«Vaya dos tontas llamándose Sépia&Calamar, vaya tontería más importante♥»

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vendredi 14 janvier 2011

Y las lágrimas al borde del abismo.

Anouk, voy con prisas que sino me arrepiento.
Estaréis un tiempo sin saber de mí, estaré bien.
Dile a Noa que la quiero muchísimo, igual que a ti.
Vivid como si no hubiera mañana.

Henar.



A penas he dormido quince minutos. Debo parecer una muerta con estas ojeras que me llegan hasta la barbilla, el rimel corrido y las lágrimas al borde del abismo. Tengo frío. Me tiembla la pierna izquierda, estoy nerviosa. Agarro fuerte mi equipaje. Te dejo aquí, Miguel. Aquí te planto, aquí te olvido. Abro mi maleta, desperdigo la ropa hasta encontrar una libreta y de entre las hojas saco una foto nuestra. Siempre ha estado ahí, desde que nos la hicimos, en el verano de hace cuatro años, con mis pantalones amarillos. La arrugo con una sola mano. Aprieto fuerte el puño y repito que te odio más de setecientas cincuenta-y-dos veces en mi cabeza. Lloro y se me mancha el vestido que me regaló Lisette. Cierro la maleta con dificultad, con todo el interior revuelto. Me acerco a la basura y me deshago de esa maldita foto, para siempre.
Qué más da si volveré o no. Para ti ya he muerto.

Andrés, pasatiempos tengo yo pegados en la nevera. Si quieres uno, ya sabes dónde están, pero a mi no me busques. Nunca sabré si me quisiste. Prefiero no saberlo nunca.

jeudi 6 janvier 2011

Más sal para las heridas que tengo en todo el cuerpo.

Lo coges todo. Te pones los pantalones. ¿Cuántas veces te había visto así antes? Entrelazas torpemente el cinturón. Atas tu camisa. Te pones la chaqueta. Me das un beso. Espera, no te vayas. Tengo tu mano agarrada, me levantas de la cama de un suave tirón. Me besas otra vez. Creo notar que no quieres irte. Me cuesta tanto creerte, pero me gusta tanto hacerlo. Me sonríes. Otro beso. Me arrastras hasta la puerta. Billones de besos rápidos. Tienes que irte, es tarde. Me das un último beso largo, poniendo las manos en mi cuello, entretejiendo tus manos con mi pelo.
Se abre la puerta, sin darme tiempo a respirar.
Andrés, vestido de chándal, con la mochila colgada de un hombro. Y ahora, la cara desencajada.
- Pero, Miguel… ¿tú no estabas muerto?
Deja caer la mochila en el suelo. Sonríe.
- ¿Qué haces tú aquí? ¿No sabes llamar al timbre?
- Esta es mi segunda casa, ya.
Me miras pidiéndome explicaciones. Lo siento, no las tengo. Y aunque ahora me cueste aceptarlo, Andrés tiene razón.
- Entonces es verdad aquello que me contaste. Que llevas acostándote con ella todas las noches que yo no he estado.
- Exacto. – sigue sonriendo.
- Sólo has fallado en un pequeño detalle: para ella no he muerto.
- Hombre, es que si vienes aquí calentando a la muchacha… - una carcajada forzada.
- ¡Deja de reírte! – te separas de mí.
- Hago lo que me da la gana. – os acercáis. – No pidas, Miguel. Has perdido todo tu derecho. Eres un mentiroso – me mira cariñosamente - y aquí, sobras. Vete, anda, no hagas más daño del que hiciste cuando la abandonaste.
Me miras. Andrés se ha puesto serio pero ahora vuelve a sonreír. Estás nervioso. Aprietas las manos en forma de puño. Tienes ganas de gritar.
- Hijo de puta. – susurras- ¡Te dije que me la cuidaras, no que te acostaras con ella! – alzas el brazo, y con toda tu rabia contenida en el puño, le golpeas la cara. Esa cara de gilipollas que se le ha puesto burlándose de tu regreso.
Andrés pone suavemente la mano sobre su mejilla colorada. Te agarra por los hombros y te estampa contra la pared.
- ¿Y dejar que ella continuara llorando por las esquinas durante todo este tiempo? ¡No tienes corazón Miguel! ¡Eres un puto egoísta de mierda! – golpe contra la pared - ¡Sólo piensas en ti, en ti, en ti y en ti! – otro golpe contra la pared.
Lo agarras del cuello.
- ¡Seguro que le has llenado la cabeza de mentiras! – gritas. - ¡Se me olvidó decirle que no se acercara a ti, que eres un falso!
- ¿Que se te olvidó qué? ¡Se te olvidó ella enterita! ¡Ya no pintas nada en su vida! ¡Déjanos en paz! – sonrisita – Ella me quiere, ¿no te lo ha dicho todavía?
De repente siento que la que no pinta nada aquí, soy yo. Adiós Henar, adiós problemas, ¿no? Voy a mi habitación, me cuelgo el bolso y corro hacia la puerta.
- Ya me diréis a quién hay que enterrar primero.
Un puñetazo. Arañazos. Patadas. Sangre. Y yo en la puerta, quieta. ¡¿Pero qué coño estoy haciendo?! Si me voy, estos dos se matan de verdad.
- ¡Parad, joder! ¡Estáis locos o qué! – los agarro del hombro, pero de nada sirve. - ¡Parad ya! ¡Os vais a matar! – grito. - ¡¡Sois lo peor que me ha pasado en la vida!!
Silencio.
Andrés te suelta el cuello. Coge la mochila que sigue intacta delante de la puerta. Lentamente, me mira. Se dirige a la puerta. Y con la frente y las manos llenas de sangre, se va.
- ¡Miguel! ¿Me oyes?
- Sí. - dices flojito.
- Pues vete. Y esta vez, no vuelvas.
Un beso inconsciente aterriza en tus labios. Más sal para las heridas que tengo en todo el cuerpo. He sentido cada puñetazo en mi estómago. A mí también me duele todo. Y no estoy para cuidar a nadie. Que te vayas, Miguel. Y no vuelvas.


Yo tampoco me quedo. Elliot, espero que estés en casa.

mercredi 8 décembre 2010

Diecisiete minutos. (II)

Necesitaba saber lo que estaba pasando. Sus manos. Las de ella. Susurros que dicen más de lo que hablan. Cosquillas en la espalda. Sábanas de un colchón pequeño, enredando dos cuerpos. Gemidos ahogados. Y risas. Un beso. Otro más. Casi cincuenta y dos besos robados. Más de dos millones y medio regalados. Caricias detrás de la oreja. Aliento en el cuello. Henar, desconcertada. Miguel, intentando chaparle la boca a la cama que llevaba 406 noches empapada de lágrimas.

- ¿Te vas?
- Son casi las diez de la noche.
- ¿Pero te vas?
- Sí, pero nunca más para siempre.
- No te creo. Ahora viene cuando me despierto. Esto es un sueño, nada más.
- Ya no necesitarás soñar conmigo, te lo prometo.



Báh, promesas…

lundi 6 décembre 2010

Diecisiete minutos. (I)

Se acerca a la estantería de puntillas. La mira a través del cristal. Se relame los bigotes y Lola le achina los ojos, desafiante. En un movimiento rápido, mete la zarpa en la pecera y le da un meneo al agua. La pierde de vista y araña el vidrio.
- Mago, para. – le dice sin mirarlo.
Baja del estante de un salto y se sienta educadamente al lado de Henar. La nota triste. Maúlla y se restriega por sus piernas desnudas. Sentada mira una pared blanca, vacía, como ella. Mago afila sus uñas en ese sillón. Sabe que no debe hacerlo porque lo destroza y está esperando a que Henar le meta un grito. Prefiere eso antes que verla con la lagrimilla entre las pestañas. Nada. Hay tanto silencio en el salón que casi puede escuchar el roce de dos lágrimas paralelas cayéndole por la mejilla. Maúlla. Ronronea. Le soba los talones. Nada. Se sube en sus piernas. Le lame los puños apretados. Pone las manos en su pecho y le lame el moflete. Nada de nada. Maúlla más fuerte, pega un salto hasta la mesa y de la mesa a la estantería. Lola y sus morritos de beso, le guiña un ojo. Mago mueve la cola y le da un golpe a la pecera tirándola al suelo. Henar pega un salto y se gira.
- ¡Mago! ¡Te he dicho que pararas!
Corre a la cocina, llena un vaso de agua y mete a Lola en él. Lo deja encima de la mesa, recoge los cristales y friega el suelo.
- ¿Se puede saber en qué estabas pensando, Mago? Llego a no estar y matas a Lola.
Mago la mira y maúlla.
- ¡No me contestes! Te has quedado sin chupar la tapa de mis natillas esta noche. Y me pensaré si mañana te doy.
Mago, sonríe a Lola. Ella, metidita en el vaso, se la devuelve. Actuando, baja de la estantería renegado y se sienta en su cojín.
Henar guarda la fregona en el armario y cambia el vaso de Lola por el bol de los pasteles, grande y transparente.
- Esta noche le diré a mamá que te compre una pecera nueva. Que sea de plástico.
Lola se hace la ofendida y gruñe un poco a Mago, que las está mirando mientras se acurruca. Henar vuelve a sentarse en el sillón. Las siete y cuarenta y dos. Hace diecisiete minutos que se ha ido. Le han bastado once minutos para volver, disparar a Henar un par de veces y dejarla tirada en su casa con el corazón desmoronado en dos millones y medio de migas. Migas que si se acumularan formarían el pastel de arándanos que se comieron hace 406 días. Le encantaría poder fingir que nunca se fue. Pero no puede. Miguel no se lo merece.
Suena el timbre.
Henar se acerca a la puerta, lentamente. Abre.
- Si no lo hago, reviento.



(continuará).

dimanche 28 novembre 2010

Touché. (II)

Camino lentamente por la cocina. Me hago un vaso de leche sin apartar la mirada de ti. Con los ojos bien abiertos. Me siento delante tuyo. Un trago de leche, y con él, tres mil seiscientas dos palabras que llevaba elaborando para ti durante estos 406 días y 406 noches, rasgándome la garganta. Y a ti te tiemblan las manos. Te brillan los ojos y te noto las pestañas húmedas. Otro trago de leche caliente, que le sirve de leña la hoguera de mi estómago. La tensión acumulada en el techo de la cocina se puede cortar con un cuchillo. Tu mirada apuñala. Por un momento creo que formas parte de mi puta imaginación. Eso es, un simple espejismo. Hago una risita. Menudo susto. Creí que habías vuelto.
- No tengo ninguna excusa para intentar suplicar que me perdones.
Y creía bien. Miguel, después de tanto, sentado de nuevo frente mi desayuno. Como las mañanas de domingo de hace 406 días.
- ¿Qué quieres? – vomito, por fin.
- Nada. – tiemblas. – Sólo saber cómo estás.
Igual que si hubiera apretado el gatillo. Ahí estaba la bala, encajada entre mis pulmones, agujereándome el pecho. Y yo desangrándome.
Y te digo que estoy bien, que soy muy feliz. Y que ya hace tiempo que arrojé al olvido todo lo que sentía. Que casi no me has hecho falta. Que gracias por haber desaparecido totalmente, por habérmelo puesto tan difícil. Que he sobrevivido gracias a Andrés y a Lisette, aunque esta última también se acabara marchando.
- Me enseñaron a dar de lo que recibía. No solo me abandonaste, Miguel. También te olvidaste de mí.
- Te recordé siempre.
Otro disparo, aquí en mi garganta. Detesto que sepas perfectamente donde apuntar. Y también que seas un lector de mentes. Pero ya no aguanto más. Tus labios me chillan que los muerda y los bese hasta dejarlos sin aliento. Y te deseo, Miguel. Desde que te fuiste llevo 406 putas noches deseándote. Acostándome con Andrés, haciéndole mimitos a Andrés. Pero en realidad sabes, tú mejor que yo, que hay un rinconcito que él no puede llenar. Besarte o no querer verte nunca más. Llenar mi vacío o seguir las reglas del juego.
- Vete.

vendredi 26 novembre 2010

Touché. (I)

Domingo helado. Y yo enredada entre la manta grande, la que pesa y me quita el frío. Andrés se ha ido hace un par de horas. Son las siete y poco, seguro. Tengo hambre de un vasito de leche caliente. Me destapo a la de tres y me pongo los calcetines gordos de andar por casa. No son antideslizantes, eh. Sino no tendría gracia ir descalza, con lo divertido que es ir derrapando por los pasillos. Patino hasta el baño y me refresco la cara. Hago una mueca delante del espejo y me río yo sola. Cojo carrerilla y me deslizo hasta la cocina. Derrapo y me agarro al quicio de la puerta para no estamparme contra la nevera. Y silencio. Mucho frío. Más silencio. Peor, muchísimo peor que si me hubiera estrellado contra el frigorífico.
- Puedes echarme.
Pausa de 16845 años.



(continuará).

vendredi 12 novembre 2010

En mi corazón, un concierto de Rock'n'roll.

- Ven aquí niña pecosa. – susurras - Tengo ganas de darte un achuchón.
Me agarras de la mano por debajo de las sábanas y me acercas a ti. Estás ardiendo, y al rozarnos, me da un repelús. Me besas la frente y me acurruco entre tus brazos.


Me has llevado a tu casa, y yo con el ruido de las llaves encajándose en la cerradura del portal, ya estaba nerviosa. Hemos subido las escaleras con prisas, tercero B. Me has pedido que te esperara en la puerta y te he oído trastear por casa. Muebles. Puertas. Luces parpadeantes. Des de dentro, te he escuchado cederme el paso. A oscuras. Que siguiera recto hasta chocar con una puerta, la abriera y me sentara sobre el sofá que habría a mi derecha. Un poco torpe, te he hecho caso.
Y sentada en el sofá, con las piernas encogidas, te he notado muy cerca. Pero todavía trasteabas algo.
- Ponte cómoda, nena.
Se me ha escapado la sonrisa, pero no me he movido. Te he visto, en sombras, cómo te colocabas de espaldas.
- Cuando quieras, enciende la lamparita que hay a tu izquierda. Princesa.
He alargado el brazo y le he dado al interruptor. Una luz tenue se ha ido encendiendo a poco a poco, mostrándome tu cuerpo de espaldas y parte del comedor. Y a la vez, una música sensual. Te has empezado a mover al compás de la música. Una camisa blanca con las mangas dobladas hasta el codo y unos pantalones de pitillo tejanos, no demasiado ajustados. Zapatos negros. Lentamente te has ido girando. Una corbata azul te rodeaba el cuello. Y tu mirada envenenada, colapsándome el pensamiento. Has empezado a acercarte a mí, seductoramente, desatándote el nudo de la corbata. La has dejado abierta en tu cuello, la has rozado por la nuca un par de veces y la has dejado caer al suelo. He sonreído y he cruzado las piernas. Te has mordido el labio y has ido desabrochándote la camisa. Cuando se te han acabado los botones, te has puesto de espaldas y You can leave your hat on. La camisa se ha ido deslizando por tu musculosa espalda morena. Te has quedado con ella en la mano y me has hecho una sonrisa de esas que me matan, restregándote la camisa por el pecho. Has caminado hacia atrás y me la has tirado. Yo la he agarrado. Dios, olía tan bien. Has vuelto a ponerte de espaldas, te has puesto las manos en los bolsillos traseros. El cinturón marrón, fuera, sensualmente. Lo has dejado caer. Los cordones de los zapatos. Y el pantalón, aunque con un movimiento un pelín más patoso, pero no menos excitante, también ha ido al suelo. Has agarrado la silla que tenías más cerca y te has sentado. Quitándote los calcetines, levantándome una ceja, como si fuera la cosa más erótica del mundo. Y me he puesto a reír, por tu cara, por tu pose, por mis ganas tontas de levantarme y quitarte lo que te queda de ropa. Te has pasado la mano por el pelo, alborotándotelo, y acabando la canción, has venido a besarme mientras apagabas la luz.


- ¿Tienes frío? ¿Quieres que traiga otra manta?
- Estoy perfectamente, Andrés, cariño. No te preocupes. Sólo te pido que no me sueltes en toda la noche.
Y por fin, mis ojos cerrados, imaginando un cielo infinitamente alto. Mi nariz, respirándote. Mis manos, una entrelazada con la tuya y la otra acariciando tu cintura. Mi pecho pegado a tus costillas. Mi pierna sobre las tuyas. En mi corazón, un concierto de Rock'n'roll. En mi espalda, dos alas. Y mi boca, aferrada a tus labios.

mercredi 3 novembre 2010

¿Has visto, Henar? El mundo del revés.

- Sobretodo no me sueltes. – aprietas fuertemente mi mano. - Venga Henar, a la de tres – suspiras. - saltamos al vacío.

Anouk se ha pasado por mi casa esta mañana para devolverme el libro de recetas que me regaló mi tía hace un par de años. De allí saqué mi famoso pastel de arándanos, el que nunca está bueno pero que a Miguel le encantaba. Pues se lo dejé la semana pasada para que le hiciera magdalenas de chocolate a Noa, que no hay merienda que le guste más. Y ayer mismo le dije que no hacía falta que me lo devolviera hoy, que podía hacerlo el lunes, cuando nos viéramos en clase de Matemáticas. Ella insistió, y esta mañana, cuando ya lo tenía entre mis manos, he entendido el porqué de las prisas. Entre las páginas 22 y 23 había un sobre.
“Aquí me tienes. Léeme detenidamente. Si decides aceptar la locura, te espero esta tarde a las 16h en el puente de la carretera. […]”

Y aquí estoy yo, contigo. Con una cuerda atándome los tobillos y subida en el borde del dicho puente, con las rodillas temblando y el corazón a dos millones por segundo.
- Uno.
Trago saliva.
- Dos.
Tengo miedo.
- ¡Tres!
- ¡Salta! – grito. Alargo la última vocal, chillando, creyendo que voy a explotar de tanta adrenalina. Sensación extrema. Mis ojos cerrados y el ceño fruncido, probablemente, con cara de sufrimiento. Mi alma, fuera de mi cuerpo. Libertad. Volando sin alas durante dos segundos y medio. Cayendo en picado a la velocidad que exige la gravedad. La cuerda se tensa y nos frena en seco, haciéndonos retroceder algunos metros, dejándonos caer de nuevo. Y sigo gritando.
¿Y a ti, Andrés? Se te escapa la risa. Sonríes enormemente. ¡Pero si también es tu primera vez! Cómo puedes. ¿No has tenido miedo?
Después de un par de rebotes, nos quedamos bocabajo unos segundos. Sueltas mi mano y me agarras de la cintura. Frente a frente, miras mi cara que muestra una felicidad enorme y un gran alivio.
- ¿Has visto, Henar? El mundo del revés.
- Ahora se parece un poco más al mío, así como retorcido.
Te ríes.
- ¿Pero como puedes reírte ahora? ¿Sabes el miedo que tengo yo? ¿Y si la cuerda se rompe? Madre mía. ¿No había una locura más suave?
- Yo ya había experimentado esta sensación. Una tarde de lluvia, mientras compartíamos unas simples palomitas.

samedi 30 octobre 2010

Sesenta y poco días sin ti.

Vuelve, Miguel. Vuelve que tengo ganas de cantarte una canción. Siéntate en las butacas del viejo teatro y escúchame. A ti siempre te ha gustado mi voz, y a mí cantarte. Y mírame con esos ojos que me vuelven loca, otra vez. Para que grite un poco más alto y se me escuche en la última fila. Allí donde me diste tantos besos que empecé por contar y acabé quedándome sin dedos. Vuelve, Miguel. Vuelve y dame un abrazo como aquél que me deshizo en un rincón del escenario. Estréchame contra tu pecho, hasta que mi corazón no sepa si es él o el tuyo. Y bésame la frente mientras un foco tenue hace brillar la otra punta del escenario, vacía, dejándonos a oscuras. Vuelve, Miguel, por lo que más quieras. Te necesito aquí.

O no. Da igual, mejor no vuelvas. ¿Para qué? Estoy harta de calcular donde está tu boca y hasta donde puede llegar la mía. Las matemáticas nunca se me dieron bien y el tema distancias lo llevo muy mal. Nunca tuviste nada que decir, Miguel. En realidad no. Decías cosas preciosas, pero hablabas mucho, decías poco y hacías menos. Y siempre te gustó dejar las cosas a medias, con ese misterio que te hacía el hombre más gilipollas del mundo mundial. Pero te necesito aquí. Y que no vuelvas nunca más.

mercredi 27 octobre 2010

Suenan las campanas.

Suenan las campanas.

- Buenos días, vecina. Ui, ¿las campanas a esta hora?
- Me parece que hoy enterraban a la niña del 2º B, ¿cómo se llamaba?
- Ay, no sé. Era un nombre raro. De otro país creo...
- Sí, me parece que era algo francés. Bueno, me voy que llego tarde.
- Adiós.




Suenan las campanas.

- Ponme una de cuarto.
- Mira, ahora tocan a muerto.
- Creo que es por la niña aquella morena, la que siempre iba de la mano de aquél chico tan guapo.
- Sí, Lisette creo que se llamaba. Pobrecilla...
- Era tan joven... Bueno, y ponme un redondo también.
- Toma, el cambio. Gracias.
- Adiós.




Suenan las campanas.

- ¿Y Michele?
- No ha llegado todavía.
- A estas horas, no creo que llegue.
- Puede que...
- Espero que no. Una baja ahora sería lo peor que nos podría pasar.




Suenan las campanas.

- Ven, Mago, que ya tienes la comida aquí. No, no me mires con esa cara, que Brigitte está en el cole y tardará en llegar. Sí, eso, vete a su habitación, y lo llenas todo de pelos. Asqueroso gato... ¿Ya son las doce? No puede ser.


Suenan las campanas.

- Cris, estube hablando con la Judit de lo del sábado.
- ¿Y qué te dijo?
- Que vale, pero mejor lo hablamos esta tarde en teatro.
- ¿Qué hora es?
- Las once y media. ¿Y tantas campanadas?
- Yo que sé. Puf, esta clase es eterna.


Suenan las campanas.

- Perdona, voy con las prisas y no te he visto.
- Tranquilo, no pasa nada. Anouk, ¿me escuchas? Sí, es que me acabo de chocar con un chico. Bueno, lo que te iba contando...
- Un billete para Barcelona, por favor.


Suenan las campanas.

En la iglesia. Elliot, Henar, Michele, Marc, Miguel, ... Y Lisette.











Y la vida siguió, como siguen las cosas que no tienen mucho sentido.

dimanche 17 octobre 2010

198.

Esta mañana me he despertado con la necesidad de llorar. He puesto Vanilla Twilight, que es una de las canciones más bonitas que he escuchado nunca. Recuerdos de Miguel han caído sobre mí, en forma de lluvia de piedras, aplastándome. He ido encogiéndome conforme el nudo de mi estómago se hacía grande. Y así, en forma de ovillo, he comenzado a llorar. La música me ha puesto la piel de gallina y me ha invadido el frío. He llorado un poco más y luego me ha entrado la rabieta y me he puesto a dar saltos en la cama como una niña tonta. He caído rendida. Le he dado un golpe a la pared, y me he enredado entre las sábanas. He gritado muy fuerte, metida en aquél capullito de mantas. Después he salido, y con los ojos llorosos he recorrido el pasillo. ¿Y quién era esa que estaba al otro lado del espejo con cara de gilipollas por haberlo querido tanto? Ah sí, yo.

mardi 12 octobre 2010

No me lleves a casa cuando hayamos encontrado el fin del mundo.

Los lunes también anochece. Aunque tarde más, por ser el peor día de la semana. Y por fin, puedo bajar la persiana, rutina que ha cambiado desde que Miguel… Desde que Miguel ya no me invita a ver las estrellas. Suspiro. Es la última vez que me hablo de Miguel. Él ha muerto para mí. ¿Sabes? No necesito que me acompañe a ver el firmamento. Seguirá siendo el mismo cielo sin él. Pues claro que sí.
Subo el volumen de la música para que mi madre no me escuche abrir la ventana. Juraría que se ha quedado dormida en el sofá, pero cualquier ruido extraño, por muy suave que sea, la despertaría. Siempre tiene los cinco sentidos puestos en mí. Y no lo soporto. Aparto la cortina y me quedo sentada en el borde de la ventana, con los pies colgando. El viento me pone los pelos en la cara. Los aparto con un ágil movimiento y miro hacia el infinito. Genial, está nublado. Ni un mísero punto de luz. Sonrío. Claro, es lunes. Los lunes siempre son una mierda.
El viento frío me pone la piel de gallina. Un tirante del pijama se desliza por mi hombro. Me estoy congelando. Probablemente llueva antes de que me acueste y no pare hasta mañana, después del desayuno. Luego estará la calle encharcada y no podré compartir mi paraguas con Lisette.
El ruido ronco de una moto, interrumpe el silencio de la noche. Reconozco ese motor. ¿Andrés? Suena mi móvil desde la habitación. Alargo el brazo y lo cojo sin moverme. Un mensaje. Si me entran ganas de jugar sucio y divertirme a espaldas de otros, ¿vendrás tú? Sonrío. Estás sentado en la acera delante de mi casa, de espaldas a mí. Por supuesto. ¿A dónde vamos? Me encanta como te quedan los pantalones rojos. Te contesto. Quince segundos más tarde lo recibes, te levantas, te mira los pantalones y das una vuelta a tu alrededor. No me ves. En la ventana, Andrés. Sonríes y me saludas con el brazo. Me subo el tirante y alzo el brazo. Sabes que no puedo bajar. Que a estas horas, mi madre no me deja salir, y todavía menos siendo lunes. ¿Vamos a perdernos por las calles infinitas? Cuando hayamos encontrado el fin del mundo, volvemos. Me pongo a reír. Me miras desde la calle. Subes en la moto, la enciendes y me haces un gesto con la cabeza para que suba tras tuyo. Abro la ventana, entro en mi habitación, cojo la sudadera gris que tengo encima de la silla, me pongo las victoria negras porque es lo primero que he pillado y salto de la ventana al tejado del garaje. Camino por el muro hasta la puerta del jardín que da a la calle y salto sobre la acera. Me subo en la moto y me agarro a tu cintura.
Y sin casco, con el viento en la cara, corremos. Salimos de la ciudad. Oscuridad. Tú y yo. No sé a dónde me llevas. Solo vemos lo que hay a dos metros de nosotros, gracias a la luz de la moto. Bosque. Tengo miedo. ¿Y si te has vuelto loco? ¿Y si pierdes el control? ¿Y si nos caemos por algún barranco? Nadie nos escucharía.
- ¡Andrés, para!
Frenas en seco.
- ¿Qué pasa, Henar?
- Tengo miedo.
- No te hubiese traído por aquí si no lo conociera. Es una locura, pero tampoco para morirse. Si un día se me cruzan los cables, me perderé solo para morirme yo y no los dos.
- Pues yo prefiero morirme contigo y no que te mueras tú solo.
- ¿Por qué dices eso?
- Porque prefiero eso que vivir sin ti.
Silencio. Bajas la cremallera de tu chupa, dispuesto a arrancar la moto de nuevo. Te gusta que vuele con el viento.
- Espera. Entonces, si conoces el camino, ¿cómo quieres que encontremos el fin del mundo?
- ¿De verdad quieres que lo busquemos?
- Por supuesto.
Arrancas. Das media vuelta y volvemos a la ciudad. Luces, música, viento.
- ¿Te he dicho alguna vez que eres preciosa?
Y el ruido de la moto se me mete en los oídos hasta que pasa desapercibido. Llueve. Te agarro muy fuerte. Dale más caña, Andrés. Que mi pelo se alborote y que nos suba la adrenalina hasta que necesitemos gritar.
No me lleves a casa cuando hayamos encontrado el fin del mundo. Recorramos calles infinitas hasta que salga el sol. A mí el fin del mundo me importa una mierda si tú estás conmigo.

jeudi 7 octobre 2010

Cuentitis aguda.

- ¿Quieres venir conmigo a tomar un helado? - me sonríe desde la calle.
- ¿Un helado, Andrés? ¿Ahora? Hoy hace mucho frío.
- Y aunque mañana salga más el sol, tú seguirás teniendo las manos congeladas.
- Ya. No tengo ganas.
- Un helado de nata.
- No me apetece.
- Con coco y nueces.
- Mejor otro día.
- Con chocolate blanco.
- ¿Se puede saber qué te pasa?
- Que no quiero que estés encerrada en casa todo el día.
- Estoy triste. No tengo ganas de nada más.
- Y yo. Lisette no se lo merece. Jamás lo hubiera imaginado.
- De verdad que no quiero ir a tomar un helado, gracias. Adiós, Andrés.
Me giro para abrir la puerta de casa y dejarlo ahí plantado, detrás de la puerta del jardín.
- Miguel me ha llamado.
Paro. ¿Qué? Miro al suelo. Su voz. Hace más de un mes y medio que no la escucho. Desde que se fue que no da señales de vida. Pero yo sé cosas de él. Siempre que me encuentro a su madre por la calle, se para a hablarme. Y yo le pregunto sobre los estudios de Miguel. Dice que todo le va muy bien. Supongo que con saber que sigue vivo, me basta.
- Está en casa de su tía. Dice... - suspira - dice que te echa de menos.
Estoy flipando. ¿Miguel echándome de menos? ¿Después de mes y medio sin querer saber nada de mí? Cuentitis aguda.
- ¿Y por qué no me ha llamado a mí para decírmelo?
- No lo sé, Henar. - hace una mueca.
- Pues yo sí que lo sé: porque es mentira. Vete, Andrés. Hoy no tengo ganas de salir de casa. Ya hablaremos otro día. Adiós.

(Dos horas más tarde.)

- ¿Andrés? ¿Qué haces ahí sentado en la acera?
- Sabía que volverías. Lo quieres de nata, ¿verdad?
- Estás loco. Tienes las manos congeladas.
- Igual que tu nariz, y mira que acabas de salir de casa.
- ¿Por qué no te has ido?
- Porque necesitaba decirte que estaré aquí siempre. Y no me taches como a Miguel, que yo no te dejaré sola.

Otro más para la lista de "hombres que intentan hacerme creer que estarán aquí siempre que los necesite". Con este ya van tres. Marc también lo dijo una vez. Por cierto, qué raro que no me haya tirado las redes del barco Pescanova ahora que Miguel se ha ido. Debe estar enfermo. Si ya decía yo que con el frío del otoño hay que andar con cuidado. Que luego todo son estornudos y kleenex por toda la casa.
- Dame la mano, anda, que te ayudo a levantarte. ¿Vamos?
- Invito yo.

dimanche 3 octobre 2010

Cinco minutitos, Andrés.

Henar ha estado aquí. Ha llegado sin avisar y se ha sentado a mi lado, en el sofá. Me ha preguntado si molestaba y se ha encojido de piernas. Claro que no estorbas, Henar. Qué cosas tienes. Le he preguntado qué le pasaba y casi se me pone a llorar. No ha artuculado palabra alguna. Se ha hecho un ovillo y se ha apoyado en mi torso. Estaba fría y temblando. He cogido mi jersey blanco que estaba tirado en la otra punta del sofá y se lo he puesto por encima.
- Estrújame con un abrazo, por favor, Andrés. - ha dicho al fin.
He intentado quitarle el frío nervioso que tenía en su cuerpecito de niña. Pero de poco ha servido. Ha cerrado los ojos y se ha puesto a tiritar. Lágrimas congeladas resbalaban por su mejilla y se encharcaban en mi pecho desnudo.
- No sabes cuánto me duele verte así, cariño. - y he acariciado su mejilla con el pulgar. Tambien sus labios.
- Necesito desaparecer. Cinco minutitos, Andrés. Solo cinco. - se ha restregado los ojos. - Y al volver quiero que mi cabeza haga un reset. Empezar de cero.
- Henar, Miguel te quiso mucho. Miguel te quiere mucho. No le olvides, a él no le gustaría volver y...
- ¿Y que le haya olvidado? Ya lo avisé. Además, ¿todavía crees que volverá? Que lo crea yo, vale. Pero a ti seguro que te ha dicho que se quedará en París. A mí me dijo que volveremos a vernos porque no hubiese soportado verme llorar. Es un cobarde. Y nunca me quiso lo suficiente.
Y después de este ataque de valor, se ha puesto a llorar de verdad.
- Volverá, Henar. Te lo digo enserio. No te estoy diciendo lo que necesitas escuchar, te estoy diciendo que Miguel no puede dejarte sola. Porque si se separara de ti para siempre, una parte de él moriría contigo.
Se ha incorporado y me ha dado un abrazo. Ya no temblaba, aunque ha seguido llorando en mi hombro durante un rato. Hasta que le ha sonado el móvil.
- ¿Qué querrá la madre de Lisette? - ha susurrado mirando la pantalla de su móvil. - ¿Sí? Michele, soy Henar. ¿Qué pasa?
Se ha puesto pálida de repente. Pocos segundos más tarde ha colgado, sin despedirse. Ha clavado sus ojos en el suelo.
- Andrés, llévame al hospital.

samedi 2 octobre 2010

Mi amiga Lisette.

Conocí a Lisette porque cualquier otra cosa habría sido una tontería. Simplemente tenía que ser mi amiga, y por ese motivo ocurrió. Sino nadie más llenaría ese vacío que se me hace en el estómago a las 22h de la noche, ahora que Miguel ya no está.
Me gusta acostarme pronto y pensar en cosas bonitas. Pero claro, todo tiene que ver con Miguel, y desde que se fue, ya no son ese tipo de cosas que se pueden pensar por las noches. No, porque entonces entra la nostalgia por la ventana y cualquiera la echa. Así que mejor pienso en Lisette. Y en lo divertida que es. Y en lo que le gusta reírse conmigo los días que llueve. Y los que no, también, claro. Ella es como un sueño que se hace realidad cada vez que tengo ganas de sonreír. Porque aparece cuando menos me lo espero. Pica a mi puerta con los nudillos y cuando la abro, aparta la cortina con una enorme sonrisa preguntándome si la acompaño a algún sitio o a ninguna parte. Y siempre cedo. Por supuesto, ¡si me muero de ganas!

Hoy nos ha pillado la lluvia de camino a ninguna parte. Por suerte, entre la cantidad de cosas inútiles que llevo en mi bolso, he encontrado un paraguas.
- Ven aquí cerquita hasta rozarme el hombro. Encógete, que debajo de mi paraguas de elefantitos cabemos las dos. - le he dicho.
Me ha hecho caso y nos ha entrado un ataque de ilusión. De esos tontos en los que cerramos los ojos con fuerza, sonreímos y hacemos un ruidito agudo mientras saltamos estúpidamente. Como siempre, hemos acabado riéndonos de nosotras mismas. De lo tontas que somos y podemos llegar a ser cuando estamos juntas. Entonces hemos llegado a una calle con un charco enorme.
- Quítate los zapatos. - me ha dicho.
Los hemos dejado en el borde y nos hemos puesto a saltar, como si fuéramos dos niñas inocentes que salen a la calle sin las botas de agua porque prefieren mojarse los pies. Una locura. Me ha contado que a ella le encantaba hacerlo cuando era pequeña. Que una vez salió a la calle, se empapó enterita, y al volver su madre le regañó porque se había mojado el vestido de cuadritos. Yo me he puesto a reír y le he mojado los pantalones tejanos. Y entonces me ha robado el paraguas y lo ha tirado fuera del charco para que me empapara con la lluvia. ¿Cómo era la canción? Se nos ha ido la olla por completo, y nos creíamos que estábamos cuerdos, es igual, si no lo entienden son ellos. Nosotros somos luz y ellos están ciegos.


Y ahora vuelven a ser las 22h. Me noto un vacío encajado en el pecho. Y me sobra que Miguel esté tan lejos.

mercredi 29 septembre 2010

Para que Miguel pueda volver cada noche, volando.

Estoy nervioso. Solo 22 minutos más y, si mi vuelo no se retrasa, estaré volando dirección París. 22 minutos era lo que tardábamos en llegar al mar en tren. 22 escalones eran los que subía, con una felicidad muy tonta, cada domingo para llegar a la puerta de tu casa, Henar. 22 fue el día que estrenaste tus pantalones cortos amarillos, para el cumpleaños de Lisette, en Agosto. 22 hora hace que te besé por última vez, después de comernos el dulce pastel de arándanos. Qué bonita despedida, mi niña. No sabes cuanto te quiero.
Un matrimonio más y pido un café. El hombre del restaurante me mira con cara monótona, sin articular palabra por si soy estrangero.
- Un café solo.
Henar, sé que me habrías matado de haber escuchado esto. Un café solo. Con lo que te gusta a tí echarle azúcar a todo. Con lo que odias el amargo. A mí tampoco me gusta. Pero almenos, junto al café, no seré el único amargado.
- Gracias. - me lo entrega.
Me siento en un taburete alto de esos que estan al vorde de una mesa de madera con tres patas. Doy el primer sorbo. ¡Diós, qué asco! Esto lo único que hace es meterse en mi cuerpo, arder y amargarme más. ¿En qué estaba pensando? Qué tontería.
- Perdone, ¿puede darme unos cuantos sobres de azúcar?
- ¿Cuántos quiere exactamente?
- No lo sé. Cinco o seis.
El hombre debe pensar que soy un cliente estúpido y que tendría que cobrarme los sobres. Los deja encima de la mesa y sigue atendiendo. El muy rancio sólo me ha dado cuatro. Los abro y me los echo todos. Casi puedo notarte aquí a mi ladito. Mirándome con los ojos pequeñitos y una gran sonrisa, esperando que te diga que me encanta el café que me has preparado. Pero solo casi. Este café no tiene nada que ver con los que me prepabas los lunes por la tarde, cuando me invitabas después de acabar los deberes. Esos lunes por la tarde que quizás no se repitan. Tardes que oscurecían detrás de la ventana, mientras me deshacía con tu lujúria. Tus besos. Tus risitas cuando te escondías debajo de las sábanas. Y estabas para comerte enterita. Con esos mofletes y tus lunares. Te echo tanto de menos.
15 minutos y estaré dejando el cielo atrás. Él se queda aquí contigo, Henar. Para que tú lo roces siempre que quieras. Y para que yo pueda volver cada noche, volando con estas alas que me cosiste un sábado nublado por la tarde. Ese sábado en el que me llevaste a tu lugar secreto. Nosotros vemos la ciudad, pero la ciudad no puede vernos, me dijiste. Qué dulce.


Ocho meses, Henar. 244 días y habré vuelto. Ojalá no me hayas olvidado entonces.

lundi 27 septembre 2010

Cuando a Henar se le cayó el cielo.

Quedan migas de la merienda en el mantel a cuadros. Yo las esparzo, las pongo en fila y las vuelvo a desperdigar. Qué rico me ha sabido el pastel de arándanos contigo, Miguel. Y yo que creía que le había echado demasiado azúcar, y tú te has limitado a chuparte los dedos al acabar, diciendo que era el mejor pastel de arándanos que te habías comido nunca. Mira que a mi no se me da demasiado bien hacer pasteles. Bueno, ni pasteles ni galletas de limón. Tan sólo me salen buenas las magdalenas de chocolate. Y sigo pensando que eres la única persona a quien le gustan mis pasteles de arándanos. Pero no sabes lo contenta que me pone eso, esa tontería.
Esta tarde ha sido especial, ha sido la última. Tal y como has llegado a mi casa, me has abrazado. Qué bien hueles siempre. Así como a mis quince primaveras juntas. Suave, dulce, picante y tentador. Me has besado la frente y me has preguntado qué había preparado para merendar. Lo intuías, pero te has sorprendido al ver el pastel de arándanos encima de la mesa de la cocina. Sobre él había escrito Henar y Miguel con chocolate deshecho. Había que tener un poco de imaginación para leerlo, pero tú lo has entendido enseguida. Te ha encantado, pero más me ha encantado a mí verte sonreír. Te he prestado un cuchillo y le has dado seis vueltas y media a la mesa porque no sabías por dónde cortarlo. Y yo riéndome, diciéndote que no importaban los nombres, que desmoronaras el pastel por donde quisieras. Me has sonreído y has cogido un triangulito que tenía medio nombre tuyo, y me dio mío. Yo también he cogido un trocito. Y otro, y después otro, hasta que han quedado las migas que tengo ahora entre los dedos. Después hemos estado recordando cada una de las veces que nos habíamos quedado solos. Qué risa, Miguel. Siempre sabes endulzar todo lo que debería ser amargo. Al final se nos ha hecho tarde y me has dicho que tenías que irte ya. Se me ha roto el mundo. Se me ha caído el cielo. Me has prometido que volveremos a vernos. Te has acercado a mí y me has besado los labios, así muy suave.
Y ahora, ¿quién me acompañará a dibujar las olas del mar en invierno? ¿A quién le daré la horchata cuando ya le haya pegado el primer trago? ¿A quién me encontraré por sorpresa un domingo por la mañana sentado en la mesa de la cocina esperando a que me entre hambre de un vaso de leche para verme desayunar? ¿Quién se fijará ahora en mis lunares? ¿Con qué motivo me pasearé en verano con mis pantalones cortos amarillos por el parque?

Todavía me saben los labios a ti. A nuestra bonita historia, Miguel.

dimanche 26 septembre 2010

Los caramelitos de fresa de Anouk.

A Anouk le encantan los caramelos de fresa. Lo sé porque siempre que estoy triste, aparece ella con sus pantalones blancos y saca uno del bolsillo. Y diós, están buenísimos. Y a mí se me quita la tontería, le regalo una sonrisa y le doy un achuchón de esos que desde fuera no se entienden. Pero esta mañana, cuando ha tocado el timbre y he bajado al jardín, me he puesto a llorar. Me ha preguntado si había salido defectuoso o si el que me había dado era de café y se había equivocado. Le he dicho que por suerte no, que si hubiese sido así ya lo hubiera escupido. Entonces le he contado que Miguel se va. Que no sé ni dónde ni cuando. Me ha mirado con cara de querer desenvolver todos mis problemas para que desaparezcan y me ha abrazado muy fuerte.

Miguel, que te vayas es peor que comerse un caramelo de café, de crema y de nata.

vendredi 24 septembre 2010

A París, por ejemplo.

- ¿Sabes? Consigo un casco y nos vamos.
- ¿A dónde, pequeña?
- Lejos, cuánto más lejos mejor. A París, por ejemplo. ¿No lo extrañas? ¡Es tu ciudad!
- Aprendes a vivir sin ello... Pero, ¿y de dónde sacamos un casco?
- No sé. Le preguntaré a Henar, o a Miguel. Incluso se lo puedo pedir a Marc, seguro que guarda uno de alguna de sus follamigas.
- Amantes, él las llama amantes.
- Bueno, da igual. Elliot, vámonos. Vamos a dejarlo todo atrás. Los estudios, los padres, los amigos, la familia. Todo.
- Pero no podemos huir, pequeña. Existen las responsabilidades.
- Elliot, es un capricho sin sentido. Concédemelo. Vamos, por favor. Coge la moto, yo te espero fuera. Tú te sientas para adelante, y yo detrás. Y me abrazo a ti. Fuerte.
- Ven aquí, anda.
- No me dejes nunca.

jeudi 23 septembre 2010

Labios manchados de leche.

- Avísame mañana cuando vayas a desayunar.
- ¿Desayunarás conmigo?
- No, tranquila, tomaré algo en casa y vendré corriendo. - me sonríe. Sé que le ha gustado la parte en la que he dicho que vendré corriendo. Y a mi me gusta la sonrisa pillina que se le escapa a propósito.
- Pero Miguel, sabes que yo me levanto siempre muy pronto. Te asustarás si suena el teléfono a las siete de la mañana.
- No te preocupes por eso.
- Mañana es domingo. ¿Por qué no quedamos después? Así me peino, me pongo mi vestido blanco de verano y salimos al parque. - Qué encanto de niña. Pero no. Yo quiero verla desayunando. Seguro que está preciosa: con el pelo alborotado, los ojitos achinados, su camiseta de manga corta azul claro tapándole medio muslo y los labios manchados de leche. Además la miraré con esa cara de bobo que se me queda y me sonreirá. Siempre lo hace.
- Que no, Henar. Llámame mañana en cuanto te entre hambre de un vaso de leche y te levantes de la cama. - su pestañeo de Miguel, no tienes remedio, me invade. Es cierto, no lo tengo. Pero me alegrará el día levantarme con ella. Bueno, levantarme e ir con ella.
- Vale, pero sólo si esta tarde me acompañas a comprarme una horchata bien fresquita. Que a mí solo me apetece el primer trago.