encimera, como voy a concentrarme.

Lisette: Ay, Elliot, suerte que lo compensaste con el postre.

Elliot: Ay, Lisette, ¡y qué postre! Y qué sorpresa al despertar por la mañana, y ver que habías desaparecido, junto con las sobras de la cena. Y al abrir el cajón de las corbatas, cada una tenía su nudo perfecto.

A París, por ejemplo.

- ¿Sabes? Consigo un casco y nos vamos.
- ¿A dónde, pequeña?
- Lejos, cuánto más lejos mejor. A París, por ejemplo. ¿No lo extrañas? ¡Es tu ciudad!
- Aprendes a vivir sin ello... Pero, ¿y de dónde sacamos un casco?
- No sé. Le preguntaré a Henar, o a Miguel. Incluso se lo puedo pedir a Marc, seguro que guarda uno de alguna de sus follamigas.
- Amantes, él las llama amantes.
- Bueno, da igual. Elliot, vámonos. Vamos a dejarlo todo atrás. Los estudios, los padres, los amigos, la familia. Todo.
- Pero no podemos huir, pequeña. Existen las responsabilidades.
- Elliot, es un capricho sin sentido. Concédemelo. Vamos, por favor. Coge la moto, yo te espero fuera. Tú te sientas para adelante, y yo detrás. Y me abrazo a ti. Fuerte.
- Ven aquí, anda.
- No me dejes nunca.

jeudi 23 septembre 2010

Cerrar los ojos, poner mi frente sobre tus labios.

Déjala, Elliot, deja que suene la música. Déjame que avance sólo un paso, por favor. Déjame que lleve tus manos hasta mi cintura, que rodee tu cuello con las mías. Escucha, yo también sé cantar esa canción. Al fin puedo olvidar la sombra opaca que me oculta del mundo, cerrar los ojos, poner mi frente sobre tus labios y permanecer así diez, veinte, cincuenta segundos, una o dos horas, seis meses, doce años, todo ese tiempo que aún me debes, que aún te debo, una deuda secreta que ni nosotros mismos nos atrevíamos a reconocer. Pero no creas que no interpreto tus gestos: ahí está ese THE END que dejé escrito en la pizarra el último día de clase y que no has sido capaz de borrar.



Palabras prestadas de Quince, por Federico Abad.

Labios manchados de leche.

- Avísame mañana cuando vayas a desayunar.
- ¿Desayunarás conmigo?
- No, tranquila, tomaré algo en casa y vendré corriendo. - me sonríe. Sé que le ha gustado la parte en la que he dicho que vendré corriendo. Y a mi me gusta la sonrisa pillina que se le escapa a propósito.
- Pero Miguel, sabes que yo me levanto siempre muy pronto. Te asustarás si suena el teléfono a las siete de la mañana.
- No te preocupes por eso.
- Mañana es domingo. ¿Por qué no quedamos después? Así me peino, me pongo mi vestido blanco de verano y salimos al parque. - Qué encanto de niña. Pero no. Yo quiero verla desayunando. Seguro que está preciosa: con el pelo alborotado, los ojitos achinados, su camiseta de manga corta azul claro tapándole medio muslo y los labios manchados de leche. Además la miraré con esa cara de bobo que se me queda y me sonreirá. Siempre lo hace.
- Que no, Henar. Llámame mañana en cuanto te entre hambre de un vaso de leche y te levantes de la cama. - su pestañeo de Miguel, no tienes remedio, me invade. Es cierto, no lo tengo. Pero me alegrará el día levantarme con ella. Bueno, levantarme e ir con ella.
- Vale, pero sólo si esta tarde me acompañas a comprarme una horchata bien fresquita. Que a mí solo me apetece el primer trago.

mercredi 22 septembre 2010

Je suis désolé.

- Miguel, háblame en francés. Que tú sabes y a mi me gusta cómo se te ponen los labios. Así pequeñitos, y con ese sonido tan bonito que le das a las palabras, digas lo que digas. - Y se sienta en mi regazo. Úf, ¿y qué le digo yo ahora a esta niña pecosa? Vaya ojazos más oscuros qe tiene, qué intensos. No deja de mirarme. Trago saliva y me sonríe. Mierda. Lo peor es que sí que tengo algo que decirle. Y no es el mejor momento. Pero es que nunca será el mejor momento para decírselo. Respiro. Allá voy.
- Je vais aller toujours. - Suelto de carrerilla. - Je t'aime. - la miro a los ojos. Je vous aimerais toujours.
Henar, no. No me mires así, princesa. Lo siento.
- ¿Q... qué has dicho, Mi... Miguel? - le tiemblan los labios. Tiene ya los ojos empapados. Con esa pequeña mirada me recuerda a la primera vez que la vi, tan pequeña, sentada en un banco del parque, haciendo pucheritos porque se había caído del columpio.
- Je suis désolé.
- No.
Aquél día no la escuché llorar. Tan solo se aguantaba el llanto, absorvía la nariz y se restregaba los ojos. Ahora sí que llora. Henar, mi pequeña Henar. No hagas las cosas más difícil de lo que son.
- Miguel, no puedes irte. - me dice con un hilo de su dulce voz. No puedes. No.
- Todavía no sé cuando me iré. Pero te juro que volveremos a vernos.
- ¿Sabes, Miguel? Me han prometido muchas cosas, ya. Y las más importantes, no se cumplen nunca. Fui una estúpida pensando que tú no me dejarías nunca sola. Ya lo veo. Ahora te vas. Te vas ¿y sabes qué? - se pasa la manga del jersey por los ojos. - Acabaré olvidándote.
¿Cómo? Henar, no. No, ¡joder! Se levanta y se va. Camina poco a poco por la calle. La sigo. Espero a que se pare en algun lugar, pero lo que hace es echarse a correr. Y a correr. ¿Marc? No, por favor. Se... se abrazan. Él le da un beso en la frente y ella apoya su cabeza en él. Quizá es cierto que va a olvidarme. Adiós, Henar. Encantado de haberme cruzado contigo en esta vida. Je t'aime beaucoup.


- Marc, Miguel se va para siempre. Y me deja sola, ¿entiendes? Sola. Moriré lentamente sin él. No puedo parar de llorar, y me siento estúpida. ¿Sabes qué hacía él cuando me ponía a llorar como una magdalena? Me abrazaba. me estrechaba contra su pecho, así, muy muy fuerte. Entonces yo lloriqueaba un poquito más para que no me soltara todavía.
- Ven aquí, cariño.
- No, Marc. Tú no sabes abrazar como Miguel. No te mofles.

dimanche 19 septembre 2010

Ven, anda. Que voy a hacer palomitas en esta tarde de llúvia.

¿Sabes las comidas esas en las que todo el mundo está callado? ¿En las que solo se escuchan los cubiertos? Bueno, pues ahí estaba yo. Sentada a la izquierda de todo, comiéndome un trozo de pollo asado. Con lo que odio yo el pollo. Y además me ha tocado la pechuga, y seca.
Entonces se ha puesto a llover. No me ha molestado demasiado porque almenos se escuchaba algo más a parte de los cubiertos chocando contra los platos y cortando el pollo seco. He esperado a que mi padre acabara de comer y he llevado los platos a la cocina. Mi hermana ha recogido el resto de la mesa. Cuando me dirigía a mi habitación, mi madre ha roto el silencio.
- Saldremos a comprar esta tarde. Volveremos tarde porque quiero pasarme por la carnicería de la ciudad. - más pollo. - ¿Estarás aquí toda la tarde?
- Sí mamá, tengo que estudiar filosofía.
- Espero que te apliques.
Siempre igual de estúpida. Claro, como ella no tiene que amargarse por los estudios, me amarga a mí. Me he sentado delante del escritorio y he abierto el libro. Más o menos lo entiendía. Y fuera estaba lloviendo. Y yo no sabía si mirar la llúvia o concentrarme en lo que debía memorizar. Y me he hecho un lío. Entonces he optado por dejar de estudiar y relajarme, pero no antes de haber escuchado que salían de casa. Me he sentado en la cama y me he puesto a pensar en Andrés. Y en lo sexy que es Andrés. Y en sus labios. Y en su voz. Y en su forma de rozarme siempre. Y Andrés. Y más Andrés. He decidido que pensar tanto en Andrés es malo. Muy malo. Porque luego me ha entrado el gustanillo de estar con él, y como no había manera de que se me quitara, le he enviado un mensaje. Ven, anda. Que voy a hacer palomitas en esta tarde de llúvia. No me ha dado tiempo a dejar el móvil sobre la mesita de noche, que ha sonado de nuevo. Saladas, please. He pegado un salto y antes de llegar al suelo ya estaba metiendo las palomitas en el microondas.
Cuando ha llegado yo ya me había puesto el pantalón largo negro y el jersey de París que me dejó Lisette ayer. Le he abierto la puerta y nos hemos sentado en el sofá. Me ha clavado sus ojos pardos y he apartado la mirada. Lisette siempre me ha dicho que debo tener cuidado con él, que es uno de esos hombres que lavan los cerebros con un beso, así sin piedad. Pero a mi nunca me ha besado. A mi amiga tampoco, pero ella entiende de hombres, que yo lo sé. Además, ¿cómo debe sentirse una después de un beso de Andrés? Probablemente con ganas de más. Y me han entrado unas ganas locas de arriesgarme. He ido a buscar las palomitas y un relámpago ha iluminado todo el salón. Perfecto. Quería encender la televisión pero Andrés me ha dicho que mejor no lo haga, a ver si se estropearía con la tormenta.
Y con eso lo ha dicho todo. Es más, ha mordido la palomita mientras me miraba. Y eso es insinuación, de toda la vida. Yo también lo he hecho y me ha sonreído. Pero con una sonrisa de esas que matan, eh. Y ya me ves a mi muerta en el sofá, con las piernas encogidas y la mirada perdida entre sus ojos y su boca. Entonces me ha acariciado el pelo, así suave, con la yema de los dedos. Me ha rozado la barbilla y me ha tocado los labios. Ha cogido una palomita y me la ha metido en la boca, riéndose. Vaya cara debía tener, qué vergüenza. Después se ha puesto una en los labios y se ha acercado para que se la quitara. Después lo he hecho yo. Nuestros labios se iban rozando poco a poco hasta que ha dejado de jugar limpio. En una de esas en las que me he acercado sensualmente para quitarle la palomita de la boca, la ha escondido detrás de los labios y me ha besado. Ha sido pequeñito, así como cuando explota una pompa de jabón en el aire. Entonces se me han caído las palomitas al suelo. ¡Qué tonta! Las ha mirado durante un instante y ha parecido no importarle. Ha puesto la mano en mi cuello y me ha besado de verdad. Intentaba recordar las palabras de Lisette cuando ha empezado a besarme el cuello. Y diós, qué cosquillas. Me ha entrado la risa tonta al pensar que se me estaba poniendo la piel de pollo, lo he agarrado por la cara y he mirado sus ojos. Qué raros estaban. Eran así como verdes, azules, grises, marrones, amarillos... no sé, pero me miraban con ansia. Me ha sonreído y ha seguido por donde iba. Qué tortura, Andrés. Después se ha acercado a mi oído y me ha susurrado palabras sueltas. Preciosa. Intentaba quitarme el cinturón. Me encantas. La bragueta. Te quiero. No podía pensar. Me ha acariciado la oreja con la lengua y me ha entrado un repelús por todo el cuerpo. Tenía la mente en blanco. He abierto los ojos y se había hecho de noche. Ya no llovía. Las palomitas seguían esparcidas por el suelo del salón. Y seguía sin poder pensar, inundada en aquel mar de besos y caricias. De golpe, Lisette en mi mente, su voz. Es uno de esos hombres que lavan los cerebros con un beso, así sin piedad. Mierda. He abierto los ojos y me ha acariciado el pelo. Perdición. Le he mordido el labio y ha suspirado, excitado. Andrés, para por favor. Sus besos han bajado hasta mi pecho, y me he puesto nerviosa.
- ¿Qué te pasa, Henar?
- Que tengo la mente en blanco.
- Perfecto.
Y me ha mordido el cuello, suave. Después la oreja, mis hombros. Mi pelo alborotado y sus ojos brillantes. Me ha dado miedo. Mucho miedo. De repente sólo hacía cosas inconscientes, sin pensar. Sus besos me mataban lentamente con su dulce tortura. ¡Basta!
- Los lavados de cerebro, con agua fría, por favor. - le he dicho.
- ¿Por qué? - intentaba hacerme creer que no sabía de qué le hablaba.
- Porque así cuando vuelva a pensar, lo haré en frío.

samedi 18 septembre 2010

18 de Septiembre.

Querido Diario,
Hoy he hecho un nuevo amigo. Justo en el momento en que acababa de acabar la Puerta.







"- Mi nombre es Lisette ¿quién eres tú?

vendredi 17 septembre 2010

17 de Septiembre.


Querido Diario,

Te informo de que te escribo tan solo porque mi mamá me obliga. Ella (mi mamá) me ha prohibido "terminantemente" que le explique mis cosas a las vecinas porque según ella (mi mamá, otra vez, qué pesada, ¿verdad?) las agobio. Mentira. Pero bueno, sé que al final tú y yo acabaremos siendo grandes amigos. Ya verás. Ah, por si todavía no lo sabes, yo me llamo Lisette, encantada.

Lo primero que te quiero contar es mi aventura de hoy. Mi mamá me había ordenado, no pedido, que me pusiera el vestido de cuadritos que tanto le gusta. Y yo me lo he puesto pensando que mi mamá se había levantado hoy con el pie derecho y no sabía lo que decía. Y luego se ha puesto a llover. Qué maravillosa es la lluvia, ¿no crees? De pronto el cielo se pone de un color oscuro, así como gris, y las nubes empiezan a llorar. Cuando esto pasa, la gente se pone muy triste y algunos gritan "¡Me cago en San Pedro!", que seguramente será el que pone triste a las nubes y a todos los demás. Pues yo no me pongo triste, porque cuando llueve se hacen charcos por todo el pueblo, y no hay nada que me guste más que saltar de charco en charco. Bueno sí, pisar las hojas secas, pero ese tema lo dejo para otro día.

Bueno, a lo que iba, que me voy por las raíces. Pues vestida con mi vestido cuadrado he salido corriendo en cuanto he escuchado las gotas repiquetear en los cristales, y me he paseado por todo el pueblo de charco en charco. ¡Más divertido! Lo peor ha sido cuando he vuelto a casa. Mamá me ha echado una bronca... Me ha gritado por salir lloviendo sin paraguas, por salir lloviendo tan arreglada (¡pero si ha sido ella la que me ha mandado a ponerme el vestido!), me ha regañado por salir descalza (¿Cómo voy a pisar los charcos con los zapatos? ¡Entonces no me mojo los pies!), me ha regañado por "escaparme" cuando tenía que venir la tita Catalina a comer, y así sucesivamente.

Al final, he tenido que subir a cambiarme porque según ella el vestido estaba demasiado mojado, y me ha echo ponerme aquél rosa que odio tanto. Y para colmo, la tita Catalina me ha vuelto a estirar de los mofletes, como siempre. Y me ha dicho lo grande que estoy, como siempre. Y que como me va el cole, como siempre. Y que si ya tengo novio, como siempre. Y que tengo que ser una niña buena, como siempre.

samedi 4 septembre 2010

Sí, lo soy. ¿Y qué?

- Eres una cobarde, ¿eh?
Anouk me mira. Bueno, eso ya lo hacía antes. Bah, de echo siempre lo hace, soy irresistible. Le he dicho que se venga conmigo a dar un paseo a la hora de matemáticas. Todos sabemos cómo acaban los supuestos paseos. Y ella quiere. Yo sé que quiere. Pues claro que quiere, ¿quién no va a querer hacerlo conmigo? Pero es una cobarde.
- Sí, lo soy. ¿Y qué?
- Pues que las princesas no sois cobardes. - qué cursi me ha quedado esto de llamarla princesa. Pero Anouk, te tengo agarrada del corazón. No sabes lo que me gusta ponerte tierna y débil. Te pones como una fiera y a mi me pones.
- Sí que lo somos, las que más.
- Si no sois valientes, dejaréis de ser princesas. ¿Tú quieres dejar de serlo? Sería horrible.
- No quiero dejar de serlo, pero tengo miedo. ¿Vas a ser tú quién me diga si sigo siendo princesa? Pues lo llevas claro, bonito. Yo soy una princesa con miedo, quizá soy la princesa del miedo.
Perdona que me ría en tu cara, Anouk. Me río para disimular lo excitadísimo que estoy. Vaya cara que se te ha puesto. Me encantas tanto. ¿Pero por qué coño no te vienes a dar un paseo conmigo?
- ¿Sabes Marc? A las princesas no se las engañan con paseos. Y relájate un poco, ¿quieres? Que se te va a salir del pantalón.

mercredi 1 septembre 2010

Marc.

Marc, eres un salido. Deja de mirarme las tetas que ya no me puedo subir más la camiseta de tirantes, que se me ve el ombligo. Si fueras un dibujo animado, te habrían dibujado con unos enormes ojos con la pupila pequeña y una babita cayéndote por la barbilla. Y probablemente con nariz respingona, de lo cerdo que eres. Si es que contigo no hay nada que hacer. No puedo ni cruzar los brazos porque parece que eso me realce el pecho y aun babees más. Y si me pongo de espalda se te van los ojos detrás de mi culo. Y si te pillo me dices que la culpa la tengo yo, por llevar estos pantalones cortos tan amarillos. Y yo te sonrio porque a mi también me encantan. Me acerco y te doy un mordisco en la mejilla, para que te quedes con las ganas y esa cara de vicioso. Ay Marc, qué polvazo tienes. Y qué bueno que estás. Pero cuanto asco te tengo.