Podíamos ponernos a bailar en los 50 centímetros cuadrados libres que quedaban en mi habitación, entre el equipo de música, la cama y el armario. Nos grabábamos en vídeo para vernos después y que las carcajadas perduraran el doble de tiempo. Y ahora los busco desesperadamente en mi teléfono. Aquí están, con una imagen pixelada, con un sonido robótico. Pero, al fin y al cabo, tu rostro y tu voz. Cuánto te necesito, Lisette. A ti no hubiese tenido que engañarte. Habrías aceptado mi escapada, incluso me habrías hecho crêpes de dulce de leche para que tuviese algo que comer por el camino. Confiabas en mí y en mis decisiones. Y ahora tan sólo llevo un bocadillo de lomo frío y desconsuelos que cuelgan de mis pestañas.
Qué lento se me está haciendo volar en este avión.
«Vaya dos tontas llamándose Sépia&Calamar, vaya tontería más importante♥»
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lundi 7 février 2011
vendredi 14 janvier 2011
Y las lágrimas al borde del abismo.
Anouk, voy con prisas que sino me arrepiento.
Estaréis un tiempo sin saber de mí, estaré bien.
Dile a Noa que la quiero muchísimo, igual que a ti.
Vivid como si no hubiera mañana.
Henar.
A penas he dormido quince minutos. Debo parecer una muerta con estas ojeras que me llegan hasta la barbilla, el rimel corrido y las lágrimas al borde del abismo. Tengo frío. Me tiembla la pierna izquierda, estoy nerviosa. Agarro fuerte mi equipaje. Te dejo aquí, Miguel. Aquí te planto, aquí te olvido. Abro mi maleta, desperdigo la ropa hasta encontrar una libreta y de entre las hojas saco una foto nuestra. Siempre ha estado ahí, desde que nos la hicimos, en el verano de hace cuatro años, con mis pantalones amarillos. La arrugo con una sola mano. Aprieto fuerte el puño y repito que te odio más de setecientas cincuenta-y-dos veces en mi cabeza. Lloro y se me mancha el vestido que me regaló Lisette. Cierro la maleta con dificultad, con todo el interior revuelto. Me acerco a la basura y me deshago de esa maldita foto, para siempre.
Qué más da si volveré o no. Para ti ya he muerto.
Andrés, pasatiempos tengo yo pegados en la nevera. Si quieres uno, ya sabes dónde están, pero a mi no me busques. Nunca sabré si me quisiste. Prefiero no saberlo nunca.
Estaréis un tiempo sin saber de mí, estaré bien.
Dile a Noa que la quiero muchísimo, igual que a ti.
Vivid como si no hubiera mañana.
Henar.
A penas he dormido quince minutos. Debo parecer una muerta con estas ojeras que me llegan hasta la barbilla, el rimel corrido y las lágrimas al borde del abismo. Tengo frío. Me tiembla la pierna izquierda, estoy nerviosa. Agarro fuerte mi equipaje. Te dejo aquí, Miguel. Aquí te planto, aquí te olvido. Abro mi maleta, desperdigo la ropa hasta encontrar una libreta y de entre las hojas saco una foto nuestra. Siempre ha estado ahí, desde que nos la hicimos, en el verano de hace cuatro años, con mis pantalones amarillos. La arrugo con una sola mano. Aprieto fuerte el puño y repito que te odio más de setecientas cincuenta-y-dos veces en mi cabeza. Lloro y se me mancha el vestido que me regaló Lisette. Cierro la maleta con dificultad, con todo el interior revuelto. Me acerco a la basura y me deshago de esa maldita foto, para siempre.
Qué más da si volveré o no. Para ti ya he muerto.
Andrés, pasatiempos tengo yo pegados en la nevera. Si quieres uno, ya sabes dónde están, pero a mi no me busques. Nunca sabré si me quisiste. Prefiero no saberlo nunca.
lundi 10 janvier 2011
¿Elliot?
Ábreme la puerta, Elliot, por favor. No te asustes por las manchas de sangre de mis rodillas, ahora te lo cuento todo. Me das la mano. ¿Cuánto hacía que no hablábamos? Demasiado tiempo. Te he echado de menos. ¿Y tú cómo estás? ¿Y tus adentros? Mejor no pregunto detalles, se te ve la grieta del corazón desde aquí. Te veo tan diferente. Juraría que hace una eternidad que no sonríes. Lo siento, Elliot. Perdóname por no haber venido antes. Pretendes que me tranquilice con una taza de te, me tiemblan las manos. Pero te digo que no me apetece, que mejor te quedes aquí sentado a mi lado, que tengo ganas de llorar. Me estrechas fuerte contra tu pecho, desatando el llanto que permanecía anudado en mi estómago desde el primer golpe. Dejas que me desahogue un poco, besas mi mejilla y me preguntas que qué voy a hacer. Estoy cansada, Elliot. Esta tontería de Miguel lleva persiguiéndome cuatro años. Y esto ha sido el colmo.
- Elliot, abrázame como si fuera la última vez.
- ¿Lo será?
- No me olvides nunca.
- Elliot, abrázame como si fuera la última vez.
- ¿Lo será?
- No me olvides nunca.
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Elliot.,
Henar.,
Otra tontería más.
samedi 8 janvier 2011
Siempre quedan las palabras no dichas.
Míranos. Ésta eres tú, y éste soy yo. Tú, con tu cara de niña inocente. Tú, con tus ojos achinados y esa sonrisa tan tuya. Tú, con tu pose de felicidad permanente. Tú, la esperanza personificada. Y yo. Yo, sin saber donde meterme. Yo, abrazándote fuerte para ver si así, conseguía que no te fueras. Como si eso fuese posible. Yo, sonriéndote, enseñándote que también tenía la esperanza de que no te marchases. Míranos, éstos somos nosotros. Nosotros, como dos niños jugando al amor. Nosotros, y nuestros abrazos fugaces. Nosotros, y todo lo que había metido en esos centímentros que nos separaban. Nosotros, y el último Adiós.
Siempre quedan las palabras no dichas.
Siempre quedan las palabras no dichas.
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Lisette.,
Otra tontería más.
jeudi 6 janvier 2011
Más sal para las heridas que tengo en todo el cuerpo.
Lo coges todo. Te pones los pantalones. ¿Cuántas veces te había visto así antes? Entrelazas torpemente el cinturón. Atas tu camisa. Te pones la chaqueta. Me das un beso. Espera, no te vayas. Tengo tu mano agarrada, me levantas de la cama de un suave tirón. Me besas otra vez. Creo notar que no quieres irte. Me cuesta tanto creerte, pero me gusta tanto hacerlo. Me sonríes. Otro beso. Me arrastras hasta la puerta. Billones de besos rápidos. Tienes que irte, es tarde. Me das un último beso largo, poniendo las manos en mi cuello, entretejiendo tus manos con mi pelo.
Se abre la puerta, sin darme tiempo a respirar.
Andrés, vestido de chándal, con la mochila colgada de un hombro. Y ahora, la cara desencajada.
- Pero, Miguel… ¿tú no estabas muerto?
Deja caer la mochila en el suelo. Sonríe.
- ¿Qué haces tú aquí? ¿No sabes llamar al timbre?
- Esta es mi segunda casa, ya.
Me miras pidiéndome explicaciones. Lo siento, no las tengo. Y aunque ahora me cueste aceptarlo, Andrés tiene razón.
- Entonces es verdad aquello que me contaste. Que llevas acostándote con ella todas las noches que yo no he estado.
- Exacto. – sigue sonriendo.
- Sólo has fallado en un pequeño detalle: para ella no he muerto.
- Hombre, es que si vienes aquí calentando a la muchacha… - una carcajada forzada.
- ¡Deja de reírte! – te separas de mí.
- Hago lo que me da la gana. – os acercáis. – No pidas, Miguel. Has perdido todo tu derecho. Eres un mentiroso – me mira cariñosamente - y aquí, sobras. Vete, anda, no hagas más daño del que hiciste cuando la abandonaste.
Me miras. Andrés se ha puesto serio pero ahora vuelve a sonreír. Estás nervioso. Aprietas las manos en forma de puño. Tienes ganas de gritar.
- Hijo de puta. – susurras- ¡Te dije que me la cuidaras, no que te acostaras con ella! – alzas el brazo, y con toda tu rabia contenida en el puño, le golpeas la cara. Esa cara de gilipollas que se le ha puesto burlándose de tu regreso.
Andrés pone suavemente la mano sobre su mejilla colorada. Te agarra por los hombros y te estampa contra la pared.
- ¿Y dejar que ella continuara llorando por las esquinas durante todo este tiempo? ¡No tienes corazón Miguel! ¡Eres un puto egoísta de mierda! – golpe contra la pared - ¡Sólo piensas en ti, en ti, en ti y en ti! – otro golpe contra la pared.
Lo agarras del cuello.
- ¡Seguro que le has llenado la cabeza de mentiras! – gritas. - ¡Se me olvidó decirle que no se acercara a ti, que eres un falso!
- ¿Que se te olvidó qué? ¡Se te olvidó ella enterita! ¡Ya no pintas nada en su vida! ¡Déjanos en paz! – sonrisita – Ella me quiere, ¿no te lo ha dicho todavía?
De repente siento que la que no pinta nada aquí, soy yo. Adiós Henar, adiós problemas, ¿no? Voy a mi habitación, me cuelgo el bolso y corro hacia la puerta.
- Ya me diréis a quién hay que enterrar primero.
Un puñetazo. Arañazos. Patadas. Sangre. Y yo en la puerta, quieta. ¡¿Pero qué coño estoy haciendo?! Si me voy, estos dos se matan de verdad.
- ¡Parad, joder! ¡Estáis locos o qué! – los agarro del hombro, pero de nada sirve. - ¡Parad ya! ¡Os vais a matar! – grito. - ¡¡Sois lo peor que me ha pasado en la vida!!
Silencio.
Andrés te suelta el cuello. Coge la mochila que sigue intacta delante de la puerta. Lentamente, me mira. Se dirige a la puerta. Y con la frente y las manos llenas de sangre, se va.
- ¡Miguel! ¿Me oyes?
- Sí. - dices flojito.
- Pues vete. Y esta vez, no vuelvas.
Un beso inconsciente aterriza en tus labios. Más sal para las heridas que tengo en todo el cuerpo. He sentido cada puñetazo en mi estómago. A mí también me duele todo. Y no estoy para cuidar a nadie. Que te vayas, Miguel. Y no vuelvas.
Yo tampoco me quedo. Elliot, espero que estés en casa.
Se abre la puerta, sin darme tiempo a respirar.
Andrés, vestido de chándal, con la mochila colgada de un hombro. Y ahora, la cara desencajada.
- Pero, Miguel… ¿tú no estabas muerto?
Deja caer la mochila en el suelo. Sonríe.
- ¿Qué haces tú aquí? ¿No sabes llamar al timbre?
- Esta es mi segunda casa, ya.
Me miras pidiéndome explicaciones. Lo siento, no las tengo. Y aunque ahora me cueste aceptarlo, Andrés tiene razón.
- Entonces es verdad aquello que me contaste. Que llevas acostándote con ella todas las noches que yo no he estado.
- Exacto. – sigue sonriendo.
- Sólo has fallado en un pequeño detalle: para ella no he muerto.
- Hombre, es que si vienes aquí calentando a la muchacha… - una carcajada forzada.
- ¡Deja de reírte! – te separas de mí.
- Hago lo que me da la gana. – os acercáis. – No pidas, Miguel. Has perdido todo tu derecho. Eres un mentiroso – me mira cariñosamente - y aquí, sobras. Vete, anda, no hagas más daño del que hiciste cuando la abandonaste.
Me miras. Andrés se ha puesto serio pero ahora vuelve a sonreír. Estás nervioso. Aprietas las manos en forma de puño. Tienes ganas de gritar.
- Hijo de puta. – susurras- ¡Te dije que me la cuidaras, no que te acostaras con ella! – alzas el brazo, y con toda tu rabia contenida en el puño, le golpeas la cara. Esa cara de gilipollas que se le ha puesto burlándose de tu regreso.
Andrés pone suavemente la mano sobre su mejilla colorada. Te agarra por los hombros y te estampa contra la pared.
- ¿Y dejar que ella continuara llorando por las esquinas durante todo este tiempo? ¡No tienes corazón Miguel! ¡Eres un puto egoísta de mierda! – golpe contra la pared - ¡Sólo piensas en ti, en ti, en ti y en ti! – otro golpe contra la pared.
Lo agarras del cuello.
- ¡Seguro que le has llenado la cabeza de mentiras! – gritas. - ¡Se me olvidó decirle que no se acercara a ti, que eres un falso!
- ¿Que se te olvidó qué? ¡Se te olvidó ella enterita! ¡Ya no pintas nada en su vida! ¡Déjanos en paz! – sonrisita – Ella me quiere, ¿no te lo ha dicho todavía?
De repente siento que la que no pinta nada aquí, soy yo. Adiós Henar, adiós problemas, ¿no? Voy a mi habitación, me cuelgo el bolso y corro hacia la puerta.
- Ya me diréis a quién hay que enterrar primero.
Un puñetazo. Arañazos. Patadas. Sangre. Y yo en la puerta, quieta. ¡¿Pero qué coño estoy haciendo?! Si me voy, estos dos se matan de verdad.
- ¡Parad, joder! ¡Estáis locos o qué! – los agarro del hombro, pero de nada sirve. - ¡Parad ya! ¡Os vais a matar! – grito. - ¡¡Sois lo peor que me ha pasado en la vida!!
Silencio.
Andrés te suelta el cuello. Coge la mochila que sigue intacta delante de la puerta. Lentamente, me mira. Se dirige a la puerta. Y con la frente y las manos llenas de sangre, se va.
- ¡Miguel! ¿Me oyes?
- Sí. - dices flojito.
- Pues vete. Y esta vez, no vuelvas.
Un beso inconsciente aterriza en tus labios. Más sal para las heridas que tengo en todo el cuerpo. He sentido cada puñetazo en mi estómago. A mí también me duele todo. Y no estoy para cuidar a nadie. Que te vayas, Miguel. Y no vuelvas.
Yo tampoco me quedo. Elliot, espero que estés en casa.
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Otra tontería más.
vendredi 31 décembre 2010
Un par de pizzas y un mal perder. (II)
- Buenas noches.
- Igualmente. No me avises si tienes frío, ahí hay otra manta. Y en el armario de la salita, hay más.
- No te preocupes por mi, cariño. –y lanzas dos besos al aire, burlándote, para variar.
Te quitas los zapatos. Te desatas la corbata y los botones de la camisa. Te pones de espaldas a mí y te la quitas. La dejas sobre una silla. Estás jodidamente tremendo. Te odio, te odio, te odio.
- Buenas noches. – digo embobada.
- ¿Otra vez? – sonríes picarón. ¿He dicho que te odio?
- Bueno, pues que pases una mala noche.
Me voy a mi habitación y cierro la puerta de un portazo. Me desvisto lentamente, remoloneando por la habitación en ropa interior, por si se te ocurre entrar. Pero nada. Busco un pijama bonito, parece que mantengo la esperanza de que me veas. Quiero pero no quiero. En realidad quiero pero no te lo mereces. Y mi orgullo por encima de todo. Apago la lamparita.
Joder, Noa. Yo no quería esto. Tampoco que te enfadaras. Sabes de sobras que todo lo que digo no es porque sea un creído. Lo digo porque soy así, porque soy un chulo y se me escapa. ¿Qué debes estar haciendo?
Hostia puta, Marc. Sal de mi cabeza y déjame dormir. Es que ni contigo ni sin ti, macho. … Ojala te diera por venir. Haz algún ruido o algo. Tírate del sofá para que venga y me encandiles. ¿Tendrás frío? He sido un poco borde con lo de la manta. Yo sí que tengo frío, me faltas tú. ¿Qué debes estar haciendo?
Noa, ¿no tienes sed? Vamos, levántate, que yo te abrazo y te pido perdón por haber sido tan estúpido.
Marc, ¿no tienes ganas de ir al baño? Venga, va, que yo abro la puerta y te dejo que vengas conmigo aunque sea un ratito.
Visto que no vienes, Noa.
Por lo que veo, no vas a aparecer por aquí, Marc.
Voy al baño.
Voy a hacerme un vasito de leche.
Mejor no enciendo ninguna luz, qué vergüenza. Tampoco quiero que tengas una excusa para reírte más de mí, Marc. Abro la puerta con cuidado y camino descalza por el pasillo. Te oigo venir. Espera, no me jodas. Dime que no. Ahora que decido acercarme, vienes tú. Me rozas. Suspiras porque te has asustado, aunque si te lo preguntara me dirías que no. Te oigo sonreír.
- ¿A dónde vas?
- A hacerme un vaso de leche.
- ¿En serio?
- Claro. ¿Y tú?
- Al baño. Pero es mentira.
Tocas mi pelo. Respiras profundo cerca de mi oído. Pasas tu mano por mi cintura. Besas mi frente. Entrecejo. Mejilla. Oído. Cuello. Barbilla. Comisura. Sigue, por favor. Suspiras y me estrechas contra tu pecho desnudo.
- Me vuelvo al sofá. Hazte el vasito de leche y no te vayas a dormir muy tarde.
No me lo puedo creer. ¡Otra vez! Y encima te ríes. Es que, ¿cómo pude quererte conmigo? Otra vez te odio.
- Te odio. – me separo de tus brazos.
- ¿Por qué?
- Porque sí, porque te odio.
- ¿Ah sí?
- Sí.
- ¿Por qué?
- Porque no hay quien te entienda.
- ¿Ah sí?
- ¡No! ¡Y cállate!
- ¿Que me calle? ¿Me vas a callar tú?
Me agarras del brazo.
- ¡Me sacas de quicio! ¡Déjame!
- Ven aquí.
Y me besas. Me acaricias el pelo. Mi espalda. Tu calor. Tus brazos. Me empujas hasta el sofá. Me tumbas. Me besas el cuello. El pecho. Mis labios. Suspiras. Me miras. Sonríes. Sigues. Me quitas la camiseta del pijama. Rozas mi tripa con tus dedos, muy suave. Se me pone la piel de gallina. Sonrío. Sonríes. Besito a besito bajas por mi cuello, mi pecho, mi tripa. Escalofrío. Me incorporo. Te beso. Te beso más. Te beso mucho. Te empujo, dejándote a mis pies. Tu cuello. Tu oído. Tu pelo. Tu pecho. Tu ombligo. Acaricio tus brazos. Entrelazo nuestras manos. Sigo besándote. Suspiras rápido. Te muerdo el labio. Se te escapa el aliento entre los dientes. Bajo la mano restante por tu pecho, tripa, paquet…
- Me voy a la cama, Marc. No te vayas a dormir muy tarde.
(y texto número 100. Feliz año nuevo.)
- Igualmente. No me avises si tienes frío, ahí hay otra manta. Y en el armario de la salita, hay más.
- No te preocupes por mi, cariño. –y lanzas dos besos al aire, burlándote, para variar.
Te quitas los zapatos. Te desatas la corbata y los botones de la camisa. Te pones de espaldas a mí y te la quitas. La dejas sobre una silla. Estás jodidamente tremendo. Te odio, te odio, te odio.
- Buenas noches. – digo embobada.
- ¿Otra vez? – sonríes picarón. ¿He dicho que te odio?
- Bueno, pues que pases una mala noche.
Me voy a mi habitación y cierro la puerta de un portazo. Me desvisto lentamente, remoloneando por la habitación en ropa interior, por si se te ocurre entrar. Pero nada. Busco un pijama bonito, parece que mantengo la esperanza de que me veas. Quiero pero no quiero. En realidad quiero pero no te lo mereces. Y mi orgullo por encima de todo. Apago la lamparita.
Joder, Noa. Yo no quería esto. Tampoco que te enfadaras. Sabes de sobras que todo lo que digo no es porque sea un creído. Lo digo porque soy así, porque soy un chulo y se me escapa. ¿Qué debes estar haciendo?
Hostia puta, Marc. Sal de mi cabeza y déjame dormir. Es que ni contigo ni sin ti, macho. … Ojala te diera por venir. Haz algún ruido o algo. Tírate del sofá para que venga y me encandiles. ¿Tendrás frío? He sido un poco borde con lo de la manta. Yo sí que tengo frío, me faltas tú. ¿Qué debes estar haciendo?
Noa, ¿no tienes sed? Vamos, levántate, que yo te abrazo y te pido perdón por haber sido tan estúpido.
Marc, ¿no tienes ganas de ir al baño? Venga, va, que yo abro la puerta y te dejo que vengas conmigo aunque sea un ratito.
Visto que no vienes, Noa.
Por lo que veo, no vas a aparecer por aquí, Marc.
Voy al baño.
Voy a hacerme un vasito de leche.
Mejor no enciendo ninguna luz, qué vergüenza. Tampoco quiero que tengas una excusa para reírte más de mí, Marc. Abro la puerta con cuidado y camino descalza por el pasillo. Te oigo venir. Espera, no me jodas. Dime que no. Ahora que decido acercarme, vienes tú. Me rozas. Suspiras porque te has asustado, aunque si te lo preguntara me dirías que no. Te oigo sonreír.
- ¿A dónde vas?
- A hacerme un vaso de leche.
- ¿En serio?
- Claro. ¿Y tú?
- Al baño. Pero es mentira.
Tocas mi pelo. Respiras profundo cerca de mi oído. Pasas tu mano por mi cintura. Besas mi frente. Entrecejo. Mejilla. Oído. Cuello. Barbilla. Comisura. Sigue, por favor. Suspiras y me estrechas contra tu pecho desnudo.
- Me vuelvo al sofá. Hazte el vasito de leche y no te vayas a dormir muy tarde.
No me lo puedo creer. ¡Otra vez! Y encima te ríes. Es que, ¿cómo pude quererte conmigo? Otra vez te odio.
- Te odio. – me separo de tus brazos.
- ¿Por qué?
- Porque sí, porque te odio.
- ¿Ah sí?
- Sí.
- ¿Por qué?
- Porque no hay quien te entienda.
- ¿Ah sí?
- ¡No! ¡Y cállate!
- ¿Que me calle? ¿Me vas a callar tú?
Me agarras del brazo.
- ¡Me sacas de quicio! ¡Déjame!
- Ven aquí.
Y me besas. Me acaricias el pelo. Mi espalda. Tu calor. Tus brazos. Me empujas hasta el sofá. Me tumbas. Me besas el cuello. El pecho. Mis labios. Suspiras. Me miras. Sonríes. Sigues. Me quitas la camiseta del pijama. Rozas mi tripa con tus dedos, muy suave. Se me pone la piel de gallina. Sonrío. Sonríes. Besito a besito bajas por mi cuello, mi pecho, mi tripa. Escalofrío. Me incorporo. Te beso. Te beso más. Te beso mucho. Te empujo, dejándote a mis pies. Tu cuello. Tu oído. Tu pelo. Tu pecho. Tu ombligo. Acaricio tus brazos. Entrelazo nuestras manos. Sigo besándote. Suspiras rápido. Te muerdo el labio. Se te escapa el aliento entre los dientes. Bajo la mano restante por tu pecho, tripa, paquet…
- Me voy a la cama, Marc. No te vayas a dormir muy tarde.
(y texto número 100. Feliz año nuevo.)
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Otra tontería más.
jeudi 30 décembre 2010
Un par de pizzas y un mal perder. (I)
Estás sentado en el sofá y yo no puedo parar de moverme. Me miras, te percatas de lo nerviosa que estoy pero pones cara de estar haciéndome un favor con tu compañía. Cómo te gusta hacerme quedar mal, eh. Enciendo la televisión. Hago zapping pero no hay más que programas de prensa rosa. Los odio, pero tú tienes cara de interesado así que dejo el mando encima del sofá y me voy a meter las pizzas en el horno. No me molesto en preguntarte cuál es tu favorita. Cojo dos de cuatro quesos y arreando. Prefiero que no te gusten, que cenes mal, que te sienta mal la comida y no vuelvas más. Las meto a la vez, un poco estrujadas para ahorrar tiempo y que te vayas lo antes posible. Te he invitado porque con tu actitud me has obligado. Bueno, quizás había un poco de voluntad de mi parte. Pero ahora me arrepiento. Hubiese preferido cenar sola, no que ahora te tengo aquí y me siento intimidada. Me da miedo acercarme al sofá, por si me tropiezo y al caer, acabo encima de ti. Porque tú eres uno de esos hombres que no saben querer. Por eso me da miedo, Marc. Por eso no te acepto, no te trago. Por ese mismo motivo me pierdes tantas veces. Por eso odio tu chulería. No puedes conmigo. Y sé que lo único que quieres de mí es que me acueste contigo. Otra vez. - ¿Noa?
- ¿Sí?
- Ah, que pensaba que se te había tragado la tierra.
Por desgracia, no.
- Puedes ir sentándote en la mesa, - te hablo a voces desde la cocina - que a las pizzas les quedan un par de minutitos.
- ¿Y si te vienes ese par de minutitos aquí conmigo? Haciendo zapping he encontrado una película que parece que ha empezado hace poco.
- Em… sí, un momento.
Me lavo las manos, lentamente. Me seco hasta casi disecarlas. Camino por el pasillo hasta llegar al comedor. Me apoyo en el sofá.
- No muerdo, eh.
- ¿Estás seguro? – digo con ironía poniendo los ojos en blanco.
- Que no mujer, puedes sentarte. – y das dos palmaditas a tu lado, como si estuvieras indicándole a un perro donde debe sentarse. Qué estúpido. Me incorporo con mucha pereza y me siento en el sofá.
- ¿Cómo se llama la película?
- No lo sé.
- Ah. Tiene pinta de ser de miedo. A mí eso no me gusta. Cámbialo. – clic. – Mira, las pizzas.
Y te dejo ahí sentado, buscando torpemente menú del mando para ver la información de lo que están dando. Es de miedo, Marc. La vi la semana pasada en una tarde de esas en las que necesito sacarte de mi cabeza.
- ¿Dónde te vas a sentar? – digo con las pizzas en la mano.
- Donde tú me digas.
- Pues ponte aquí. Toma, córtate la pizza como quieras. Y con la mano, que sino luego hay que lavar cubiertos.
- Eh, que si lavar va a ser para tanto, lo hago yo antes de irme.
En realidad resultaría divertido verte con los puños de la camisa arremangados hasta el codo, el delantal…
- Nada, nada. La pizza se come con las manos y luego te vas a casa.
- ¡Eres más rancia!
- ¡Encima!
- Yo que pensaba que me invitarías a dormir…
- No.
- Hoy que estás sola…
- No.
- Y que no hay nadie que te haga mimitos…
- Que no, he dicho.
Te ríes. Creo que ha sido una muy mala idea ponerme justo delante de ti. Muerdes la comida con vicio. Para, Marc. Marc, ¡para!
- Admítelo, Noa. Te pongo. Por eso me tienes tanto miedo.
- ¡¿Pero qué dices?! ¡Cállate, anda!
- ¿Que no? Hagamos la prueba. Te beso. Si noto que te gusta, me quedo.
- Tienes un morr… (beso).
Dos segundos. Bueno, tres. Va, tres y medio. ¡Mierda! Me aparto.
- ¡Qué asco! – digo, limpiándome la boca exageradamente con la servilleta.
- ¡Has suspirado!
- ¡Qué va!
Ya vuelve a estar ahí tu risa burlona, acompañada de tu chulería.
- He ganado.
- Para nada, majo. Además, en ningún momento he dicho que aceptara tu estúpida prueba.
- Claro, claro. Tienes un mal perder.
- ¿Perdón? Pues espero que te haya resultado cómodo el sofá, porque es ahí donde vas a dormir. – me levanto de la mesa. – Se me ha quitado el hambre.
Madre de dios, que me derrito.
(continuará.)
- ¿Sí?
- Ah, que pensaba que se te había tragado la tierra.
Por desgracia, no.
- Puedes ir sentándote en la mesa, - te hablo a voces desde la cocina - que a las pizzas les quedan un par de minutitos.
- ¿Y si te vienes ese par de minutitos aquí conmigo? Haciendo zapping he encontrado una película que parece que ha empezado hace poco.
- Em… sí, un momento.
Me lavo las manos, lentamente. Me seco hasta casi disecarlas. Camino por el pasillo hasta llegar al comedor. Me apoyo en el sofá.
- No muerdo, eh.
- ¿Estás seguro? – digo con ironía poniendo los ojos en blanco.
- Que no mujer, puedes sentarte. – y das dos palmaditas a tu lado, como si estuvieras indicándole a un perro donde debe sentarse. Qué estúpido. Me incorporo con mucha pereza y me siento en el sofá.
- ¿Cómo se llama la película?
- No lo sé.
- Ah. Tiene pinta de ser de miedo. A mí eso no me gusta. Cámbialo. – clic. – Mira, las pizzas.
Y te dejo ahí sentado, buscando torpemente menú del mando para ver la información de lo que están dando. Es de miedo, Marc. La vi la semana pasada en una tarde de esas en las que necesito sacarte de mi cabeza.
- ¿Dónde te vas a sentar? – digo con las pizzas en la mano.
- Donde tú me digas.
- Pues ponte aquí. Toma, córtate la pizza como quieras. Y con la mano, que sino luego hay que lavar cubiertos.
- Eh, que si lavar va a ser para tanto, lo hago yo antes de irme.
En realidad resultaría divertido verte con los puños de la camisa arremangados hasta el codo, el delantal…
- Nada, nada. La pizza se come con las manos y luego te vas a casa.
- ¡Eres más rancia!
- ¡Encima!
- Yo que pensaba que me invitarías a dormir…
- No.
- Hoy que estás sola…
- No.
- Y que no hay nadie que te haga mimitos…
- Que no, he dicho.
Te ríes. Creo que ha sido una muy mala idea ponerme justo delante de ti. Muerdes la comida con vicio. Para, Marc. Marc, ¡para!
- Admítelo, Noa. Te pongo. Por eso me tienes tanto miedo.
- ¡¿Pero qué dices?! ¡Cállate, anda!
- ¿Que no? Hagamos la prueba. Te beso. Si noto que te gusta, me quedo.
- Tienes un morr… (beso).
Dos segundos. Bueno, tres. Va, tres y medio. ¡Mierda! Me aparto.
- ¡Qué asco! – digo, limpiándome la boca exageradamente con la servilleta.
- ¡Has suspirado!
- ¡Qué va!
Ya vuelve a estar ahí tu risa burlona, acompañada de tu chulería.
- He ganado.
- Para nada, majo. Además, en ningún momento he dicho que aceptara tu estúpida prueba.
- Claro, claro. Tienes un mal perder.
- ¿Perdón? Pues espero que te haya resultado cómodo el sofá, porque es ahí donde vas a dormir. – me levanto de la mesa. – Se me ha quitado el hambre.
Madre de dios, que me derrito.
(continuará.)
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jeudi 23 décembre 2010
Caperucita & CO.
Querido Diario, hoy vengo a hablarte de el peor cuento de la historia: Caperucita Roja.
Caperucita Roja era una niña tonta. Por supuesto que sí, si no, ¿por qué iba a llevar siempre el chubasquero ese tan chillón, con lo feo que le quedaba? Y su madre, la pobre, que ya no sabía qué hacer con ella, la mandó a ver a su abuela. Pero eso fue para ver si se perdía ya por el bosque, o como mínimo que durante unos días les dejara tranquilos. Que yo lo sé.
Y luego con el lobo. Si ella ya sabía que el lobo la seguía, ¡tampoco era tonta del todo! Lo que pasa que ella estaba deseando que él se la comiera enterita, y así poder contarles a sus nietos de vieja lo malo que era el lobo del bosque, y durante generaciones ser la protagonista y la víctima de esta historia. Si eso se ve venir desde el principo del cuento, ¿no ves que va dando saltitos con esa horrorosa caperuza? Es la mejor estrategia para llamar la atención del pobre animalito, que no puede resistir el instinto y se la zampa en cuanto puede. Seguro que luego no podía aguantar los retortijones, y fue a beber un poco de agua para ver si así bajaba un poco la comida.
Pero no, tubo que llegar el cazador, siempre metiéndose en todo. A él que más le daba si el lobo se había comido a la niña o no, te preguntarás. Pues la verdad es que no se tenía que haber metido, pero como él siempre tiene que ser el héroe salvador, pues rajó en canal al lobo y le sacó de las tripas a la niña. Y así, también salvó a la pobre abuelita, que en realidad lo único que quería era dejar este mundo sucio y triste para reunirse de una vez con su marido, que la esperaba en el cielo.
Y así, Caperucita Roja obtuvo su fama por los siglos de los siglos, el pobre lobito se quedó medio muerto a la orilla del río, la madre tubo que soportar a su hija el resto de sus días, y la pobre abuelita se volvió a su casa, a esperar que llegar su hora. Ah, y no nos olvidemos del cazador, que siguió matando animales como si de un concurso se tratara, a ver quién era más asesino. FIN
Caperucita Roja era una niña tonta. Por supuesto que sí, si no, ¿por qué iba a llevar siempre el chubasquero ese tan chillón, con lo feo que le quedaba? Y su madre, la pobre, que ya no sabía qué hacer con ella, la mandó a ver a su abuela. Pero eso fue para ver si se perdía ya por el bosque, o como mínimo que durante unos días les dejara tranquilos. Que yo lo sé.
Y luego con el lobo. Si ella ya sabía que el lobo la seguía, ¡tampoco era tonta del todo! Lo que pasa que ella estaba deseando que él se la comiera enterita, y así poder contarles a sus nietos de vieja lo malo que era el lobo del bosque, y durante generaciones ser la protagonista y la víctima de esta historia. Si eso se ve venir desde el principo del cuento, ¿no ves que va dando saltitos con esa horrorosa caperuza? Es la mejor estrategia para llamar la atención del pobre animalito, que no puede resistir el instinto y se la zampa en cuanto puede. Seguro que luego no podía aguantar los retortijones, y fue a beber un poco de agua para ver si así bajaba un poco la comida.
Pero no, tubo que llegar el cazador, siempre metiéndose en todo. A él que más le daba si el lobo se había comido a la niña o no, te preguntarás. Pues la verdad es que no se tenía que haber metido, pero como él siempre tiene que ser el héroe salvador, pues rajó en canal al lobo y le sacó de las tripas a la niña. Y así, también salvó a la pobre abuelita, que en realidad lo único que quería era dejar este mundo sucio y triste para reunirse de una vez con su marido, que la esperaba en el cielo.
Y así, Caperucita Roja obtuvo su fama por los siglos de los siglos, el pobre lobito se quedó medio muerto a la orilla del río, la madre tubo que soportar a su hija el resto de sus días, y la pobre abuelita se volvió a su casa, a esperar que llegar su hora. Ah, y no nos olvidemos del cazador, que siguió matando animales como si de un concurso se tratara, a ver quién era más asesino. FIN
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Lisette.,
Otra tontería más.
mardi 21 décembre 2010
Qué ridícula te pones cuando te emborrachas.
Rubén y Greta nunca se entendieron del todo. Él era encargado de una triste tienda de ropa, y ella era azafata. Lo suyo empezó cuando él todavía era modelo, y ella una jovencita tonta y soñadora. Pero ahora, el cuento había cambiado demasiado.
Algunas de las pocas noches en que ella iba a dormir a casa, esperaba a su marido en aquella fría habitación, con las bragas por las rodillas, y el corazón a cien por hora, borracha de lujúria y whisky barato. Y así, cansada, sucia, desnuda y húmeda recibía a Rubén.
- Buenas noches, amor.
- Greta, ¿cuándo has llegado? ¿cómo ha ido el viaje?
Él, que había soñado siempre con ser recibido como un rey por su reina, entre lujo y pomposidad.
- No me preguntes, mi vida es demasiado aburrida para explicártela.
- ¿Por dónde has estado?
Él, que sentía aquél hueco en el estómago cada vez que la encontraba así.
- Quién sabe. Nueva York, Argentina, Nueva Zelanda, París. Qué más da, si todos los aeropuertos son iguales.
- Otra vez borracha...
Él, que ya no recordaba como era aquella niña de la que él se encaprichó, la que ahora le susurraba al oído aquella lista de mentiras que no creía ni ella.
- ¿Qué esperabas? No soy de esas que vuelven corriendo a los brazos de su marido como si no puediesen vivir sin él. Sabes perfectamente que no te necesito para nada. Sólo para esta noche, esta asquerosa noche. Ven aquí, dame un beso.
Y así, sin más, se desplomó sobre la cama, perdiendo el conocimiento por el camino.
Ay, Greta, qué ridícula te pones cuando te emborrachas.
Algunas de las pocas noches en que ella iba a dormir a casa, esperaba a su marido en aquella fría habitación, con las bragas por las rodillas, y el corazón a cien por hora, borracha de lujúria y whisky barato. Y así, cansada, sucia, desnuda y húmeda recibía a Rubén.
- Buenas noches, amor.
- Greta, ¿cuándo has llegado? ¿cómo ha ido el viaje?
Él, que había soñado siempre con ser recibido como un rey por su reina, entre lujo y pomposidad.
- No me preguntes, mi vida es demasiado aburrida para explicártela.
- ¿Por dónde has estado?
Él, que sentía aquél hueco en el estómago cada vez que la encontraba así.
- Quién sabe. Nueva York, Argentina, Nueva Zelanda, París. Qué más da, si todos los aeropuertos son iguales.
- Otra vez borracha...
Él, que ya no recordaba como era aquella niña de la que él se encaprichó, la que ahora le susurraba al oído aquella lista de mentiras que no creía ni ella.
- ¿Qué esperabas? No soy de esas que vuelven corriendo a los brazos de su marido como si no puediesen vivir sin él. Sabes perfectamente que no te necesito para nada. Sólo para esta noche, esta asquerosa noche. Ven aquí, dame un beso.
Y así, sin más, se desplomó sobre la cama, perdiendo el conocimiento por el camino.
Ay, Greta, qué ridícula te pones cuando te emborrachas.
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Greta.,
Otra tontería más.,
Rubén.
lundi 13 décembre 2010
Perdona, Noa, se me ha ido la cabeza.
Suena el timbre. Pienso durante un instante si esperaba recibir alguna visita. No. Me asomo por la mirilla. Oh, no. Es Marc. Preferiría no abrirte, pero ya has visto que alguien ha encendido la luz. A ver qué argumentos te has inventado para colarte en mi casa. Abro la puerta.
- Buenas noches, preciosa.
- Hola.
Hola, me llamo Noa y soy la cosa más seca que puedes encontrarte un viernes por la noche.
- ¿Qué tal? – me preguntas tontamente. Apoyas el brazo en el borde de la puerta, para que no pueda cerrarla sin pillarte los dedos.
- Yo bien.
Nos miramos. Ánimo, Marc, es hora de que sueltes de carrerilla a lo que has venido. Y te adelanto que en mi puerta no pone Puticlub.
- Esto… ¿haces algo esta noche?
Eso, no seas tan disimulado, no vaya a ser que no pille tus directas.
- Estoy ocupadísima.
Explotas en una carcajada limpia.
- ¿Puedo ayudarte en algo?
- Sí, puedes desaparecer.
Hago lentamente el gesto de cerrar la puerta para que te de tiempo a quitar los dedos, pero eso solo sirve para que detengas la puerta con el otro brazo.
- En realidad no quieres que me vaya.
- No, no quiero. Lo deseo con todas mis fuerzas.
Me das un beso. Frunzo el ceño. Me das otro. Y otro más. Te quito las manos de mi cintura. Sabes dulce. Sonríes.
- Perdona, Noa, se me ha ido la cabeza.
Te giras y cruzas la puerta.
- ¿Te vas?
- Me has echado.
Eso no se hace, Marc. No. Me lías, me besas, y entonces me entran ganas de que te quedes. ¡Pero es que tu chulería no la soporto!
- Claro.
Me apoyo en el filo de la puerta y pestañeo lentamente para tentarte, para que caigas, para que te quedes. Pero pasas de mí exageradamente.
- Pues eso.
Sonríes como despedida, te giras. Das un paso y te paras. Miras tu brazo. Mi mano está agarrando el puño de tu camisa fuertemente. Yo no le he dicho que lo haga, ha sido un reflejo. Me siento estúpida y te suelto rápidamente. Y me haces una mueca. Lo tenías todo planeado. Cruzas los brazos, y sonríes pidiéndome una explicación.
- Mis padres se han ido de fin de semana. – te suelto - ¿Quieres cenar conmigo? Creo que hay un par de pizzas en el congelador. - me avergüenzo de ser yo la que te acabe invitando a pasar la noche conmigo.
- Está bien, me quedo. Espero que mañana no me pidas que también olvide esta chiquillada.
Tienes un morro…
- Buenas noches, preciosa.
- Hola.
Hola, me llamo Noa y soy la cosa más seca que puedes encontrarte un viernes por la noche.
- ¿Qué tal? – me preguntas tontamente. Apoyas el brazo en el borde de la puerta, para que no pueda cerrarla sin pillarte los dedos.
- Yo bien.
Nos miramos. Ánimo, Marc, es hora de que sueltes de carrerilla a lo que has venido. Y te adelanto que en mi puerta no pone Puticlub.
- Esto… ¿haces algo esta noche?
Eso, no seas tan disimulado, no vaya a ser que no pille tus directas.
- Estoy ocupadísima.
Explotas en una carcajada limpia.
- ¿Puedo ayudarte en algo?
- Sí, puedes desaparecer.
Hago lentamente el gesto de cerrar la puerta para que te de tiempo a quitar los dedos, pero eso solo sirve para que detengas la puerta con el otro brazo.
- En realidad no quieres que me vaya.
- No, no quiero. Lo deseo con todas mis fuerzas.
Me das un beso. Frunzo el ceño. Me das otro. Y otro más. Te quito las manos de mi cintura. Sabes dulce. Sonríes.
- Perdona, Noa, se me ha ido la cabeza.
Te giras y cruzas la puerta.
- ¿Te vas?
- Me has echado.
Eso no se hace, Marc. No. Me lías, me besas, y entonces me entran ganas de que te quedes. ¡Pero es que tu chulería no la soporto!
- Claro.
Me apoyo en el filo de la puerta y pestañeo lentamente para tentarte, para que caigas, para que te quedes. Pero pasas de mí exageradamente.
- Pues eso.
Sonríes como despedida, te giras. Das un paso y te paras. Miras tu brazo. Mi mano está agarrando el puño de tu camisa fuertemente. Yo no le he dicho que lo haga, ha sido un reflejo. Me siento estúpida y te suelto rápidamente. Y me haces una mueca. Lo tenías todo planeado. Cruzas los brazos, y sonríes pidiéndome una explicación.
- Mis padres se han ido de fin de semana. – te suelto - ¿Quieres cenar conmigo? Creo que hay un par de pizzas en el congelador. - me avergüenzo de ser yo la que te acabe invitando a pasar la noche conmigo.
- Está bien, me quedo. Espero que mañana no me pidas que también olvide esta chiquillada.
Tienes un morro…
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Marc.,
Noa.,
Otra tontería más.
dimanche 12 décembre 2010
Buenas noches, amor.
Escucho desde la cama como llegas a la puerta de casa, y como intentas meter una y otra vez la llave en la cerradura. Se te resiste, pero lo consigues. Te acabas de quitar los zapatos, y pisas de puntillas el frío suelo, intentando respirar los más flojito posible. Llegas a la habitación iluminándote el camino con la luz del movil, para no comerte la típica puerta que se queda entreabierta. Te desvistes, manteniendo el equilibrio lo mejor posible, y te metes en la cama mientras intentas contener esa risa loca que te provocan las mil vueltas que te da la cabeza. Tu pelo huele a humo, a tabaco. Tu ropa huele a fritanga, y a bar. Tus manos, a alcohol derramado. Y tus labios... hace demasiado que no pruebo tus labios.
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Greta.,
Otra tontería más.,
Rubén.
jeudi 9 décembre 2010
Que lo de anoche fue una chiquillada.
Estabas demasiado cariñoso, Marc. Y yo ya te había dicho que no quería nada contigo. Y te enfadaste porque solo acercarte un poco, ya te lo advertí. Pero es que se te veían las intenciones a la legua. Y cuando me manchaste el vestido de J&B con coca-cola, casi te mato. Y por eso, el rubio que llevaba mirándome toda la noche, se perdió entre la gente. Nadie quiere besar a chicas con el vestido manchado. Menos tú, claro. Tú mientras tenga unas buenas tetas, lo demás te da igual. Marc, para. ¡Marc, para! Me ponías histérica con ese bailecito. Te movías muy bien, para qué mentir. Pero ¿no había más chicas a las que restregarte? Te habías encaprichado conmigo. Y para lista yo, que me tomé un último cubata cargadito. Al final me acabaste pareciendo sexy y todo. Demasiado. Olvidé quien eras.
- Esto… Marc, que lo de anoche fue una chiquillada. Olvídalo.
- Vale, olvidado.
- Vale.
- Vale.
- Pues eso.
- Pues nada.
A veces te conviertes en algo muy incómodo.
- Oye, ¿se quitó la mancha de J&B?
- ¡Sí!
- Noa, eres una tía muy borde.
- ¡Encima! ¡Me manchaste el vestido! ¿Qué hago? ¿Te doy las gracias?
- Ahora me dirás que no hice nada bien anoche.
- Exacto. No hiciste nada bien anoche.
- ¿Tengo que recordarte cómo gritabas en mi cama? ¡Sigue Marc! ¡No pares! – dices con voz aguda.
- ¡Para! Deja de recordármelo.
- Pero te gustó.
- Calla.
- Y me vas a dar otra oportunidad.
- ¡¿Qué estás diciendo?!
- Verás como sí.
- Eres idiota.
- Quítate esa prepotencia, princesa.
- Esto… Marc, que lo de anoche fue una chiquillada. Olvídalo.
- Vale, olvidado.
- Vale.
- Vale.
- Pues eso.
- Pues nada.
A veces te conviertes en algo muy incómodo.
- Oye, ¿se quitó la mancha de J&B?
- ¡Sí!
- Noa, eres una tía muy borde.
- ¡Encima! ¡Me manchaste el vestido! ¿Qué hago? ¿Te doy las gracias?
- Ahora me dirás que no hice nada bien anoche.
- Exacto. No hiciste nada bien anoche.
- ¿Tengo que recordarte cómo gritabas en mi cama? ¡Sigue Marc! ¡No pares! – dices con voz aguda.
- ¡Para! Deja de recordármelo.
- Pero te gustó.
- Calla.
- Y me vas a dar otra oportunidad.
- ¡¿Qué estás diciendo?!
- Verás como sí.
- Eres idiota.
- Quítate esa prepotencia, princesa.
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mercredi 8 décembre 2010
Diecisiete minutos. (II)
Necesitaba saber lo que estaba pasando. Sus manos. Las de ella. Susurros que dicen más de lo que hablan. Cosquillas en la espalda. Sábanas de un colchón pequeño, enredando dos cuerpos. Gemidos ahogados. Y risas. Un beso. Otro más. Casi cincuenta y dos besos robados. Más de dos millones y medio regalados. Caricias detrás de la oreja. Aliento en el cuello. Henar, desconcertada. Miguel, intentando chaparle la boca a la cama que llevaba 406 noches empapada de lágrimas.
- ¿Te vas?
- Son casi las diez de la noche.
- ¿Pero te vas?
- Sí, pero nunca más para siempre.
- No te creo. Ahora viene cuando me despierto. Esto es un sueño, nada más.
- Ya no necesitarás soñar conmigo, te lo prometo.
Báh, promesas…
- ¿Te vas?
- Son casi las diez de la noche.
- ¿Pero te vas?
- Sí, pero nunca más para siempre.
- No te creo. Ahora viene cuando me despierto. Esto es un sueño, nada más.
- Ya no necesitarás soñar conmigo, te lo prometo.
Báh, promesas…
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Henar.,
Mago.,
Miguel.,
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lundi 6 décembre 2010
Diecisiete minutos. (I)
Se acerca a la estantería de puntillas. La mira a través del cristal. Se relame los bigotes y Lola le achina los ojos, desafiante. En un movimiento rápido, mete la zarpa en la pecera y le da un meneo al agua. La pierde de vista y araña el vidrio.
- Mago, para. – le dice sin mirarlo.
Baja del estante de un salto y se sienta educadamente al lado de Henar. La nota triste. Maúlla y se restriega por sus piernas desnudas. Sentada mira una pared blanca, vacía, como ella. Mago afila sus uñas en ese sillón. Sabe que no debe hacerlo porque lo destroza y está esperando a que Henar le meta un grito. Prefiere eso antes que verla con la lagrimilla entre las pestañas. Nada. Hay tanto silencio en el salón que casi puede escuchar el roce de dos lágrimas paralelas cayéndole por la mejilla. Maúlla. Ronronea. Le soba los talones. Nada. Se sube en sus piernas. Le lame los puños apretados. Pone las manos en su pecho y le lame el moflete. Nada de nada. Maúlla más fuerte, pega un salto hasta la mesa y de la mesa a la estantería. Lola y sus morritos de beso, le guiña un ojo. Mago mueve la cola y le da un golpe a la pecera tirándola al suelo. Henar pega un salto y se gira.
- ¡Mago! ¡Te he dicho que pararas!
Corre a la cocina, llena un vaso de agua y mete a Lola en él. Lo deja encima de la mesa, recoge los cristales y friega el suelo.
- ¿Se puede saber en qué estabas pensando, Mago? Llego a no estar y matas a Lola.
Mago la mira y maúlla.
- ¡No me contestes! Te has quedado sin chupar la tapa de mis natillas esta noche. Y me pensaré si mañana te doy.
Mago, sonríe a Lola. Ella, metidita en el vaso, se la devuelve. Actuando, baja de la estantería renegado y se sienta en su cojín.
Henar guarda la fregona en el armario y cambia el vaso de Lola por el bol de los pasteles, grande y transparente.
- Esta noche le diré a mamá que te compre una pecera nueva. Que sea de plástico.
Lola se hace la ofendida y gruñe un poco a Mago, que las está mirando mientras se acurruca. Henar vuelve a sentarse en el sillón. Las siete y cuarenta y dos. Hace diecisiete minutos que se ha ido. Le han bastado once minutos para volver, disparar a Henar un par de veces y dejarla tirada en su casa con el corazón desmoronado en dos millones y medio de migas. Migas que si se acumularan formarían el pastel de arándanos que se comieron hace 406 días. Le encantaría poder fingir que nunca se fue. Pero no puede. Miguel no se lo merece.
Suena el timbre.
Henar se acerca a la puerta, lentamente. Abre.
- Si no lo hago, reviento.
(continuará).
- Mago, para. – le dice sin mirarlo.
Baja del estante de un salto y se sienta educadamente al lado de Henar. La nota triste. Maúlla y se restriega por sus piernas desnudas. Sentada mira una pared blanca, vacía, como ella. Mago afila sus uñas en ese sillón. Sabe que no debe hacerlo porque lo destroza y está esperando a que Henar le meta un grito. Prefiere eso antes que verla con la lagrimilla entre las pestañas. Nada. Hay tanto silencio en el salón que casi puede escuchar el roce de dos lágrimas paralelas cayéndole por la mejilla. Maúlla. Ronronea. Le soba los talones. Nada. Se sube en sus piernas. Le lame los puños apretados. Pone las manos en su pecho y le lame el moflete. Nada de nada. Maúlla más fuerte, pega un salto hasta la mesa y de la mesa a la estantería. Lola y sus morritos de beso, le guiña un ojo. Mago mueve la cola y le da un golpe a la pecera tirándola al suelo. Henar pega un salto y se gira.
- ¡Mago! ¡Te he dicho que pararas!
Corre a la cocina, llena un vaso de agua y mete a Lola en él. Lo deja encima de la mesa, recoge los cristales y friega el suelo.
- ¿Se puede saber en qué estabas pensando, Mago? Llego a no estar y matas a Lola.
Mago la mira y maúlla.
- ¡No me contestes! Te has quedado sin chupar la tapa de mis natillas esta noche. Y me pensaré si mañana te doy.
Mago, sonríe a Lola. Ella, metidita en el vaso, se la devuelve. Actuando, baja de la estantería renegado y se sienta en su cojín.
Henar guarda la fregona en el armario y cambia el vaso de Lola por el bol de los pasteles, grande y transparente.
- Esta noche le diré a mamá que te compre una pecera nueva. Que sea de plástico.
Lola se hace la ofendida y gruñe un poco a Mago, que las está mirando mientras se acurruca. Henar vuelve a sentarse en el sillón. Las siete y cuarenta y dos. Hace diecisiete minutos que se ha ido. Le han bastado once minutos para volver, disparar a Henar un par de veces y dejarla tirada en su casa con el corazón desmoronado en dos millones y medio de migas. Migas que si se acumularan formarían el pastel de arándanos que se comieron hace 406 días. Le encantaría poder fingir que nunca se fue. Pero no puede. Miguel no se lo merece.
Suena el timbre.
Henar se acerca a la puerta, lentamente. Abre.
- Si no lo hago, reviento.
(continuará).
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mercredi 1 décembre 2010
Y le besó dos veces seguidas.
Anouk se había convertido en la chica-despiste. Pero hacía días ya, eh. Y fue porque aquella mañana esperó a Geert, sentada en la acera, con un calcetín de cada color. Se dio cuenta cuando se miró los pies y vio que entre los agujeritos por donde pasa el cordón de los zapatos, había colores distintos. Verde y naranja. Despistada no, lo siguiente. Y es que cuando se ponía a hacer cosas y la cabeza se le iba del sitio por pensar en Geert, era normal que no hiciera nada bien. Pensar en Geert significaba arrinconarse en su trocito de cielo, allí muy alto. Y era obvio que se despistara, el infinito no entiende de cosas sin importancia. Porque nada más que su sonrisa repercudía en ella. Y sus gestos, claro. Esa suavidad en los dedos cuando le tocaba la espalda para preguntarle qué acababa de decir el profesor de filosofía. A lo que ella contestaba que se había despistado y que tampoco lo había oído. Entonces él le sonreía. A ella se le tatuaba la boca en la mente y le entraba ese anhelo por verlo en su cama. Y se relamía los labios solo de pensarlo, de imaginárselo desnudo entre las cuatro paredes de su habitación.
- Sube rápido. – le dijo aquél miércoles por la tarde. Anouk subió al coche y la llevó al oscuro parking de la gasolinera. La incitó a desplazarse a los asientos traseros con la idea de acariciarla. Le tocó el pelo hasta que se le puso la piel de gallina (que no tardó más de dos minutos y medio). Entonces puso las manos en el cuello de Geert, entre la bufanda. Un escalofrío le recorrió la espalda y acabó en una sonrisa. Ella le besó los labios. Una vez. Y otra. Y luego le miró a los ojos y le besó dos veces seguidas. Lo arrinconó contra la puerta y le metió la mano por la camiseta, bajando efímeramente su dedo por el pecho, hasta chocar con la hebilla del cinturón. Y él le besó la frente, la estrechó entre sus brazos y la tumbó en los incómodos asientos. Besó el cuello de Anouk tantas veces que tuvo que pedirle que le quitara la bufanda para no ahogarse de calor. Ella esbozó una sonrisa, le destapó el cuello y se quitó los zapatos con un par de empujones en cada tobillo. Y se dejó dar un beso largo, hasta que se empañaron los cristales del coche. Sofocados, respiraron dos veces seguidas y ella dibujó un corazón con el pie en el cristal.
- Anouk, ¿llevas un calcetín de cada color?
Se puso roja y se mordió el labio. Ni de eso se había acordado.
- Un pequeño despiste. – dijo con la boca pequeña.
- Bueno, esperemos que esto no vaya a más. No soportaría que te dejaras la sonrisa en casa.
- Sube rápido. – le dijo aquél miércoles por la tarde. Anouk subió al coche y la llevó al oscuro parking de la gasolinera. La incitó a desplazarse a los asientos traseros con la idea de acariciarla. Le tocó el pelo hasta que se le puso la piel de gallina (que no tardó más de dos minutos y medio). Entonces puso las manos en el cuello de Geert, entre la bufanda. Un escalofrío le recorrió la espalda y acabó en una sonrisa. Ella le besó los labios. Una vez. Y otra. Y luego le miró a los ojos y le besó dos veces seguidas. Lo arrinconó contra la puerta y le metió la mano por la camiseta, bajando efímeramente su dedo por el pecho, hasta chocar con la hebilla del cinturón. Y él le besó la frente, la estrechó entre sus brazos y la tumbó en los incómodos asientos. Besó el cuello de Anouk tantas veces que tuvo que pedirle que le quitara la bufanda para no ahogarse de calor. Ella esbozó una sonrisa, le destapó el cuello y se quitó los zapatos con un par de empujones en cada tobillo. Y se dejó dar un beso largo, hasta que se empañaron los cristales del coche. Sofocados, respiraron dos veces seguidas y ella dibujó un corazón con el pie en el cristal.
- Anouk, ¿llevas un calcetín de cada color?
Se puso roja y se mordió el labio. Ni de eso se había acordado.
- Un pequeño despiste. – dijo con la boca pequeña.
- Bueno, esperemos que esto no vaya a más. No soportaría que te dejaras la sonrisa en casa.
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dimanche 28 novembre 2010
Touché. (II)
Camino lentamente por la cocina. Me hago un vaso de leche sin apartar la mirada de ti. Con los ojos bien abiertos. Me siento delante tuyo. Un trago de leche, y con él, tres mil seiscientas dos palabras que llevaba elaborando para ti durante estos 406 días y 406 noches, rasgándome la garganta. Y a ti te tiemblan las manos. Te brillan los ojos y te noto las pestañas húmedas. Otro trago de leche caliente, que le sirve de leña la hoguera de mi estómago. La tensión acumulada en el techo de la cocina se puede cortar con un cuchillo. Tu mirada apuñala. Por un momento creo que formas parte de mi puta imaginación. Eso es, un simple espejismo. Hago una risita. Menudo susto. Creí que habías vuelto.
- No tengo ninguna excusa para intentar suplicar que me perdones.
Y creía bien. Miguel, después de tanto, sentado de nuevo frente mi desayuno. Como las mañanas de domingo de hace 406 días.
- ¿Qué quieres? – vomito, por fin.
- Nada. – tiemblas. – Sólo saber cómo estás.
Igual que si hubiera apretado el gatillo. Ahí estaba la bala, encajada entre mis pulmones, agujereándome el pecho. Y yo desangrándome.
Y te digo que estoy bien, que soy muy feliz. Y que ya hace tiempo que arrojé al olvido todo lo que sentía. Que casi no me has hecho falta. Que gracias por haber desaparecido totalmente, por habérmelo puesto tan difícil. Que he sobrevivido gracias a Andrés y a Lisette, aunque esta última también se acabara marchando.
- Me enseñaron a dar de lo que recibía. No solo me abandonaste, Miguel. También te olvidaste de mí.
- Te recordé siempre.
Otro disparo, aquí en mi garganta. Detesto que sepas perfectamente donde apuntar. Y también que seas un lector de mentes. Pero ya no aguanto más. Tus labios me chillan que los muerda y los bese hasta dejarlos sin aliento. Y te deseo, Miguel. Desde que te fuiste llevo 406 putas noches deseándote. Acostándome con Andrés, haciéndole mimitos a Andrés. Pero en realidad sabes, tú mejor que yo, que hay un rinconcito que él no puede llenar. Besarte o no querer verte nunca más. Llenar mi vacío o seguir las reglas del juego.
- Vete.
- No tengo ninguna excusa para intentar suplicar que me perdones.
Y creía bien. Miguel, después de tanto, sentado de nuevo frente mi desayuno. Como las mañanas de domingo de hace 406 días.
- ¿Qué quieres? – vomito, por fin.
- Nada. – tiemblas. – Sólo saber cómo estás.
Igual que si hubiera apretado el gatillo. Ahí estaba la bala, encajada entre mis pulmones, agujereándome el pecho. Y yo desangrándome.
Y te digo que estoy bien, que soy muy feliz. Y que ya hace tiempo que arrojé al olvido todo lo que sentía. Que casi no me has hecho falta. Que gracias por haber desaparecido totalmente, por habérmelo puesto tan difícil. Que he sobrevivido gracias a Andrés y a Lisette, aunque esta última también se acabara marchando.
- Me enseñaron a dar de lo que recibía. No solo me abandonaste, Miguel. También te olvidaste de mí.
- Te recordé siempre.
Otro disparo, aquí en mi garganta. Detesto que sepas perfectamente donde apuntar. Y también que seas un lector de mentes. Pero ya no aguanto más. Tus labios me chillan que los muerda y los bese hasta dejarlos sin aliento. Y te deseo, Miguel. Desde que te fuiste llevo 406 putas noches deseándote. Acostándome con Andrés, haciéndole mimitos a Andrés. Pero en realidad sabes, tú mejor que yo, que hay un rinconcito que él no puede llenar. Besarte o no querer verte nunca más. Llenar mi vacío o seguir las reglas del juego.
- Vete.
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Henar.,
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Otra tontería más.
vendredi 26 novembre 2010
Touché. (I)
Domingo helado. Y yo enredada entre la manta grande, la que pesa y me quita el frío. Andrés se ha ido hace un par de horas. Son las siete y poco, seguro. Tengo hambre de un vasito de leche caliente. Me destapo a la de tres y me pongo los calcetines gordos de andar por casa. No son antideslizantes, eh. Sino no tendría gracia ir descalza, con lo divertido que es ir derrapando por los pasillos. Patino hasta el baño y me refresco la cara. Hago una mueca delante del espejo y me río yo sola. Cojo carrerilla y me deslizo hasta la cocina. Derrapo y me agarro al quicio de la puerta para no estamparme contra la nevera. Y silencio. Mucho frío. Más silencio. Peor, muchísimo peor que si me hubiera estrellado contra el frigorífico.
- Puedes echarme.
Pausa de 16845 años.
(continuará).
- Puedes echarme.
Pausa de 16845 años.
(continuará).
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Henar.,
Miguel.,
Otra tontería más.
mercredi 24 novembre 2010
La tontería se alargaba toda la noche.
Me encantaba que se pintara las uñas de rojo. Luego me dejaba que la invitara a un café por la tarde, en el primer bar que hace esquina, y me hacía cosquillitas en los brazos con sus dedos. Entonces entre el café, las cosquillas, sus labios y mi vicio, la tontería se alargaba toda la noche. Y despertar con su piel desnuda a mi ladito, era lo que más me hacía sonreír.
lundi 22 novembre 2010
Felicidad entrecortada.
Empezó a llorar lento. Se le encharcaron los ojos hasta que no pudo verme. Y pestañeó un poquito, empujando lágrimas que se atropellaban en sus mejillas, le rozaban la comisura de los labios y se suicidaban en la barbilla. Clavó las uñas en las rodillas y me confesó que esa broma de que no la quería, no había tenido gracia. Entonces le abracé ese cuerpito de niña. Y la estreché contra mi pecho hasta que dejó de llorar.
Ella le quería 0,2 más que él. Y fue ese poquito de más lo que le hizo inundar la habitación aquél domingo por la tarde.
Felicidad entrecortada.
Ella le quería 0,2 más que él. Y fue ese poquito de más lo que le hizo inundar la habitación aquél domingo por la tarde.
Felicidad entrecortada.
mercredi 17 novembre 2010
Carrera de locos.
Y cuando no sabía qué contestar, salía corriendo. Y me dejaba solo con sus labios tatuados en la piel y el corazón desencajado. Un día la agarré del brazo y le pregunté por qué se escapaba siempre que le preguntaba si me quería. Me contestó que ella se iba con la magia que perdía cada vez que la metía en un compromiso. Ese día se quedó conmigo. Porque la magia ya se había ido y no había quien la pillara. Y que solo podíamos hacerla volver olvidando quienes éramos.
Ella quería magia, y yo nunca supe si me quería de verdad o era solo una simple carrera de locos en la que solo ella escuchaba el pistoletazo de salida.
Ella quería magia, y yo nunca supe si me quería de verdad o era solo una simple carrera de locos en la que solo ella escuchaba el pistoletazo de salida.
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