Suerte que me dijo que ya era verano, sino juraría que habían pasado dos inviernos seguidos antes de plantarme en la terminal 4, y un invierno y medio más hasta que llegó ella. Sophie, con unos pantalones cortos a mitad de muslo. Sophie, con una trenza larga hasta la cintura. Sophie, asustada todavía sin haberme visto.
- ¡Sophie! – alcé el brazo.
Me acerqué yo, con mis pintas de no haber dormido en toda la noche. Esperaba que no lo notara, pero me miró tan profundamente a los ojos que creo que lo llevaba escrito en la cara.
- No quieras saber lo que me ha costado llegar hasta aquí. Para nada tengo sentido de la orientación. – arrimó la maleta a ella - ¿Cómo estás?
- Bien, bien. – sonreí de medio lado. – Hoy no puedes negarte a tomar algo conmigo. ¿Has desayunado?
Y al fin, en el primer bar del aeropuerto, entablamos conversación. Tenía 19 años y estaba un poco harta de su vida. Aunque no lo dijera, esperaba que este viaje le cambiara la vida. Había trabajado en el McDonalds durante algunos meses. Estudió algo que de poco le sirvió.
Yo, por entonces tenía ya los 22. No estaba harto del todo, pero tenía una vida aburrida. Mi asqueroso curro no consistía en nada interesante. Yo era el pringado que revisaba que las máquinas de la imprenta no se atascaran. Había días que iba allí para nada. Otros tenía que llamar al técnico, y tampoco me sentía útil. Cobraba una mierda al mes y sobrevivía en mi ático.
Pasajeros del vuelo 268 con destino París…
«Vaya dos tontas llamándose Sépia&Calamar, vaya tontería más importante♥»
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samedi 5 février 2011
dimanche 30 janvier 2011
Poco antes de volverme loco.
Sentía una cierta curiosidad por ella. Y aunque quería hacerme el desinteresado, empezaba a hacer cosas extrañas para intentar que nos cruzáramos otra vez. No me fijé por dónde se había ido, sólo que se metió en un viejo coupé azul. Y desde entonces no hacía más que mirar en el interior de estos coches clonados, esparcidos por toda la ciudad. Llegué a confundirla, y todavía no sé qué habría hecho si hubiese sido ella. Los miércoles a la misma hora, entraba al supermercado y me tiraba dos horas y pico paseando por los estantes con un tetrabrik de leche y la cena bajo el brazo. Luego me quedaba un rato más en la puerta, buscando un coupé azul aparcado en la calle. Hasta que, poco antes de volverme loco, la encontré.
- ¿Sophie?
- ¡Chico del supermercado!
En realidad me hacía mucha gracia que me llamara así. De saber que podría encontrarla en la gasolinera, creo que no hubiese apurado tanto el combustible. Se quitó los cascos de música y se acercó a mí sonriendo.
- ¿Qué haces por aquí? - pregunté sin evitarlo.
- Buscarte. ¿Dónde te has metido todo este tiempo?
- ¡En el supermercado!
- Allí no, que he ido muchas veces y ninguna estabas.
No podía ser, de verdad que no. Había ido cada miércoles, a la misma hora. Desde el balcón de mi ático, donde salía a fumar un cigarrillo rubio todas las tardes, se veía la entrada. Y por las mañanas, antes de ir al asqueroso curro, tampoco había ningún coupé azul en la calle.
- Ya casi es verano. – espetó.
- ¿Y tú tienes ya la maleta hecha?
Le brillaron tanto los ojos que casi tuve que cerrar los míos.
- ¿Sophie?
- ¡Chico del supermercado!
En realidad me hacía mucha gracia que me llamara así. De saber que podría encontrarla en la gasolinera, creo que no hubiese apurado tanto el combustible. Se quitó los cascos de música y se acercó a mí sonriendo.
- ¿Qué haces por aquí? - pregunté sin evitarlo.
- Buscarte. ¿Dónde te has metido todo este tiempo?
- ¡En el supermercado!
- Allí no, que he ido muchas veces y ninguna estabas.
No podía ser, de verdad que no. Había ido cada miércoles, a la misma hora. Desde el balcón de mi ático, donde salía a fumar un cigarrillo rubio todas las tardes, se veía la entrada. Y por las mañanas, antes de ir al asqueroso curro, tampoco había ningún coupé azul en la calle.
- Ya casi es verano. – espetó.
- ¿Y tú tienes ya la maleta hecha?
Le brillaron tanto los ojos que casi tuve que cerrar los míos.
samedi 1 janvier 2011
No quería conocerme, solo en París.
(Foto)
Se sentía idiota cuando su madre la obligaba a vestirse de domingo, pero lo hacía sin rechistar y desayunaba café sin azúcar y a trago largo para hacernos creer que era más fuerte que todos nosotros juntos. Se pasaba el día recordando París y mirando al cielo. Eso fue exactamente lo primero que me contó cuando la conocí, después de un ridículo malentendido con el carro de la compra. Ella vestía una camisa de flores y de su cuello colgaba un largo collar con la Tour Eiffel. Y después de aquél pequeño tropiezo me preguntó si me sobraba algún día de verano para perder con ella. Buscaba alguien especial que la acompañara a París, porque ir con alguien conocido sería demasiado normal. Susurró que le gustaba inventarse tonterías y cumplirlas, que era un tanto lunática. Pestañeó y se le formaron dos hoyuelos en las mejillas. Le dije que no lo sabía, que todavía no se había descongelado la nieve de los tejados y que aún quedaba mucho para el verano. Agachó la cabeza y me confesó que entonces se había equivocado de persona especial. Dejé que saliera por la puerta del supermercado pero corrí tras ella para agarrarla del brazo antes de que cruzara la calle. Quise invitarla a un café pero no aceptó. No quería conocerme, solo en París. Quise, como mínimo, presentarme, pero me tapó la boca rápidamente.
- Ya me dirás tu nombre por el camino.
Se sentía idiota cuando su madre la obligaba a vestirse de domingo, pero lo hacía sin rechistar y desayunaba café sin azúcar y a trago largo para hacernos creer que era más fuerte que todos nosotros juntos. Se pasaba el día recordando París y mirando al cielo. Eso fue exactamente lo primero que me contó cuando la conocí, después de un ridículo malentendido con el carro de la compra. Ella vestía una camisa de flores y de su cuello colgaba un largo collar con la Tour Eiffel. Y después de aquél pequeño tropiezo me preguntó si me sobraba algún día de verano para perder con ella. Buscaba alguien especial que la acompañara a París, porque ir con alguien conocido sería demasiado normal. Susurró que le gustaba inventarse tonterías y cumplirlas, que era un tanto lunática. Pestañeó y se le formaron dos hoyuelos en las mejillas. Le dije que no lo sabía, que todavía no se había descongelado la nieve de los tejados y que aún quedaba mucho para el verano. Agachó la cabeza y me confesó que entonces se había equivocado de persona especial. Dejé que saliera por la puerta del supermercado pero corrí tras ella para agarrarla del brazo antes de que cruzara la calle. Quise invitarla a un café pero no aceptó. No quería conocerme, solo en París. Quise, como mínimo, presentarme, pero me tapó la boca rápidamente.
- Ya me dirás tu nombre por el camino.
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