«Vaya dos tontas llamándose Sépia&Calamar, vaya tontería más importante♥»

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vendredi 14 janvier 2011

Y las lágrimas al borde del abismo.

Anouk, voy con prisas que sino me arrepiento.
Estaréis un tiempo sin saber de mí, estaré bien.
Dile a Noa que la quiero muchísimo, igual que a ti.
Vivid como si no hubiera mañana.

Henar.



A penas he dormido quince minutos. Debo parecer una muerta con estas ojeras que me llegan hasta la barbilla, el rimel corrido y las lágrimas al borde del abismo. Tengo frío. Me tiembla la pierna izquierda, estoy nerviosa. Agarro fuerte mi equipaje. Te dejo aquí, Miguel. Aquí te planto, aquí te olvido. Abro mi maleta, desperdigo la ropa hasta encontrar una libreta y de entre las hojas saco una foto nuestra. Siempre ha estado ahí, desde que nos la hicimos, en el verano de hace cuatro años, con mis pantalones amarillos. La arrugo con una sola mano. Aprieto fuerte el puño y repito que te odio más de setecientas cincuenta-y-dos veces en mi cabeza. Lloro y se me mancha el vestido que me regaló Lisette. Cierro la maleta con dificultad, con todo el interior revuelto. Me acerco a la basura y me deshago de esa maldita foto, para siempre.
Qué más da si volveré o no. Para ti ya he muerto.

Andrés, pasatiempos tengo yo pegados en la nevera. Si quieres uno, ya sabes dónde están, pero a mi no me busques. Nunca sabré si me quisiste. Prefiero no saberlo nunca.

jeudi 6 janvier 2011

Más sal para las heridas que tengo en todo el cuerpo.

Lo coges todo. Te pones los pantalones. ¿Cuántas veces te había visto así antes? Entrelazas torpemente el cinturón. Atas tu camisa. Te pones la chaqueta. Me das un beso. Espera, no te vayas. Tengo tu mano agarrada, me levantas de la cama de un suave tirón. Me besas otra vez. Creo notar que no quieres irte. Me cuesta tanto creerte, pero me gusta tanto hacerlo. Me sonríes. Otro beso. Me arrastras hasta la puerta. Billones de besos rápidos. Tienes que irte, es tarde. Me das un último beso largo, poniendo las manos en mi cuello, entretejiendo tus manos con mi pelo.
Se abre la puerta, sin darme tiempo a respirar.
Andrés, vestido de chándal, con la mochila colgada de un hombro. Y ahora, la cara desencajada.
- Pero, Miguel… ¿tú no estabas muerto?
Deja caer la mochila en el suelo. Sonríe.
- ¿Qué haces tú aquí? ¿No sabes llamar al timbre?
- Esta es mi segunda casa, ya.
Me miras pidiéndome explicaciones. Lo siento, no las tengo. Y aunque ahora me cueste aceptarlo, Andrés tiene razón.
- Entonces es verdad aquello que me contaste. Que llevas acostándote con ella todas las noches que yo no he estado.
- Exacto. – sigue sonriendo.
- Sólo has fallado en un pequeño detalle: para ella no he muerto.
- Hombre, es que si vienes aquí calentando a la muchacha… - una carcajada forzada.
- ¡Deja de reírte! – te separas de mí.
- Hago lo que me da la gana. – os acercáis. – No pidas, Miguel. Has perdido todo tu derecho. Eres un mentiroso – me mira cariñosamente - y aquí, sobras. Vete, anda, no hagas más daño del que hiciste cuando la abandonaste.
Me miras. Andrés se ha puesto serio pero ahora vuelve a sonreír. Estás nervioso. Aprietas las manos en forma de puño. Tienes ganas de gritar.
- Hijo de puta. – susurras- ¡Te dije que me la cuidaras, no que te acostaras con ella! – alzas el brazo, y con toda tu rabia contenida en el puño, le golpeas la cara. Esa cara de gilipollas que se le ha puesto burlándose de tu regreso.
Andrés pone suavemente la mano sobre su mejilla colorada. Te agarra por los hombros y te estampa contra la pared.
- ¿Y dejar que ella continuara llorando por las esquinas durante todo este tiempo? ¡No tienes corazón Miguel! ¡Eres un puto egoísta de mierda! – golpe contra la pared - ¡Sólo piensas en ti, en ti, en ti y en ti! – otro golpe contra la pared.
Lo agarras del cuello.
- ¡Seguro que le has llenado la cabeza de mentiras! – gritas. - ¡Se me olvidó decirle que no se acercara a ti, que eres un falso!
- ¿Que se te olvidó qué? ¡Se te olvidó ella enterita! ¡Ya no pintas nada en su vida! ¡Déjanos en paz! – sonrisita – Ella me quiere, ¿no te lo ha dicho todavía?
De repente siento que la que no pinta nada aquí, soy yo. Adiós Henar, adiós problemas, ¿no? Voy a mi habitación, me cuelgo el bolso y corro hacia la puerta.
- Ya me diréis a quién hay que enterrar primero.
Un puñetazo. Arañazos. Patadas. Sangre. Y yo en la puerta, quieta. ¡¿Pero qué coño estoy haciendo?! Si me voy, estos dos se matan de verdad.
- ¡Parad, joder! ¡Estáis locos o qué! – los agarro del hombro, pero de nada sirve. - ¡Parad ya! ¡Os vais a matar! – grito. - ¡¡Sois lo peor que me ha pasado en la vida!!
Silencio.
Andrés te suelta el cuello. Coge la mochila que sigue intacta delante de la puerta. Lentamente, me mira. Se dirige a la puerta. Y con la frente y las manos llenas de sangre, se va.
- ¡Miguel! ¿Me oyes?
- Sí. - dices flojito.
- Pues vete. Y esta vez, no vuelvas.
Un beso inconsciente aterriza en tus labios. Más sal para las heridas que tengo en todo el cuerpo. He sentido cada puñetazo en mi estómago. A mí también me duele todo. Y no estoy para cuidar a nadie. Que te vayas, Miguel. Y no vuelvas.


Yo tampoco me quedo. Elliot, espero que estés en casa.

mercredi 3 novembre 2010

¿Has visto, Henar? El mundo del revés.

- Sobretodo no me sueltes. – aprietas fuertemente mi mano. - Venga Henar, a la de tres – suspiras. - saltamos al vacío.

Anouk se ha pasado por mi casa esta mañana para devolverme el libro de recetas que me regaló mi tía hace un par de años. De allí saqué mi famoso pastel de arándanos, el que nunca está bueno pero que a Miguel le encantaba. Pues se lo dejé la semana pasada para que le hiciera magdalenas de chocolate a Noa, que no hay merienda que le guste más. Y ayer mismo le dije que no hacía falta que me lo devolviera hoy, que podía hacerlo el lunes, cuando nos viéramos en clase de Matemáticas. Ella insistió, y esta mañana, cuando ya lo tenía entre mis manos, he entendido el porqué de las prisas. Entre las páginas 22 y 23 había un sobre.
“Aquí me tienes. Léeme detenidamente. Si decides aceptar la locura, te espero esta tarde a las 16h en el puente de la carretera. […]”

Y aquí estoy yo, contigo. Con una cuerda atándome los tobillos y subida en el borde del dicho puente, con las rodillas temblando y el corazón a dos millones por segundo.
- Uno.
Trago saliva.
- Dos.
Tengo miedo.
- ¡Tres!
- ¡Salta! – grito. Alargo la última vocal, chillando, creyendo que voy a explotar de tanta adrenalina. Sensación extrema. Mis ojos cerrados y el ceño fruncido, probablemente, con cara de sufrimiento. Mi alma, fuera de mi cuerpo. Libertad. Volando sin alas durante dos segundos y medio. Cayendo en picado a la velocidad que exige la gravedad. La cuerda se tensa y nos frena en seco, haciéndonos retroceder algunos metros, dejándonos caer de nuevo. Y sigo gritando.
¿Y a ti, Andrés? Se te escapa la risa. Sonríes enormemente. ¡Pero si también es tu primera vez! Cómo puedes. ¿No has tenido miedo?
Después de un par de rebotes, nos quedamos bocabajo unos segundos. Sueltas mi mano y me agarras de la cintura. Frente a frente, miras mi cara que muestra una felicidad enorme y un gran alivio.
- ¿Has visto, Henar? El mundo del revés.
- Ahora se parece un poco más al mío, así como retorcido.
Te ríes.
- ¿Pero como puedes reírte ahora? ¿Sabes el miedo que tengo yo? ¿Y si la cuerda se rompe? Madre mía. ¿No había una locura más suave?
- Yo ya había experimentado esta sensación. Una tarde de lluvia, mientras compartíamos unas simples palomitas.

mardi 2 novembre 2010

Ha llovido mucho desde entonces, pequeña.

Y una mañana la encontré envuelta con el edredón, tapada por completo. Que no quería levantarse, decía, que si el día iba a ser como el anterior, que prefería dormir hasta que el ayer estuviera muy lejos. Estiré de sus mantas y una niña pecosa con el pelo corto y despuntado por la nuca me miraba diciendo que ya no volvería a sonreír nunca más.
Ha llovido mucho desde entonces, pequeña.
¿Te acuerdas de cuando te llevé a la playa el segundo sábado de Noviembre? Antes de llegar y con los ojos vendados te escuché decir que olía a mar. Y cuando se puso a llover, Henar. Chorreando que nos quedamos, los dos tumbados en la arena, viendo como, cada gota, hacía vibrar el mar.
¿Y la nevada de Enero? A penas me costó sacarte de casa. Tú y tus manoplas, que no sabía cómo darte la mano, con la vergüenza que me da siempre. Y tú te reías, te la quitabas y por debajo de la bufanda me sonreías mientras entrelazabas nuestros dedos.
Y cuando quisimos darnos cuenta, ya volvía a ser verano. Y de nuevo paseabas por las calles soleadas con tus pantalones cortos tan amarillos. Y tu pelo, otra vez largo, y trenzado hasta media espalda.
Un parpadeo más, y 26 de Octubre. Un año, ya. Y yo te he visto sonreír tantas veces.
No te rindas nunca.


Un post-it naranja fluorescente pegado en el cabezal de la cama:
¿Sabes? He tenido una idea. Mañana, no sé cómo, recibirás una carta. Voy a proponerte una locura.

Andrés.

mardi 26 octobre 2010

Esperando a que reviente de ganas de irme contigo.

Que no. Que yo hoy no salgo a la calle. Que hace un frío terrible, que se me mete en el cuerpo y luego no hay quien lo saque de mis huesos.
- Ah, mamá, que el pajarito ya está dentro de casa, vivito y coleando. Y mañana ni se te ocurra sacarlo. Aunque cante y te entre dolor de cabeza. Lo siento, pero no me gustaría nada volver a casa después de las clases y encontrármelo pálido y tieso en la jaula.
Pobre Piolín Cantarín, que nadie le hace caso y él siempre está animando a todo el que pasa con sus cantares.
- ¿Que no vas a salir hoy? – mira por la ventana de la cocina, mientras lava los platos - Adivina quién.
- Andrés. – sale de mi boca sin pensar.
Asiente con la cabeza.
- Mamá, no me digas eso. ¿Y ahora qué?
- Anda, sal un rato. Que el frío hace que te sientas viva.
- Que no.
Suena el timbre y mi madre me mira, esperando a que reviente de ganas de irme contigo.
- Pero me llevo tu bufanda marrón. Adiós. – digo de carrerilla.
Salgo a la calle corriendo, me pongo los guantes y acabo de subirme la cremallera hasta la barbilla. Y solo se me ven los ojos.
- Hola, Andrés. – te digo por debajo de la bufanda, desde la acera, mientras tú aparcas la moto. Te giras y te saludo con la mano metida en esas manoplas que tanta gracia me hacen, que siempre quiero ponerme, pero que nunca quiero que haga el frío suficiente para usarlas.
- ¿Que tienes frío? – dices mirándome de arriba a bajo y sonriendo con tus hoyuelos en las mejillas.
- No, a penas. – te digo tapándome bien la nariz con la bufanda.
Apartas un poco el gorro y me das un beso en la frente. Vuelves a repasar mis pintas con la mirada.
- Henar, cariño, que estamos en otoño. ¡Que todavía no ha nevado!
- ¡Ni falta que hace! – digo casi antes de que acabes la frase.
- Eres una exagerada. Vas a criar pollos ahí dentro.
Te miro. Me miras. Te sonrío por debajo de la bufanda y tu lo notas porque se me achinan los ojos.
- Pues la verdad es que ahora tengo un poquito de calor. – digo sonrojada.
Sueltas una risita.
- Anda, ves a quitarte capas, cebollita. Que yo te espero aquí.
- Vale, no tardo.
Y en dos minutos vuelvo a estar contigo. Por fin me abrazas y puedo notarte. Es de noche y sopla el viento. Paseamos por las calles llenas de hojas, crujientes pasos. Una anciana está sentada al lado de una hoguera, vendiendo castañas. Sin preguntarme nada, compras algunas. Ella nos sonríe y nos desea unas buenas noches. Nos sentamos en un banco y me das el cono de papel de periódico relleno de castañas calentitas. Después de poder pisar las hojas crujientes, es lo mejor del otoño, sin duda. Me acurrucas entre tus brazos e intento pelar una.
- Cariño, quítate los guantes. Así no podrás. – te ríes.
Muerdo y estiro. Los dejo encima de mis piernas y me como la castaña.
- ¿Están buenas?
- Riquísimas. Muchas gracias.
Y parecemos felices. Con el frío que hace, todo el mundo en sus casas con la calefacción puesta y nosotros ahí, sentaditos en un banco.
Las nueve. Me acompañas a casa y te vas con la moto. Entro en casa, digo un hola rápido y me caliento las manos en la chimenea.
- Mamá, ¿estás llorando?
- Lisette…
- ¡No!

jeudi 21 octobre 2010

Mi pequeña Mariposa.

Los miércoles son un chiste. Me paso toda la mañana dibujando en un blog enorme, rodeada de risas. Después llego a casa, como, y me pongo a estudiar. Pero un ratito, ¿eh? No creas que cuando se van mis padres sigo hincando codos. Hago una pequeña pausa de dos o tres horas, y cuando vuelven, sigo y finjo haber estado estudiando toda la larga tarde. No siempre, ¿vale? A veces sí que estudio. Pero ahora no tengo ganas. En realidad no suelo tener ganas nunca. Pero hay veces que me jodo y me aguanto. Hoy, no.

Me levanto y abro el armario. Algo raro. Quiero algo que me haga diferente. Fotos. Ideas. ¿Trípode? Aquí. No, mejor en el comedor. Bajo las persianas y enciendo la lámpara. Automático de dos segundos. Pulso el botón, un segundo. ¿Sonrío? No. O mejor sí. La cámara dispara. Otra. Me ahueco el pelo. Me falta algo. Pintalabios rojo. Más luz. Música, eso es. Inspiración. Espuma, rizos. Disparador automático de cinco segundos. Me siento en el sofá. Cuatro segundos. Me estiro la falda negra. Tres segundos. Miro a la cámara. Dos segundos. Me agarro el collar de perlas. Un segundo. Aparto la mirada con soberbia. Otra foto. Y no me convencen. Falta algo. Me paro en el pasillo. Me reflejo en el espejo, de arriba a bajo. Me miro. Sonrío. Llevo puesta ropa de fiesta. Mi falda negra y la camiseta de tirantes con estampado de flores. Y escote. Tacones negros, los de siempre. Esos zapatos…
Pican a la puerta con los nudillos.
- ¿Henar? Soy Andrés. – escucho que dices desde el otro lado.
- ¡Sí! ¡Un segundo, que busco la llave y te abro!
Corro hacia mi habitación. Busco unos pantalones para ponérmelos antes de abrir la puerta. No quiero que me veas así, ¡qué vergüenza!
- Henar, ¿qué buscas?
- ¡Nada! – estado de shock - ¡¿Cómo has entrado?!
- La puerta estaba abierta. He escuchado que decías no se qué de la llave, pero no la habías echado. – me miras de arriba a bajo mientras hablas. – Y entonces he entrado. - Tus palabras se ralentizan. – Porque la puerta… estaba abierta. – llegas a mis labios con la mirada. – Y tú estabas porque me has hablado. – ya no sabes ni lo que dices. – Por eso sabía que estabas aquí… y he venido.
Te sonrío, y parece que el movimiento de mis labios te desconcentra. Miras mis ojos pintados un poco exagerados. También sonríes.
- Y como he visto a tus padres en el gimnasio cuando salía, pues he pensado que estarías estudiando en casa. No pretendía entretenerte, solo decirte algo. – me sonríes. – Pero por lo que veo no estudiabas mucho… - te sientas en mi cama. Y yo a tu lado.
- Es que no tengo examen de filosofía hasta dentro de una semana.
Me miras los tacones. Las medias. La falda que me tapa medio muslo. Mi tripa. El cuello. El rojo de mis labios. Mi pelo con un intento de ondulaciones.
- Estás preciosa. Me encanta como te queda esta falda. – me tocas la cintura. La espalda. Te acercas a mi oído y suspiras. Yo me muerdo el labio. Respiras cerca de mi cuello y me matas. Te ríes y todo acaba en un abrazo, cayendo los dos encima de la cama.
- Mi pequeña Mariposa.
- ¿Mariposa, Andrés? – me río.
- Tu aleteo, Henar. Que yo que sé qué provoca en mi mundo.

mardi 19 octobre 2010

Quiero la brisa cálida que hace bailar los árboles por la tarde.

- ¿Otra margarita, Andrés? - te digo, cogiéndola de mi escritorio.
- Sí. Esta noche, cuando pase por aquí al volver del gimnasio, te dejaré en el buzón una muy grande que he visto en casa de la vecina. Acuérdate de cojerla, y antes de que se quede pachucha la pones junto a esta y las demás, en el florero de tu abuela que tanto te gusta.
- ¡¿Más?!
- ¿No querías que te trajera la primavera? Con lo que me cuesta colarme en el jardín de al lado sin que me vean...
- Yo no quiero las flores. Quiero la brisa cálida que hace bailar a los árboles por la tarde. - te miro muy seria, bromeando.
- ¿Y yo eso de donde lo saco? La vecina tiene cosas raritas, pero no tanto.
- Deja a la vecina en paz, pobre anciana. - te sonrío. - Y ven aquí para que te de un abrazo. - rodeo tu cuello con mis brazos. - Esta, Andrés. Esta es la brisa que yo quiero. La de tu respiración bajita al lado de mi oído.
Me achuchas fuerte, estrujándome contra tu pecho, dejándome casi sin respiración.
- Entonces, siempre será primavera.

mardi 12 octobre 2010

No me lleves a casa cuando hayamos encontrado el fin del mundo.

Los lunes también anochece. Aunque tarde más, por ser el peor día de la semana. Y por fin, puedo bajar la persiana, rutina que ha cambiado desde que Miguel… Desde que Miguel ya no me invita a ver las estrellas. Suspiro. Es la última vez que me hablo de Miguel. Él ha muerto para mí. ¿Sabes? No necesito que me acompañe a ver el firmamento. Seguirá siendo el mismo cielo sin él. Pues claro que sí.
Subo el volumen de la música para que mi madre no me escuche abrir la ventana. Juraría que se ha quedado dormida en el sofá, pero cualquier ruido extraño, por muy suave que sea, la despertaría. Siempre tiene los cinco sentidos puestos en mí. Y no lo soporto. Aparto la cortina y me quedo sentada en el borde de la ventana, con los pies colgando. El viento me pone los pelos en la cara. Los aparto con un ágil movimiento y miro hacia el infinito. Genial, está nublado. Ni un mísero punto de luz. Sonrío. Claro, es lunes. Los lunes siempre son una mierda.
El viento frío me pone la piel de gallina. Un tirante del pijama se desliza por mi hombro. Me estoy congelando. Probablemente llueva antes de que me acueste y no pare hasta mañana, después del desayuno. Luego estará la calle encharcada y no podré compartir mi paraguas con Lisette.
El ruido ronco de una moto, interrumpe el silencio de la noche. Reconozco ese motor. ¿Andrés? Suena mi móvil desde la habitación. Alargo el brazo y lo cojo sin moverme. Un mensaje. Si me entran ganas de jugar sucio y divertirme a espaldas de otros, ¿vendrás tú? Sonrío. Estás sentado en la acera delante de mi casa, de espaldas a mí. Por supuesto. ¿A dónde vamos? Me encanta como te quedan los pantalones rojos. Te contesto. Quince segundos más tarde lo recibes, te levantas, te mira los pantalones y das una vuelta a tu alrededor. No me ves. En la ventana, Andrés. Sonríes y me saludas con el brazo. Me subo el tirante y alzo el brazo. Sabes que no puedo bajar. Que a estas horas, mi madre no me deja salir, y todavía menos siendo lunes. ¿Vamos a perdernos por las calles infinitas? Cuando hayamos encontrado el fin del mundo, volvemos. Me pongo a reír. Me miras desde la calle. Subes en la moto, la enciendes y me haces un gesto con la cabeza para que suba tras tuyo. Abro la ventana, entro en mi habitación, cojo la sudadera gris que tengo encima de la silla, me pongo las victoria negras porque es lo primero que he pillado y salto de la ventana al tejado del garaje. Camino por el muro hasta la puerta del jardín que da a la calle y salto sobre la acera. Me subo en la moto y me agarro a tu cintura.
Y sin casco, con el viento en la cara, corremos. Salimos de la ciudad. Oscuridad. Tú y yo. No sé a dónde me llevas. Solo vemos lo que hay a dos metros de nosotros, gracias a la luz de la moto. Bosque. Tengo miedo. ¿Y si te has vuelto loco? ¿Y si pierdes el control? ¿Y si nos caemos por algún barranco? Nadie nos escucharía.
- ¡Andrés, para!
Frenas en seco.
- ¿Qué pasa, Henar?
- Tengo miedo.
- No te hubiese traído por aquí si no lo conociera. Es una locura, pero tampoco para morirse. Si un día se me cruzan los cables, me perderé solo para morirme yo y no los dos.
- Pues yo prefiero morirme contigo y no que te mueras tú solo.
- ¿Por qué dices eso?
- Porque prefiero eso que vivir sin ti.
Silencio. Bajas la cremallera de tu chupa, dispuesto a arrancar la moto de nuevo. Te gusta que vuele con el viento.
- Espera. Entonces, si conoces el camino, ¿cómo quieres que encontremos el fin del mundo?
- ¿De verdad quieres que lo busquemos?
- Por supuesto.
Arrancas. Das media vuelta y volvemos a la ciudad. Luces, música, viento.
- ¿Te he dicho alguna vez que eres preciosa?
Y el ruido de la moto se me mete en los oídos hasta que pasa desapercibido. Llueve. Te agarro muy fuerte. Dale más caña, Andrés. Que mi pelo se alborote y que nos suba la adrenalina hasta que necesitemos gritar.
No me lleves a casa cuando hayamos encontrado el fin del mundo. Recorramos calles infinitas hasta que salga el sol. A mí el fin del mundo me importa una mierda si tú estás conmigo.

jeudi 7 octobre 2010

Cuentitis aguda.

- ¿Quieres venir conmigo a tomar un helado? - me sonríe desde la calle.
- ¿Un helado, Andrés? ¿Ahora? Hoy hace mucho frío.
- Y aunque mañana salga más el sol, tú seguirás teniendo las manos congeladas.
- Ya. No tengo ganas.
- Un helado de nata.
- No me apetece.
- Con coco y nueces.
- Mejor otro día.
- Con chocolate blanco.
- ¿Se puede saber qué te pasa?
- Que no quiero que estés encerrada en casa todo el día.
- Estoy triste. No tengo ganas de nada más.
- Y yo. Lisette no se lo merece. Jamás lo hubiera imaginado.
- De verdad que no quiero ir a tomar un helado, gracias. Adiós, Andrés.
Me giro para abrir la puerta de casa y dejarlo ahí plantado, detrás de la puerta del jardín.
- Miguel me ha llamado.
Paro. ¿Qué? Miro al suelo. Su voz. Hace más de un mes y medio que no la escucho. Desde que se fue que no da señales de vida. Pero yo sé cosas de él. Siempre que me encuentro a su madre por la calle, se para a hablarme. Y yo le pregunto sobre los estudios de Miguel. Dice que todo le va muy bien. Supongo que con saber que sigue vivo, me basta.
- Está en casa de su tía. Dice... - suspira - dice que te echa de menos.
Estoy flipando. ¿Miguel echándome de menos? ¿Después de mes y medio sin querer saber nada de mí? Cuentitis aguda.
- ¿Y por qué no me ha llamado a mí para decírmelo?
- No lo sé, Henar. - hace una mueca.
- Pues yo sí que lo sé: porque es mentira. Vete, Andrés. Hoy no tengo ganas de salir de casa. Ya hablaremos otro día. Adiós.

(Dos horas más tarde.)

- ¿Andrés? ¿Qué haces ahí sentado en la acera?
- Sabía que volverías. Lo quieres de nata, ¿verdad?
- Estás loco. Tienes las manos congeladas.
- Igual que tu nariz, y mira que acabas de salir de casa.
- ¿Por qué no te has ido?
- Porque necesitaba decirte que estaré aquí siempre. Y no me taches como a Miguel, que yo no te dejaré sola.

Otro más para la lista de "hombres que intentan hacerme creer que estarán aquí siempre que los necesite". Con este ya van tres. Marc también lo dijo una vez. Por cierto, qué raro que no me haya tirado las redes del barco Pescanova ahora que Miguel se ha ido. Debe estar enfermo. Si ya decía yo que con el frío del otoño hay que andar con cuidado. Que luego todo son estornudos y kleenex por toda la casa.
- Dame la mano, anda, que te ayudo a levantarte. ¿Vamos?
- Invito yo.

dimanche 3 octobre 2010

Cinco minutitos, Andrés.

Henar ha estado aquí. Ha llegado sin avisar y se ha sentado a mi lado, en el sofá. Me ha preguntado si molestaba y se ha encojido de piernas. Claro que no estorbas, Henar. Qué cosas tienes. Le he preguntado qué le pasaba y casi se me pone a llorar. No ha artuculado palabra alguna. Se ha hecho un ovillo y se ha apoyado en mi torso. Estaba fría y temblando. He cogido mi jersey blanco que estaba tirado en la otra punta del sofá y se lo he puesto por encima.
- Estrújame con un abrazo, por favor, Andrés. - ha dicho al fin.
He intentado quitarle el frío nervioso que tenía en su cuerpecito de niña. Pero de poco ha servido. Ha cerrado los ojos y se ha puesto a tiritar. Lágrimas congeladas resbalaban por su mejilla y se encharcaban en mi pecho desnudo.
- No sabes cuánto me duele verte así, cariño. - y he acariciado su mejilla con el pulgar. Tambien sus labios.
- Necesito desaparecer. Cinco minutitos, Andrés. Solo cinco. - se ha restregado los ojos. - Y al volver quiero que mi cabeza haga un reset. Empezar de cero.
- Henar, Miguel te quiso mucho. Miguel te quiere mucho. No le olvides, a él no le gustaría volver y...
- ¿Y que le haya olvidado? Ya lo avisé. Además, ¿todavía crees que volverá? Que lo crea yo, vale. Pero a ti seguro que te ha dicho que se quedará en París. A mí me dijo que volveremos a vernos porque no hubiese soportado verme llorar. Es un cobarde. Y nunca me quiso lo suficiente.
Y después de este ataque de valor, se ha puesto a llorar de verdad.
- Volverá, Henar. Te lo digo enserio. No te estoy diciendo lo que necesitas escuchar, te estoy diciendo que Miguel no puede dejarte sola. Porque si se separara de ti para siempre, una parte de él moriría contigo.
Se ha incorporado y me ha dado un abrazo. Ya no temblaba, aunque ha seguido llorando en mi hombro durante un rato. Hasta que le ha sonado el móvil.
- ¿Qué querrá la madre de Lisette? - ha susurrado mirando la pantalla de su móvil. - ¿Sí? Michele, soy Henar. ¿Qué pasa?
Se ha puesto pálida de repente. Pocos segundos más tarde ha colgado, sin despedirse. Ha clavado sus ojos en el suelo.
- Andrés, llévame al hospital.

dimanche 19 septembre 2010

Ven, anda. Que voy a hacer palomitas en esta tarde de llúvia.

¿Sabes las comidas esas en las que todo el mundo está callado? ¿En las que solo se escuchan los cubiertos? Bueno, pues ahí estaba yo. Sentada a la izquierda de todo, comiéndome un trozo de pollo asado. Con lo que odio yo el pollo. Y además me ha tocado la pechuga, y seca.
Entonces se ha puesto a llover. No me ha molestado demasiado porque almenos se escuchaba algo más a parte de los cubiertos chocando contra los platos y cortando el pollo seco. He esperado a que mi padre acabara de comer y he llevado los platos a la cocina. Mi hermana ha recogido el resto de la mesa. Cuando me dirigía a mi habitación, mi madre ha roto el silencio.
- Saldremos a comprar esta tarde. Volveremos tarde porque quiero pasarme por la carnicería de la ciudad. - más pollo. - ¿Estarás aquí toda la tarde?
- Sí mamá, tengo que estudiar filosofía.
- Espero que te apliques.
Siempre igual de estúpida. Claro, como ella no tiene que amargarse por los estudios, me amarga a mí. Me he sentado delante del escritorio y he abierto el libro. Más o menos lo entiendía. Y fuera estaba lloviendo. Y yo no sabía si mirar la llúvia o concentrarme en lo que debía memorizar. Y me he hecho un lío. Entonces he optado por dejar de estudiar y relajarme, pero no antes de haber escuchado que salían de casa. Me he sentado en la cama y me he puesto a pensar en Andrés. Y en lo sexy que es Andrés. Y en sus labios. Y en su voz. Y en su forma de rozarme siempre. Y Andrés. Y más Andrés. He decidido que pensar tanto en Andrés es malo. Muy malo. Porque luego me ha entrado el gustanillo de estar con él, y como no había manera de que se me quitara, le he enviado un mensaje. Ven, anda. Que voy a hacer palomitas en esta tarde de llúvia. No me ha dado tiempo a dejar el móvil sobre la mesita de noche, que ha sonado de nuevo. Saladas, please. He pegado un salto y antes de llegar al suelo ya estaba metiendo las palomitas en el microondas.
Cuando ha llegado yo ya me había puesto el pantalón largo negro y el jersey de París que me dejó Lisette ayer. Le he abierto la puerta y nos hemos sentado en el sofá. Me ha clavado sus ojos pardos y he apartado la mirada. Lisette siempre me ha dicho que debo tener cuidado con él, que es uno de esos hombres que lavan los cerebros con un beso, así sin piedad. Pero a mi nunca me ha besado. A mi amiga tampoco, pero ella entiende de hombres, que yo lo sé. Además, ¿cómo debe sentirse una después de un beso de Andrés? Probablemente con ganas de más. Y me han entrado unas ganas locas de arriesgarme. He ido a buscar las palomitas y un relámpago ha iluminado todo el salón. Perfecto. Quería encender la televisión pero Andrés me ha dicho que mejor no lo haga, a ver si se estropearía con la tormenta.
Y con eso lo ha dicho todo. Es más, ha mordido la palomita mientras me miraba. Y eso es insinuación, de toda la vida. Yo también lo he hecho y me ha sonreído. Pero con una sonrisa de esas que matan, eh. Y ya me ves a mi muerta en el sofá, con las piernas encogidas y la mirada perdida entre sus ojos y su boca. Entonces me ha acariciado el pelo, así suave, con la yema de los dedos. Me ha rozado la barbilla y me ha tocado los labios. Ha cogido una palomita y me la ha metido en la boca, riéndose. Vaya cara debía tener, qué vergüenza. Después se ha puesto una en los labios y se ha acercado para que se la quitara. Después lo he hecho yo. Nuestros labios se iban rozando poco a poco hasta que ha dejado de jugar limpio. En una de esas en las que me he acercado sensualmente para quitarle la palomita de la boca, la ha escondido detrás de los labios y me ha besado. Ha sido pequeñito, así como cuando explota una pompa de jabón en el aire. Entonces se me han caído las palomitas al suelo. ¡Qué tonta! Las ha mirado durante un instante y ha parecido no importarle. Ha puesto la mano en mi cuello y me ha besado de verdad. Intentaba recordar las palabras de Lisette cuando ha empezado a besarme el cuello. Y diós, qué cosquillas. Me ha entrado la risa tonta al pensar que se me estaba poniendo la piel de pollo, lo he agarrado por la cara y he mirado sus ojos. Qué raros estaban. Eran así como verdes, azules, grises, marrones, amarillos... no sé, pero me miraban con ansia. Me ha sonreído y ha seguido por donde iba. Qué tortura, Andrés. Después se ha acercado a mi oído y me ha susurrado palabras sueltas. Preciosa. Intentaba quitarme el cinturón. Me encantas. La bragueta. Te quiero. No podía pensar. Me ha acariciado la oreja con la lengua y me ha entrado un repelús por todo el cuerpo. Tenía la mente en blanco. He abierto los ojos y se había hecho de noche. Ya no llovía. Las palomitas seguían esparcidas por el suelo del salón. Y seguía sin poder pensar, inundada en aquel mar de besos y caricias. De golpe, Lisette en mi mente, su voz. Es uno de esos hombres que lavan los cerebros con un beso, así sin piedad. Mierda. He abierto los ojos y me ha acariciado el pelo. Perdición. Le he mordido el labio y ha suspirado, excitado. Andrés, para por favor. Sus besos han bajado hasta mi pecho, y me he puesto nerviosa.
- ¿Qué te pasa, Henar?
- Que tengo la mente en blanco.
- Perfecto.
Y me ha mordido el cuello, suave. Después la oreja, mis hombros. Mi pelo alborotado y sus ojos brillantes. Me ha dado miedo. Mucho miedo. De repente sólo hacía cosas inconscientes, sin pensar. Sus besos me mataban lentamente con su dulce tortura. ¡Basta!
- Los lavados de cerebro, con agua fría, por favor. - le he dicho.
- ¿Por qué? - intentaba hacerme creer que no sabía de qué le hablaba.
- Porque así cuando vuelva a pensar, lo haré en frío.