«Vaya dos tontas llamándose Sépia&Calamar, vaya tontería más importante♥»

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vendredi 4 février 2011

Para que no pueda repararme.

Tus besos no se pegan a la piel, se escapan. Y me dejan bajo cero. Entonces me tiritan los dientes y se te olvida darme un abrazo de oso. Te vas dejando la puerta abierta, llevándote las tiritas y los tornillos para que no pueda repararme. Y yo arrinconada en la esquina de cualquier parte con cicatrices en las rodillas, de no saber volar alto, veo como mi amor se cae por la borda. Se ahoga, congela, asfixia, oprime. ¿Dónde diablos quedaron los salvavidas que inventamos? Amor, resbalaste.

jeudi 3 février 2011

Eran gotitas, nada más.

Había un poquito de amor en cada vaso de leche, en cada croissant de chocolate, en todos y cada uno de los granitos de arroz hervido. Eran gotitas, nada más. Pero lo suficiente como para levantarme y saber que lo llevaría dentro todo el día. Y así se aseguraba de dejar palpitando mi corazón cuando se marchaba de madrugada, dejándome el desayuno preparado encima del mantel de pececitos de la cocina.
Y antes de que llegara intentaba prepararle una taza de te, con todo el amor que llevaba acumulando durante el día y unas gotitas de notevayasnunca del frasco que guardaba debajo de la cama. Así se le hinchaba el pecho antes de acostarse y me acariciaba un ratito más debajo de las sábanas.

mercredi 26 janvier 2011

Más contigo.

Estrategias para juntar tu sonrisa y la mía en el mismo plano. Que si estás lejos sales desenfocada y entonces me da rabia revelar la foto con ese detalle importante que la desgracia. Tú arrímate a mí y sonríe hasta que te duelan las mejillas. Y así me haces cosquillas con tu pelo en la nuca, y me dejas tu olor pegado a la ropa durante un ratito. Lo mejor es que después de hacer la foto, te dura un poco más la sonrisa en los labios, y me da tiempo a imaginarme viéndola desde más cerca. Más pegados. Más contigo.

vendredi 21 janvier 2011

El somier quebrando el silencio.

Le mordía el hombro porque así se retorcía de cosquillas y no me veía de tanto sonreír. Me pedía que parase a carcajadas y se quedaba encogido en la escalera del bloque, negándose subir a casa con esta morena de piernas doradas. Yo subía las escaleras sabiendo que antes de llegar al tercer piso se habría levantado. Me apoyaba necesariamente en nuestra puerta y le daba otro sorbo al Jack Daniel’s que llevaba en la mano. Él llegaba con el cuello encogido, por miedo a que le hiciera más cosquillas. Y yo me reía con los ojos medio cerrados y los pies descalzos, con los tacones en la otra mano. A veces abría la puerta y me besaba empujándome al interior. La botella petada en el suelo, los tacones desperdigados, las flores de la entrada, por el suelo. La puerta se cerraba con un empujón. El somier quebrando el silencio.

mardi 18 janvier 2011

Arrebatos de amor.

No es que tuviera el pecho pequeño, es que tenía el corazón muy grande y se le salía cada vez que lo escuchaba llegar. Luego él se encargaba de volvérselo a meter en el pecho, con golpes fuertes que lo encogían hasta hacerle daño. Y la hacía llorar.
Le pareció bonito cambiar el polo de sus labios, para que jamás se volvieran a imantar con los de ella. No aceptaba errores, ni despistes y odiaba las casualidades. Qué fácil era decir que no. Sus manos dejaron de encajar de la noche a la mañana. Harto de que ella estuviera enamorada, se levantó de la cama y encendió las luces de la sala del cine en la que se estaba proyectando su película con ella. Y no le dio nada, eh. Ni un poquito de remordimiento cuando cruzó la puerta. Nada, como una roca.
A ella, todavía se le va la mirada hacia los arañazos de las paredes de los arrebatos de amor que padecían a las cuatro de la mañana.

lundi 27 décembre 2010

Inviernos que queman la piel.

(Foto)

A él siempre le había gustado la nieve. Adoraba el frío que le enrojecía la piel hasta dejar de notársela. A mí me deprimía que se hiciera de noche tan pronto y él pegaba saltos porque la noche era más larga. A veces arrastraba el colchón del desván hasta la terraza y me hacía pucheritos para que me tumbara con él y el frío. Yo cedía porque no podía resistirme, y porque en realidad me moría de ganas, aunque yo fuera más bien una chica de veranos. Alguna que otra noche nos pillaba la nieve. Y con la tontería de ver cómo caían los copos de nieve de las estrellas, me atrapaba entre sus brazos y me hacía mimitos. Me susurraba que yo era su invierno quemándole la piel. Y yo me derretía en escalofríos.

A la orilla de sus labios.

- Si me tumbo a tu ladito, ¿me dejarás que te cuente los lunares?
- No.
- Venga, por favor.
- Que no, he dicho.
- Sólo los treinta y dos primeros.
- ¿Empezando por las mejillas?
- Por donde tú quieras.
Tenía doce lunares en el moflete derecho. Cuatro en la frente. Nueve en el otro moflete. Seis en la nariz. Y uno bien marcado en la comisura del labio. Los conté todos con el dedo. Y a la orilla de sus labios se me resbaló. Un traspié que rozó su boca.
- Tengo más por la tripa.
- Ya he contado treinta y dos.
- Si quieres…
- Que ya he contado treinta y dos, he dicho.

vendredi 24 décembre 2010

Hacía mares de un vaso de agua.

Con la boca llena de besos y abrazos anudados al cuerpo me dijo que no quería volver a verme en cien años. Lo dijo así porque lo de nunca más le trababa la lengua. Gritó hasta que me fui y se pasó la noche susurrando vuelve por las esquinas.
Siempre hacía mares de un vaso de agua. A la hora del café era divertido, porque con su ironía te arrancaba más de una sonrisa. Y si se reía mucho, se le escapaba algún beso. Yo los pillaba al vuelo y me los metía en el bolsillo de la cazadora. Y por la noche se los devolvía por si se le acababan a las cuatro de la mañana y no tenía más para que viéramos el amanecer despiertos. Pero aquél día lo decía en serio. Y lloró. A mí no me dijo nada, pero yo lo sé porque las noches en vela dejan marcas en los ojos y las lágrimas del suelo no se secan de la noche a la mañana.

dimanche 19 décembre 2010

Habitación 522.

No era un lugar donde triunfara el amor, pero se podía fingir y acabar sudando por los rincones. Siempre había algo que decir, algún tema del que hablar. Y cuando sobraban las palabras, pagabas los dos cubatas mientras ella te esperaba en la habitación 522. Qué interminable se te hacía el ascensor hasta llegar a la quinta planta. Metías torpemente la llave en la cerradura y con la luz apagada te dejabas caer sobre la cama. Y tú ya olías su pelo desde que abría la puerta del baño y se dejaba ver en sombras a contraluz. Te enloquecían sus caderas y la forma en que se dejaba quitar la ropa, pidiéndotelo a gritos con caricias en tu espalda. Siempre supiste, y yo también, que te gustaba más de lo debido, que era tu vicio y que te saciaba de cariño tus domingos. Y ella también te echó de menos en muchas otras habitaciones. Qué lástima, ¿verdad? Allí el amor nunca triunfó. Y yo ya te lo había dicho, desde el primer domingo que me dejaste sola en mi lado del sofá, con la cara desencajada, mordiéndome los labios ácidos que me habían dejado tu beso, sabiendo que tus cenas o reuniones de trabajo no eran más que una puta tapadera.