Querido Diario, hoy vengo a hablarte de el peor cuento de la historia: Caperucita Roja.
Caperucita Roja era una niña tonta. Por supuesto que sí, si no, ¿por qué iba a llevar siempre el chubasquero ese tan chillón, con lo feo que le quedaba? Y su madre, la pobre, que ya no sabía qué hacer con ella, la mandó a ver a su abuela. Pero eso fue para ver si se perdía ya por el bosque, o como mínimo que durante unos días les dejara tranquilos. Que yo lo sé.
Y luego con el lobo. Si ella ya sabía que el lobo la seguía, ¡tampoco era tonta del todo! Lo que pasa que ella estaba deseando que él se la comiera enterita, y así poder contarles a sus nietos de vieja lo malo que era el lobo del bosque, y durante generaciones ser la protagonista y la víctima de esta historia. Si eso se ve venir desde el principo del cuento, ¿no ves que va dando saltitos con esa horrorosa caperuza? Es la mejor estrategia para llamar la atención del pobre animalito, que no puede resistir el instinto y se la zampa en cuanto puede. Seguro que luego no podía aguantar los retortijones, y fue a beber un poco de agua para ver si así bajaba un poco la comida.
Pero no, tubo que llegar el cazador, siempre metiéndose en todo. A él que más le daba si el lobo se había comido a la niña o no, te preguntarás. Pues la verdad es que no se tenía que haber metido, pero como él siempre tiene que ser el héroe salvador, pues rajó en canal al lobo y le sacó de las tripas a la niña. Y así, también salvó a la pobre abuelita, que en realidad lo único que quería era dejar este mundo sucio y triste para reunirse de una vez con su marido, que la esperaba en el cielo.
Y así, Caperucita Roja obtuvo su fama por los siglos de los siglos, el pobre lobito se quedó medio muerto a la orilla del río, la madre tubo que soportar a su hija el resto de sus días, y la pobre abuelita se volvió a su casa, a esperar que llegar su hora. Ah, y no nos olvidemos del cazador, que siguió matando animales como si de un concurso se tratara, a ver quién era más asesino. FIN
«Vaya dos tontas llamándose Sépia&Calamar, vaya tontería más importante♥»
jeudi 23 décembre 2010
mardi 21 décembre 2010
Qué ridícula te pones cuando te emborrachas.
Rubén y Greta nunca se entendieron del todo. Él era encargado de una triste tienda de ropa, y ella era azafata. Lo suyo empezó cuando él todavía era modelo, y ella una jovencita tonta y soñadora. Pero ahora, el cuento había cambiado demasiado.
Algunas de las pocas noches en que ella iba a dormir a casa, esperaba a su marido en aquella fría habitación, con las bragas por las rodillas, y el corazón a cien por hora, borracha de lujúria y whisky barato. Y así, cansada, sucia, desnuda y húmeda recibía a Rubén.
- Buenas noches, amor.
- Greta, ¿cuándo has llegado? ¿cómo ha ido el viaje?
Él, que había soñado siempre con ser recibido como un rey por su reina, entre lujo y pomposidad.
- No me preguntes, mi vida es demasiado aburrida para explicártela.
- ¿Por dónde has estado?
Él, que sentía aquél hueco en el estómago cada vez que la encontraba así.
- Quién sabe. Nueva York, Argentina, Nueva Zelanda, París. Qué más da, si todos los aeropuertos son iguales.
- Otra vez borracha...
Él, que ya no recordaba como era aquella niña de la que él se encaprichó, la que ahora le susurraba al oído aquella lista de mentiras que no creía ni ella.
- ¿Qué esperabas? No soy de esas que vuelven corriendo a los brazos de su marido como si no puediesen vivir sin él. Sabes perfectamente que no te necesito para nada. Sólo para esta noche, esta asquerosa noche. Ven aquí, dame un beso.
Y así, sin más, se desplomó sobre la cama, perdiendo el conocimiento por el camino.
Ay, Greta, qué ridícula te pones cuando te emborrachas.
Algunas de las pocas noches en que ella iba a dormir a casa, esperaba a su marido en aquella fría habitación, con las bragas por las rodillas, y el corazón a cien por hora, borracha de lujúria y whisky barato. Y así, cansada, sucia, desnuda y húmeda recibía a Rubén.
- Buenas noches, amor.
- Greta, ¿cuándo has llegado? ¿cómo ha ido el viaje?
Él, que había soñado siempre con ser recibido como un rey por su reina, entre lujo y pomposidad.
- No me preguntes, mi vida es demasiado aburrida para explicártela.
- ¿Por dónde has estado?
Él, que sentía aquél hueco en el estómago cada vez que la encontraba así.
- Quién sabe. Nueva York, Argentina, Nueva Zelanda, París. Qué más da, si todos los aeropuertos son iguales.
- Otra vez borracha...
Él, que ya no recordaba como era aquella niña de la que él se encaprichó, la que ahora le susurraba al oído aquella lista de mentiras que no creía ni ella.
- ¿Qué esperabas? No soy de esas que vuelven corriendo a los brazos de su marido como si no puediesen vivir sin él. Sabes perfectamente que no te necesito para nada. Sólo para esta noche, esta asquerosa noche. Ven aquí, dame un beso.
Y así, sin más, se desplomó sobre la cama, perdiendo el conocimiento por el camino.
Ay, Greta, qué ridícula te pones cuando te emborrachas.
Etiquetas:
Greta.,
Otra tontería más.,
Rubén.
Con prisas.
Shht, tranquilo, que te doy un beso antes de irme. No te preocupes, ya me las apañaré para volver a casa. Todavía me queda dinero en la cartera, por suerte anoche no lo gasté todo en cubatas. No me mires con esos ojitos mientras me visto, cariño. Duérmete otra vez. Sólo puedo sonreírte. Probablemente no nos volvamos a ver, pero te prometo que te llamaré. Me pides que me quede un ratito más. No tengo más ratitos, lo siento. Bésame rápido, que me voy ya. Cierra los ojos y no pienses mucho en mí. Por cierto, me llevo tu reloj. Lo meteré en la caja de cosas de personas que me han impresionado. ¿No lo sabías? Tranquilo, lo de mi obsesa colección no lo sabe nadie.
dimanche 19 décembre 2010
Habitación 522.
No era un lugar donde triunfara el amor, pero se podía fingir y acabar sudando por los rincones. Siempre había algo que decir, algún tema del que hablar. Y cuando sobraban las palabras, pagabas los dos cubatas mientras ella te esperaba en la habitación 522. Qué interminable se te hacía el ascensor hasta llegar a la quinta planta. Metías torpemente la llave en la cerradura y con la luz apagada te dejabas caer sobre la cama. Y tú ya olías su pelo desde que abría la puerta del baño y se dejaba ver en sombras a contraluz. Te enloquecían sus caderas y la forma en que se dejaba quitar la ropa, pidiéndotelo a gritos con caricias en tu espalda. Siempre supiste, y yo también, que te gustaba más de lo debido, que era tu vicio y que te saciaba de cariño tus domingos. Y ella también te echó de menos en muchas otras habitaciones. Qué lástima, ¿verdad? Allí el amor nunca triunfó. Y yo ya te lo había dicho, desde el primer domingo que me dejaste sola en mi lado del sofá, con la cara desencajada, mordiéndome los labios ácidos que me habían dejado tu beso, sabiendo que tus cenas o reuniones de trabajo no eran más que una puta tapadera.
lundi 13 décembre 2010
Perdona, Noa, se me ha ido la cabeza.
Suena el timbre. Pienso durante un instante si esperaba recibir alguna visita. No. Me asomo por la mirilla. Oh, no. Es Marc. Preferiría no abrirte, pero ya has visto que alguien ha encendido la luz. A ver qué argumentos te has inventado para colarte en mi casa. Abro la puerta.
- Buenas noches, preciosa.
- Hola.
Hola, me llamo Noa y soy la cosa más seca que puedes encontrarte un viernes por la noche.
- ¿Qué tal? – me preguntas tontamente. Apoyas el brazo en el borde de la puerta, para que no pueda cerrarla sin pillarte los dedos.
- Yo bien.
Nos miramos. Ánimo, Marc, es hora de que sueltes de carrerilla a lo que has venido. Y te adelanto que en mi puerta no pone Puticlub.
- Esto… ¿haces algo esta noche?
Eso, no seas tan disimulado, no vaya a ser que no pille tus directas.
- Estoy ocupadísima.
Explotas en una carcajada limpia.
- ¿Puedo ayudarte en algo?
- Sí, puedes desaparecer.
Hago lentamente el gesto de cerrar la puerta para que te de tiempo a quitar los dedos, pero eso solo sirve para que detengas la puerta con el otro brazo.
- En realidad no quieres que me vaya.
- No, no quiero. Lo deseo con todas mis fuerzas.
Me das un beso. Frunzo el ceño. Me das otro. Y otro más. Te quito las manos de mi cintura. Sabes dulce. Sonríes.
- Perdona, Noa, se me ha ido la cabeza.
Te giras y cruzas la puerta.
- ¿Te vas?
- Me has echado.
Eso no se hace, Marc. No. Me lías, me besas, y entonces me entran ganas de que te quedes. ¡Pero es que tu chulería no la soporto!
- Claro.
Me apoyo en el filo de la puerta y pestañeo lentamente para tentarte, para que caigas, para que te quedes. Pero pasas de mí exageradamente.
- Pues eso.
Sonríes como despedida, te giras. Das un paso y te paras. Miras tu brazo. Mi mano está agarrando el puño de tu camisa fuertemente. Yo no le he dicho que lo haga, ha sido un reflejo. Me siento estúpida y te suelto rápidamente. Y me haces una mueca. Lo tenías todo planeado. Cruzas los brazos, y sonríes pidiéndome una explicación.
- Mis padres se han ido de fin de semana. – te suelto - ¿Quieres cenar conmigo? Creo que hay un par de pizzas en el congelador. - me avergüenzo de ser yo la que te acabe invitando a pasar la noche conmigo.
- Está bien, me quedo. Espero que mañana no me pidas que también olvide esta chiquillada.
Tienes un morro…
- Buenas noches, preciosa.
- Hola.
Hola, me llamo Noa y soy la cosa más seca que puedes encontrarte un viernes por la noche.
- ¿Qué tal? – me preguntas tontamente. Apoyas el brazo en el borde de la puerta, para que no pueda cerrarla sin pillarte los dedos.
- Yo bien.
Nos miramos. Ánimo, Marc, es hora de que sueltes de carrerilla a lo que has venido. Y te adelanto que en mi puerta no pone Puticlub.
- Esto… ¿haces algo esta noche?
Eso, no seas tan disimulado, no vaya a ser que no pille tus directas.
- Estoy ocupadísima.
Explotas en una carcajada limpia.
- ¿Puedo ayudarte en algo?
- Sí, puedes desaparecer.
Hago lentamente el gesto de cerrar la puerta para que te de tiempo a quitar los dedos, pero eso solo sirve para que detengas la puerta con el otro brazo.
- En realidad no quieres que me vaya.
- No, no quiero. Lo deseo con todas mis fuerzas.
Me das un beso. Frunzo el ceño. Me das otro. Y otro más. Te quito las manos de mi cintura. Sabes dulce. Sonríes.
- Perdona, Noa, se me ha ido la cabeza.
Te giras y cruzas la puerta.
- ¿Te vas?
- Me has echado.
Eso no se hace, Marc. No. Me lías, me besas, y entonces me entran ganas de que te quedes. ¡Pero es que tu chulería no la soporto!
- Claro.
Me apoyo en el filo de la puerta y pestañeo lentamente para tentarte, para que caigas, para que te quedes. Pero pasas de mí exageradamente.
- Pues eso.
Sonríes como despedida, te giras. Das un paso y te paras. Miras tu brazo. Mi mano está agarrando el puño de tu camisa fuertemente. Yo no le he dicho que lo haga, ha sido un reflejo. Me siento estúpida y te suelto rápidamente. Y me haces una mueca. Lo tenías todo planeado. Cruzas los brazos, y sonríes pidiéndome una explicación.
- Mis padres se han ido de fin de semana. – te suelto - ¿Quieres cenar conmigo? Creo que hay un par de pizzas en el congelador. - me avergüenzo de ser yo la que te acabe invitando a pasar la noche conmigo.
- Está bien, me quedo. Espero que mañana no me pidas que también olvide esta chiquillada.
Tienes un morro…
Etiquetas:
Marc.,
Noa.,
Otra tontería más.
dimanche 12 décembre 2010
Buenas noches, amor.
Escucho desde la cama como llegas a la puerta de casa, y como intentas meter una y otra vez la llave en la cerradura. Se te resiste, pero lo consigues. Te acabas de quitar los zapatos, y pisas de puntillas el frío suelo, intentando respirar los más flojito posible. Llegas a la habitación iluminándote el camino con la luz del movil, para no comerte la típica puerta que se queda entreabierta. Te desvistes, manteniendo el equilibrio lo mejor posible, y te metes en la cama mientras intentas contener esa risa loca que te provocan las mil vueltas que te da la cabeza. Tu pelo huele a humo, a tabaco. Tu ropa huele a fritanga, y a bar. Tus manos, a alcohol derramado. Y tus labios... hace demasiado que no pruebo tus labios.
Etiquetas:
Greta.,
Otra tontería más.,
Rubén.
jeudi 9 décembre 2010
Que lo de anoche fue una chiquillada.
Estabas demasiado cariñoso, Marc. Y yo ya te había dicho que no quería nada contigo. Y te enfadaste porque solo acercarte un poco, ya te lo advertí. Pero es que se te veían las intenciones a la legua. Y cuando me manchaste el vestido de J&B con coca-cola, casi te mato. Y por eso, el rubio que llevaba mirándome toda la noche, se perdió entre la gente. Nadie quiere besar a chicas con el vestido manchado. Menos tú, claro. Tú mientras tenga unas buenas tetas, lo demás te da igual. Marc, para. ¡Marc, para! Me ponías histérica con ese bailecito. Te movías muy bien, para qué mentir. Pero ¿no había más chicas a las que restregarte? Te habías encaprichado conmigo. Y para lista yo, que me tomé un último cubata cargadito. Al final me acabaste pareciendo sexy y todo. Demasiado. Olvidé quien eras.
- Esto… Marc, que lo de anoche fue una chiquillada. Olvídalo.
- Vale, olvidado.
- Vale.
- Vale.
- Pues eso.
- Pues nada.
A veces te conviertes en algo muy incómodo.
- Oye, ¿se quitó la mancha de J&B?
- ¡Sí!
- Noa, eres una tía muy borde.
- ¡Encima! ¡Me manchaste el vestido! ¿Qué hago? ¿Te doy las gracias?
- Ahora me dirás que no hice nada bien anoche.
- Exacto. No hiciste nada bien anoche.
- ¿Tengo que recordarte cómo gritabas en mi cama? ¡Sigue Marc! ¡No pares! – dices con voz aguda.
- ¡Para! Deja de recordármelo.
- Pero te gustó.
- Calla.
- Y me vas a dar otra oportunidad.
- ¡¿Qué estás diciendo?!
- Verás como sí.
- Eres idiota.
- Quítate esa prepotencia, princesa.
- Esto… Marc, que lo de anoche fue una chiquillada. Olvídalo.
- Vale, olvidado.
- Vale.
- Vale.
- Pues eso.
- Pues nada.
A veces te conviertes en algo muy incómodo.
- Oye, ¿se quitó la mancha de J&B?
- ¡Sí!
- Noa, eres una tía muy borde.
- ¡Encima! ¡Me manchaste el vestido! ¿Qué hago? ¿Te doy las gracias?
- Ahora me dirás que no hice nada bien anoche.
- Exacto. No hiciste nada bien anoche.
- ¿Tengo que recordarte cómo gritabas en mi cama? ¡Sigue Marc! ¡No pares! – dices con voz aguda.
- ¡Para! Deja de recordármelo.
- Pero te gustó.
- Calla.
- Y me vas a dar otra oportunidad.
- ¡¿Qué estás diciendo?!
- Verás como sí.
- Eres idiota.
- Quítate esa prepotencia, princesa.
Etiquetas:
Marc.,
Noa.,
Otra tontería más.
mercredi 8 décembre 2010
Diecisiete minutos. (II)
Necesitaba saber lo que estaba pasando. Sus manos. Las de ella. Susurros que dicen más de lo que hablan. Cosquillas en la espalda. Sábanas de un colchón pequeño, enredando dos cuerpos. Gemidos ahogados. Y risas. Un beso. Otro más. Casi cincuenta y dos besos robados. Más de dos millones y medio regalados. Caricias detrás de la oreja. Aliento en el cuello. Henar, desconcertada. Miguel, intentando chaparle la boca a la cama que llevaba 406 noches empapada de lágrimas.
- ¿Te vas?
- Son casi las diez de la noche.
- ¿Pero te vas?
- Sí, pero nunca más para siempre.
- No te creo. Ahora viene cuando me despierto. Esto es un sueño, nada más.
- Ya no necesitarás soñar conmigo, te lo prometo.
Báh, promesas…
- ¿Te vas?
- Son casi las diez de la noche.
- ¿Pero te vas?
- Sí, pero nunca más para siempre.
- No te creo. Ahora viene cuando me despierto. Esto es un sueño, nada más.
- Ya no necesitarás soñar conmigo, te lo prometo.
Báh, promesas…
Etiquetas:
Henar.,
Mago.,
Miguel.,
Otra tontería más.
lundi 6 décembre 2010
Diecisiete minutos. (I)
Se acerca a la estantería de puntillas. La mira a través del cristal. Se relame los bigotes y Lola le achina los ojos, desafiante. En un movimiento rápido, mete la zarpa en la pecera y le da un meneo al agua. La pierde de vista y araña el vidrio.
- Mago, para. – le dice sin mirarlo.
Baja del estante de un salto y se sienta educadamente al lado de Henar. La nota triste. Maúlla y se restriega por sus piernas desnudas. Sentada mira una pared blanca, vacía, como ella. Mago afila sus uñas en ese sillón. Sabe que no debe hacerlo porque lo destroza y está esperando a que Henar le meta un grito. Prefiere eso antes que verla con la lagrimilla entre las pestañas. Nada. Hay tanto silencio en el salón que casi puede escuchar el roce de dos lágrimas paralelas cayéndole por la mejilla. Maúlla. Ronronea. Le soba los talones. Nada. Se sube en sus piernas. Le lame los puños apretados. Pone las manos en su pecho y le lame el moflete. Nada de nada. Maúlla más fuerte, pega un salto hasta la mesa y de la mesa a la estantería. Lola y sus morritos de beso, le guiña un ojo. Mago mueve la cola y le da un golpe a la pecera tirándola al suelo. Henar pega un salto y se gira.
- ¡Mago! ¡Te he dicho que pararas!
Corre a la cocina, llena un vaso de agua y mete a Lola en él. Lo deja encima de la mesa, recoge los cristales y friega el suelo.
- ¿Se puede saber en qué estabas pensando, Mago? Llego a no estar y matas a Lola.
Mago la mira y maúlla.
- ¡No me contestes! Te has quedado sin chupar la tapa de mis natillas esta noche. Y me pensaré si mañana te doy.
Mago, sonríe a Lola. Ella, metidita en el vaso, se la devuelve. Actuando, baja de la estantería renegado y se sienta en su cojín.
Henar guarda la fregona en el armario y cambia el vaso de Lola por el bol de los pasteles, grande y transparente.
- Esta noche le diré a mamá que te compre una pecera nueva. Que sea de plástico.
Lola se hace la ofendida y gruñe un poco a Mago, que las está mirando mientras se acurruca. Henar vuelve a sentarse en el sillón. Las siete y cuarenta y dos. Hace diecisiete minutos que se ha ido. Le han bastado once minutos para volver, disparar a Henar un par de veces y dejarla tirada en su casa con el corazón desmoronado en dos millones y medio de migas. Migas que si se acumularan formarían el pastel de arándanos que se comieron hace 406 días. Le encantaría poder fingir que nunca se fue. Pero no puede. Miguel no se lo merece.
Suena el timbre.
Henar se acerca a la puerta, lentamente. Abre.
- Si no lo hago, reviento.
(continuará).
- Mago, para. – le dice sin mirarlo.
Baja del estante de un salto y se sienta educadamente al lado de Henar. La nota triste. Maúlla y se restriega por sus piernas desnudas. Sentada mira una pared blanca, vacía, como ella. Mago afila sus uñas en ese sillón. Sabe que no debe hacerlo porque lo destroza y está esperando a que Henar le meta un grito. Prefiere eso antes que verla con la lagrimilla entre las pestañas. Nada. Hay tanto silencio en el salón que casi puede escuchar el roce de dos lágrimas paralelas cayéndole por la mejilla. Maúlla. Ronronea. Le soba los talones. Nada. Se sube en sus piernas. Le lame los puños apretados. Pone las manos en su pecho y le lame el moflete. Nada de nada. Maúlla más fuerte, pega un salto hasta la mesa y de la mesa a la estantería. Lola y sus morritos de beso, le guiña un ojo. Mago mueve la cola y le da un golpe a la pecera tirándola al suelo. Henar pega un salto y se gira.
- ¡Mago! ¡Te he dicho que pararas!
Corre a la cocina, llena un vaso de agua y mete a Lola en él. Lo deja encima de la mesa, recoge los cristales y friega el suelo.
- ¿Se puede saber en qué estabas pensando, Mago? Llego a no estar y matas a Lola.
Mago la mira y maúlla.
- ¡No me contestes! Te has quedado sin chupar la tapa de mis natillas esta noche. Y me pensaré si mañana te doy.
Mago, sonríe a Lola. Ella, metidita en el vaso, se la devuelve. Actuando, baja de la estantería renegado y se sienta en su cojín.
Henar guarda la fregona en el armario y cambia el vaso de Lola por el bol de los pasteles, grande y transparente.
- Esta noche le diré a mamá que te compre una pecera nueva. Que sea de plástico.
Lola se hace la ofendida y gruñe un poco a Mago, que las está mirando mientras se acurruca. Henar vuelve a sentarse en el sillón. Las siete y cuarenta y dos. Hace diecisiete minutos que se ha ido. Le han bastado once minutos para volver, disparar a Henar un par de veces y dejarla tirada en su casa con el corazón desmoronado en dos millones y medio de migas. Migas que si se acumularan formarían el pastel de arándanos que se comieron hace 406 días. Le encantaría poder fingir que nunca se fue. Pero no puede. Miguel no se lo merece.
Suena el timbre.
Henar se acerca a la puerta, lentamente. Abre.
- Si no lo hago, reviento.
(continuará).
Etiquetas:
Henar.,
Mago.,
Miguel.,
Otra tontería más.
mercredi 1 décembre 2010
Y le besó dos veces seguidas.
Anouk se había convertido en la chica-despiste. Pero hacía días ya, eh. Y fue porque aquella mañana esperó a Geert, sentada en la acera, con un calcetín de cada color. Se dio cuenta cuando se miró los pies y vio que entre los agujeritos por donde pasa el cordón de los zapatos, había colores distintos. Verde y naranja. Despistada no, lo siguiente. Y es que cuando se ponía a hacer cosas y la cabeza se le iba del sitio por pensar en Geert, era normal que no hiciera nada bien. Pensar en Geert significaba arrinconarse en su trocito de cielo, allí muy alto. Y era obvio que se despistara, el infinito no entiende de cosas sin importancia. Porque nada más que su sonrisa repercudía en ella. Y sus gestos, claro. Esa suavidad en los dedos cuando le tocaba la espalda para preguntarle qué acababa de decir el profesor de filosofía. A lo que ella contestaba que se había despistado y que tampoco lo había oído. Entonces él le sonreía. A ella se le tatuaba la boca en la mente y le entraba ese anhelo por verlo en su cama. Y se relamía los labios solo de pensarlo, de imaginárselo desnudo entre las cuatro paredes de su habitación.
- Sube rápido. – le dijo aquél miércoles por la tarde. Anouk subió al coche y la llevó al oscuro parking de la gasolinera. La incitó a desplazarse a los asientos traseros con la idea de acariciarla. Le tocó el pelo hasta que se le puso la piel de gallina (que no tardó más de dos minutos y medio). Entonces puso las manos en el cuello de Geert, entre la bufanda. Un escalofrío le recorrió la espalda y acabó en una sonrisa. Ella le besó los labios. Una vez. Y otra. Y luego le miró a los ojos y le besó dos veces seguidas. Lo arrinconó contra la puerta y le metió la mano por la camiseta, bajando efímeramente su dedo por el pecho, hasta chocar con la hebilla del cinturón. Y él le besó la frente, la estrechó entre sus brazos y la tumbó en los incómodos asientos. Besó el cuello de Anouk tantas veces que tuvo que pedirle que le quitara la bufanda para no ahogarse de calor. Ella esbozó una sonrisa, le destapó el cuello y se quitó los zapatos con un par de empujones en cada tobillo. Y se dejó dar un beso largo, hasta que se empañaron los cristales del coche. Sofocados, respiraron dos veces seguidas y ella dibujó un corazón con el pie en el cristal.
- Anouk, ¿llevas un calcetín de cada color?
Se puso roja y se mordió el labio. Ni de eso se había acordado.
- Un pequeño despiste. – dijo con la boca pequeña.
- Bueno, esperemos que esto no vaya a más. No soportaría que te dejaras la sonrisa en casa.
- Sube rápido. – le dijo aquél miércoles por la tarde. Anouk subió al coche y la llevó al oscuro parking de la gasolinera. La incitó a desplazarse a los asientos traseros con la idea de acariciarla. Le tocó el pelo hasta que se le puso la piel de gallina (que no tardó más de dos minutos y medio). Entonces puso las manos en el cuello de Geert, entre la bufanda. Un escalofrío le recorrió la espalda y acabó en una sonrisa. Ella le besó los labios. Una vez. Y otra. Y luego le miró a los ojos y le besó dos veces seguidas. Lo arrinconó contra la puerta y le metió la mano por la camiseta, bajando efímeramente su dedo por el pecho, hasta chocar con la hebilla del cinturón. Y él le besó la frente, la estrechó entre sus brazos y la tumbó en los incómodos asientos. Besó el cuello de Anouk tantas veces que tuvo que pedirle que le quitara la bufanda para no ahogarse de calor. Ella esbozó una sonrisa, le destapó el cuello y se quitó los zapatos con un par de empujones en cada tobillo. Y se dejó dar un beso largo, hasta que se empañaron los cristales del coche. Sofocados, respiraron dos veces seguidas y ella dibujó un corazón con el pie en el cristal.
- Anouk, ¿llevas un calcetín de cada color?
Se puso roja y se mordió el labio. Ni de eso se había acordado.
- Un pequeño despiste. – dijo con la boca pequeña.
- Bueno, esperemos que esto no vaya a más. No soportaría que te dejaras la sonrisa en casa.
Etiquetas:
Anouk.,
Geert.,
Otra tontería más.
dimanche 28 novembre 2010
Touché. (II)
Camino lentamente por la cocina. Me hago un vaso de leche sin apartar la mirada de ti. Con los ojos bien abiertos. Me siento delante tuyo. Un trago de leche, y con él, tres mil seiscientas dos palabras que llevaba elaborando para ti durante estos 406 días y 406 noches, rasgándome la garganta. Y a ti te tiemblan las manos. Te brillan los ojos y te noto las pestañas húmedas. Otro trago de leche caliente, que le sirve de leña la hoguera de mi estómago. La tensión acumulada en el techo de la cocina se puede cortar con un cuchillo. Tu mirada apuñala. Por un momento creo que formas parte de mi puta imaginación. Eso es, un simple espejismo. Hago una risita. Menudo susto. Creí que habías vuelto.
- No tengo ninguna excusa para intentar suplicar que me perdones.
Y creía bien. Miguel, después de tanto, sentado de nuevo frente mi desayuno. Como las mañanas de domingo de hace 406 días.
- ¿Qué quieres? – vomito, por fin.
- Nada. – tiemblas. – Sólo saber cómo estás.
Igual que si hubiera apretado el gatillo. Ahí estaba la bala, encajada entre mis pulmones, agujereándome el pecho. Y yo desangrándome.
Y te digo que estoy bien, que soy muy feliz. Y que ya hace tiempo que arrojé al olvido todo lo que sentía. Que casi no me has hecho falta. Que gracias por haber desaparecido totalmente, por habérmelo puesto tan difícil. Que he sobrevivido gracias a Andrés y a Lisette, aunque esta última también se acabara marchando.
- Me enseñaron a dar de lo que recibía. No solo me abandonaste, Miguel. También te olvidaste de mí.
- Te recordé siempre.
Otro disparo, aquí en mi garganta. Detesto que sepas perfectamente donde apuntar. Y también que seas un lector de mentes. Pero ya no aguanto más. Tus labios me chillan que los muerda y los bese hasta dejarlos sin aliento. Y te deseo, Miguel. Desde que te fuiste llevo 406 putas noches deseándote. Acostándome con Andrés, haciéndole mimitos a Andrés. Pero en realidad sabes, tú mejor que yo, que hay un rinconcito que él no puede llenar. Besarte o no querer verte nunca más. Llenar mi vacío o seguir las reglas del juego.
- Vete.
- No tengo ninguna excusa para intentar suplicar que me perdones.
Y creía bien. Miguel, después de tanto, sentado de nuevo frente mi desayuno. Como las mañanas de domingo de hace 406 días.
- ¿Qué quieres? – vomito, por fin.
- Nada. – tiemblas. – Sólo saber cómo estás.
Igual que si hubiera apretado el gatillo. Ahí estaba la bala, encajada entre mis pulmones, agujereándome el pecho. Y yo desangrándome.
Y te digo que estoy bien, que soy muy feliz. Y que ya hace tiempo que arrojé al olvido todo lo que sentía. Que casi no me has hecho falta. Que gracias por haber desaparecido totalmente, por habérmelo puesto tan difícil. Que he sobrevivido gracias a Andrés y a Lisette, aunque esta última también se acabara marchando.
- Me enseñaron a dar de lo que recibía. No solo me abandonaste, Miguel. También te olvidaste de mí.
- Te recordé siempre.
Otro disparo, aquí en mi garganta. Detesto que sepas perfectamente donde apuntar. Y también que seas un lector de mentes. Pero ya no aguanto más. Tus labios me chillan que los muerda y los bese hasta dejarlos sin aliento. Y te deseo, Miguel. Desde que te fuiste llevo 406 putas noches deseándote. Acostándome con Andrés, haciéndole mimitos a Andrés. Pero en realidad sabes, tú mejor que yo, que hay un rinconcito que él no puede llenar. Besarte o no querer verte nunca más. Llenar mi vacío o seguir las reglas del juego.
- Vete.
Etiquetas:
Henar.,
Miguel.,
Otra tontería más.
vendredi 26 novembre 2010
Touché. (I)
Domingo helado. Y yo enredada entre la manta grande, la que pesa y me quita el frío. Andrés se ha ido hace un par de horas. Son las siete y poco, seguro. Tengo hambre de un vasito de leche caliente. Me destapo a la de tres y me pongo los calcetines gordos de andar por casa. No son antideslizantes, eh. Sino no tendría gracia ir descalza, con lo divertido que es ir derrapando por los pasillos. Patino hasta el baño y me refresco la cara. Hago una mueca delante del espejo y me río yo sola. Cojo carrerilla y me deslizo hasta la cocina. Derrapo y me agarro al quicio de la puerta para no estamparme contra la nevera. Y silencio. Mucho frío. Más silencio. Peor, muchísimo peor que si me hubiera estrellado contra el frigorífico.
- Puedes echarme.
Pausa de 16845 años.
(continuará).
- Puedes echarme.
Pausa de 16845 años.
(continuará).
Etiquetas:
Henar.,
Miguel.,
Otra tontería más.
mercredi 24 novembre 2010
La tontería se alargaba toda la noche.
Me encantaba que se pintara las uñas de rojo. Luego me dejaba que la invitara a un café por la tarde, en el primer bar que hace esquina, y me hacía cosquillitas en los brazos con sus dedos. Entonces entre el café, las cosquillas, sus labios y mi vicio, la tontería se alargaba toda la noche. Y despertar con su piel desnuda a mi ladito, era lo que más me hacía sonreír.
lundi 22 novembre 2010
Felicidad entrecortada.
Empezó a llorar lento. Se le encharcaron los ojos hasta que no pudo verme. Y pestañeó un poquito, empujando lágrimas que se atropellaban en sus mejillas, le rozaban la comisura de los labios y se suicidaban en la barbilla. Clavó las uñas en las rodillas y me confesó que esa broma de que no la quería, no había tenido gracia. Entonces le abracé ese cuerpito de niña. Y la estreché contra mi pecho hasta que dejó de llorar.
Ella le quería 0,2 más que él. Y fue ese poquito de más lo que le hizo inundar la habitación aquél domingo por la tarde.
Felicidad entrecortada.
Ella le quería 0,2 más que él. Y fue ese poquito de más lo que le hizo inundar la habitación aquél domingo por la tarde.
Felicidad entrecortada.
mercredi 17 novembre 2010
Carrera de locos.
Y cuando no sabía qué contestar, salía corriendo. Y me dejaba solo con sus labios tatuados en la piel y el corazón desencajado. Un día la agarré del brazo y le pregunté por qué se escapaba siempre que le preguntaba si me quería. Me contestó que ella se iba con la magia que perdía cada vez que la metía en un compromiso. Ese día se quedó conmigo. Porque la magia ya se había ido y no había quien la pillara. Y que solo podíamos hacerla volver olvidando quienes éramos.
Ella quería magia, y yo nunca supe si me quería de verdad o era solo una simple carrera de locos en la que solo ella escuchaba el pistoletazo de salida.
Ella quería magia, y yo nunca supe si me quería de verdad o era solo una simple carrera de locos en la que solo ella escuchaba el pistoletazo de salida.
samedi 13 novembre 2010
Azul oscuro casi negro.
Y los días en que lo veía todo azul oscuro casi negro se metía en cualquier bar de hombres a beber whisky barato hasta perder el conocimiento.
Fue en uno de estos días en los que se encontró con aquél chico tan elegante del aeropuerto. Sí, aquél que le había preguntado por una de las esculturas que adornaban el vestíbulo, y después se lo había agradecido amablemente con unos ojos tristes que no pegaban con la sonrisa que mostraba. ¿Cómo dijo que se llamaba? Elliot, creo.
Y a la semana siguiente, lo volvió a ver en el chino de la esquina, aquél donde le gustaba comer los jueves a sus padres. Y también le pareció verlo cuando salío a pasear, y cuando fue a comprar el pan. Y finalmente, se encontraron en el pub donde siempre la llevaba su amiga Marga. Y las dos copas de más hicieron el resto.
Fue en uno de estos días en los que se encontró con aquél chico tan elegante del aeropuerto. Sí, aquél que le había preguntado por una de las esculturas que adornaban el vestíbulo, y después se lo había agradecido amablemente con unos ojos tristes que no pegaban con la sonrisa que mostraba. ¿Cómo dijo que se llamaba? Elliot, creo.
Y a la semana siguiente, lo volvió a ver en el chino de la esquina, aquél donde le gustaba comer los jueves a sus padres. Y también le pareció verlo cuando salío a pasear, y cuando fue a comprar el pan. Y finalmente, se encontraron en el pub donde siempre la llevaba su amiga Marga. Y las dos copas de más hicieron el resto.
Etiquetas:
Elliot.,
Greta.,
Otra tontería más.
vendredi 12 novembre 2010
En mi corazón, un concierto de Rock'n'roll.
- Ven aquí niña pecosa. – susurras - Tengo ganas de darte un achuchón.
Me agarras de la mano por debajo de las sábanas y me acercas a ti. Estás ardiendo, y al rozarnos, me da un repelús. Me besas la frente y me acurruco entre tus brazos.
Me has llevado a tu casa, y yo con el ruido de las llaves encajándose en la cerradura del portal, ya estaba nerviosa. Hemos subido las escaleras con prisas, tercero B. Me has pedido que te esperara en la puerta y te he oído trastear por casa. Muebles. Puertas. Luces parpadeantes. Des de dentro, te he escuchado cederme el paso. A oscuras. Que siguiera recto hasta chocar con una puerta, la abriera y me sentara sobre el sofá que habría a mi derecha. Un poco torpe, te he hecho caso.
Y sentada en el sofá, con las piernas encogidas, te he notado muy cerca. Pero todavía trasteabas algo.
- Ponte cómoda, nena.
Se me ha escapado la sonrisa, pero no me he movido. Te he visto, en sombras, cómo te colocabas de espaldas.
- Cuando quieras, enciende la lamparita que hay a tu izquierda. Princesa.
He alargado el brazo y le he dado al interruptor. Una luz tenue se ha ido encendiendo a poco a poco, mostrándome tu cuerpo de espaldas y parte del comedor. Y a la vez, una música sensual. Te has empezado a mover al compás de la música. Una camisa blanca con las mangas dobladas hasta el codo y unos pantalones de pitillo tejanos, no demasiado ajustados. Zapatos negros. Lentamente te has ido girando. Una corbata azul te rodeaba el cuello. Y tu mirada envenenada, colapsándome el pensamiento. Has empezado a acercarte a mí, seductoramente, desatándote el nudo de la corbata. La has dejado abierta en tu cuello, la has rozado por la nuca un par de veces y la has dejado caer al suelo. He sonreído y he cruzado las piernas. Te has mordido el labio y has ido desabrochándote la camisa. Cuando se te han acabado los botones, te has puesto de espaldas y You can leave your hat on. La camisa se ha ido deslizando por tu musculosa espalda morena. Te has quedado con ella en la mano y me has hecho una sonrisa de esas que me matan, restregándote la camisa por el pecho. Has caminado hacia atrás y me la has tirado. Yo la he agarrado. Dios, olía tan bien. Has vuelto a ponerte de espaldas, te has puesto las manos en los bolsillos traseros. El cinturón marrón, fuera, sensualmente. Lo has dejado caer. Los cordones de los zapatos. Y el pantalón, aunque con un movimiento un pelín más patoso, pero no menos excitante, también ha ido al suelo. Has agarrado la silla que tenías más cerca y te has sentado. Quitándote los calcetines, levantándome una ceja, como si fuera la cosa más erótica del mundo. Y me he puesto a reír, por tu cara, por tu pose, por mis ganas tontas de levantarme y quitarte lo que te queda de ropa. Te has pasado la mano por el pelo, alborotándotelo, y acabando la canción, has venido a besarme mientras apagabas la luz.
- ¿Tienes frío? ¿Quieres que traiga otra manta?
- Estoy perfectamente, Andrés, cariño. No te preocupes. Sólo te pido que no me sueltes en toda la noche.
Y por fin, mis ojos cerrados, imaginando un cielo infinitamente alto. Mi nariz, respirándote. Mis manos, una entrelazada con la tuya y la otra acariciando tu cintura. Mi pecho pegado a tus costillas. Mi pierna sobre las tuyas. En mi corazón, un concierto de Rock'n'roll. En mi espalda, dos alas. Y mi boca, aferrada a tus labios.
Me agarras de la mano por debajo de las sábanas y me acercas a ti. Estás ardiendo, y al rozarnos, me da un repelús. Me besas la frente y me acurruco entre tus brazos.
Me has llevado a tu casa, y yo con el ruido de las llaves encajándose en la cerradura del portal, ya estaba nerviosa. Hemos subido las escaleras con prisas, tercero B. Me has pedido que te esperara en la puerta y te he oído trastear por casa. Muebles. Puertas. Luces parpadeantes. Des de dentro, te he escuchado cederme el paso. A oscuras. Que siguiera recto hasta chocar con una puerta, la abriera y me sentara sobre el sofá que habría a mi derecha. Un poco torpe, te he hecho caso.
Y sentada en el sofá, con las piernas encogidas, te he notado muy cerca. Pero todavía trasteabas algo.
- Ponte cómoda, nena.
Se me ha escapado la sonrisa, pero no me he movido. Te he visto, en sombras, cómo te colocabas de espaldas.
- Cuando quieras, enciende la lamparita que hay a tu izquierda. Princesa.
He alargado el brazo y le he dado al interruptor. Una luz tenue se ha ido encendiendo a poco a poco, mostrándome tu cuerpo de espaldas y parte del comedor. Y a la vez, una música sensual. Te has empezado a mover al compás de la música. Una camisa blanca con las mangas dobladas hasta el codo y unos pantalones de pitillo tejanos, no demasiado ajustados. Zapatos negros. Lentamente te has ido girando. Una corbata azul te rodeaba el cuello. Y tu mirada envenenada, colapsándome el pensamiento. Has empezado a acercarte a mí, seductoramente, desatándote el nudo de la corbata. La has dejado abierta en tu cuello, la has rozado por la nuca un par de veces y la has dejado caer al suelo. He sonreído y he cruzado las piernas. Te has mordido el labio y has ido desabrochándote la camisa. Cuando se te han acabado los botones, te has puesto de espaldas y You can leave your hat on. La camisa se ha ido deslizando por tu musculosa espalda morena. Te has quedado con ella en la mano y me has hecho una sonrisa de esas que me matan, restregándote la camisa por el pecho. Has caminado hacia atrás y me la has tirado. Yo la he agarrado. Dios, olía tan bien. Has vuelto a ponerte de espaldas, te has puesto las manos en los bolsillos traseros. El cinturón marrón, fuera, sensualmente. Lo has dejado caer. Los cordones de los zapatos. Y el pantalón, aunque con un movimiento un pelín más patoso, pero no menos excitante, también ha ido al suelo. Has agarrado la silla que tenías más cerca y te has sentado. Quitándote los calcetines, levantándome una ceja, como si fuera la cosa más erótica del mundo. Y me he puesto a reír, por tu cara, por tu pose, por mis ganas tontas de levantarme y quitarte lo que te queda de ropa. Te has pasado la mano por el pelo, alborotándotelo, y acabando la canción, has venido a besarme mientras apagabas la luz.
- ¿Tienes frío? ¿Quieres que traiga otra manta?
- Estoy perfectamente, Andrés, cariño. No te preocupes. Sólo te pido que no me sueltes en toda la noche.
Y por fin, mis ojos cerrados, imaginando un cielo infinitamente alto. Mi nariz, respirándote. Mis manos, una entrelazada con la tuya y la otra acariciando tu cintura. Mi pecho pegado a tus costillas. Mi pierna sobre las tuyas. En mi corazón, un concierto de Rock'n'roll. En mi espalda, dos alas. Y mi boca, aferrada a tus labios.
Etiquetas:
Henar.,
Miguel.,
Otra tontería más.
dimanche 7 novembre 2010
Y que te gusta guardar tonterías en los cajones, ¿eh?
- Y que te gusta guardar tonterías en los cajones, ¿eh? – digo mientras te veo meter envoltorios de caramelos en una cajita pequeña.
- No son tonterías, Geert. – me pongo de cuclillas ante el cajón. - Mira, esa corbata es tuya. ¿Te acuerdas?
- Claro que me acuerdo. – la cojo. – Te la llevaste sin decirme nada.
- Quería tener un motivo para que nos volviéramos a ver. – me sonríes. Eres preciosa.
- Y en realidad no la necesitaste.
- Para nada. No me diste nada tuyo, ni tu número de teléfono. Y yo me llevé la corbata como si ella me fuese a decir donde podría encontrarte cuando despertara. – suspiras. – Qué ingenua.
Doblo la corbata y la encajo entre tus otras no-tonterías.
- ¿Se sabe algo de la camisa que perdí aquella noche?
- ¿La de niño pijo? - me miras sonriente y te saco la lengua.
Cuanto te gusta chincharme. Y qué poco aguanto yo sin devolverte la sonrisa.
- No. - sigues - La perdí de vista en cuanto te la quité. Seguramente debe estar allí todavía, al lado del árbol aquél enorme. Arrugada, enterrada entre las hojas y con huellas de mi pintalabios rojo.
- Qué bien te quedaban los labios así, Anouk. ¿Cuándo te los volverás a pintar?
- ¿Quieres pintármelos tú?
- No son tonterías, Geert. – me pongo de cuclillas ante el cajón. - Mira, esa corbata es tuya. ¿Te acuerdas?
- Claro que me acuerdo. – la cojo. – Te la llevaste sin decirme nada.
- Quería tener un motivo para que nos volviéramos a ver. – me sonríes. Eres preciosa.
- Y en realidad no la necesitaste.
- Para nada. No me diste nada tuyo, ni tu número de teléfono. Y yo me llevé la corbata como si ella me fuese a decir donde podría encontrarte cuando despertara. – suspiras. – Qué ingenua.
Doblo la corbata y la encajo entre tus otras no-tonterías.
- ¿Se sabe algo de la camisa que perdí aquella noche?
- ¿La de niño pijo? - me miras sonriente y te saco la lengua.
Cuanto te gusta chincharme. Y qué poco aguanto yo sin devolverte la sonrisa.
- No. - sigues - La perdí de vista en cuanto te la quité. Seguramente debe estar allí todavía, al lado del árbol aquél enorme. Arrugada, enterrada entre las hojas y con huellas de mi pintalabios rojo.
- Qué bien te quedaban los labios así, Anouk. ¿Cuándo te los volverás a pintar?
- ¿Quieres pintármelos tú?
Etiquetas:
Anouk.,
Geert.,
Otra tontería más.
samedi 6 novembre 2010
Entonces lo cerraba todo, y sudábamos.
Porque Anouk dejaba una ventana abierta todas las noches. Solía ser la de la cocina, así se levantaba las mañanas de invierno, cuando eran las 5 y todavía no había amanecido, para tomarse un vaso de leche muy caliente, con aquella ventana abierta y el aire rozándole las mejillas sonrojadas. A mí me contó que lo hacía para cambiar de aires por las noches. Menos cuando pasaba las noches conmigo, en su cama. Entonces lo cerraba todo, y sudábamos. Nuestros aires no tenían que cambiar, con que fuera lo mismo de todos los viernes por la noche, le bastaba. Pero al acabar, se esperaba a que me durmiera para levantarse de puntillas y abrirla de nuevo. Entonces se volvía a meter en la cama, con los pies fríos, se acurrucaba contra mi pecho y me susurraba que la abrazara, que se estaba muriendo de frío. Y es que a esas horas ya había amanecido, pero la persiana seguía extendida, compartiendo su vicio de dormir de día conmigo. Entonces nos levantábamos los sábados por la tarde, despeinados, con ganas de salir a reírnos por las calles iluminadas.
Anouk era la mejor. Una niña friolera que amaba el aire congelado, que lloraba sólo para después sentirse mejor y que tenía miedo a equivocarse. Y era mía, por supuesto.
Anouk era la mejor. Una niña friolera que amaba el aire congelado, que lloraba sólo para después sentirse mejor y que tenía miedo a equivocarse. Y era mía, por supuesto.
Etiquetas:
Anouk.,
Geert.,
Otra tontería más.
jeudi 4 novembre 2010
En su pequeño ático.
Y una vez al mes se pedía el día libre, se metía en su pequeño ático y observaba las luces de la ciudad mientras derramaba lágrimas lentamente. Y las estrellas se nublaban mientras se arropaba con la manta que antes olía a Lisette, y ahora apesta a soledad.
Etiquetas:
Elliot.,
Lisette.,
Otra tontería más.
mercredi 3 novembre 2010
¿Has visto, Henar? El mundo del revés.
- Sobretodo no me sueltes. – aprietas fuertemente mi mano. - Venga Henar, a la de tres – suspiras. - saltamos al vacío.
Anouk se ha pasado por mi casa esta mañana para devolverme el libro de recetas que me regaló mi tía hace un par de años. De allí saqué mi famoso pastel de arándanos, el que nunca está bueno pero que a Miguel le encantaba. Pues se lo dejé la semana pasada para que le hiciera magdalenas de chocolate a Noa, que no hay merienda que le guste más. Y ayer mismo le dije que no hacía falta que me lo devolviera hoy, que podía hacerlo el lunes, cuando nos viéramos en clase de Matemáticas. Ella insistió, y esta mañana, cuando ya lo tenía entre mis manos, he entendido el porqué de las prisas. Entre las páginas 22 y 23 había un sobre.
“Aquí me tienes. Léeme detenidamente. Si decides aceptar la locura, te espero esta tarde a las 16h en el puente de la carretera. […]”
Y aquí estoy yo, contigo. Con una cuerda atándome los tobillos y subida en el borde del dicho puente, con las rodillas temblando y el corazón a dos millones por segundo.
- Uno.
Trago saliva.
- Dos.
Tengo miedo.
- ¡Tres!
- ¡Salta! – grito. Alargo la última vocal, chillando, creyendo que voy a explotar de tanta adrenalina. Sensación extrema. Mis ojos cerrados y el ceño fruncido, probablemente, con cara de sufrimiento. Mi alma, fuera de mi cuerpo. Libertad. Volando sin alas durante dos segundos y medio. Cayendo en picado a la velocidad que exige la gravedad. La cuerda se tensa y nos frena en seco, haciéndonos retroceder algunos metros, dejándonos caer de nuevo. Y sigo gritando.
¿Y a ti, Andrés? Se te escapa la risa. Sonríes enormemente. ¡Pero si también es tu primera vez! Cómo puedes. ¿No has tenido miedo?
Después de un par de rebotes, nos quedamos bocabajo unos segundos. Sueltas mi mano y me agarras de la cintura. Frente a frente, miras mi cara que muestra una felicidad enorme y un gran alivio.
- ¿Has visto, Henar? El mundo del revés.
- Ahora se parece un poco más al mío, así como retorcido.
Te ríes.
- ¿Pero como puedes reírte ahora? ¿Sabes el miedo que tengo yo? ¿Y si la cuerda se rompe? Madre mía. ¿No había una locura más suave?
- Yo ya había experimentado esta sensación. Una tarde de lluvia, mientras compartíamos unas simples palomitas.
Anouk se ha pasado por mi casa esta mañana para devolverme el libro de recetas que me regaló mi tía hace un par de años. De allí saqué mi famoso pastel de arándanos, el que nunca está bueno pero que a Miguel le encantaba. Pues se lo dejé la semana pasada para que le hiciera magdalenas de chocolate a Noa, que no hay merienda que le guste más. Y ayer mismo le dije que no hacía falta que me lo devolviera hoy, que podía hacerlo el lunes, cuando nos viéramos en clase de Matemáticas. Ella insistió, y esta mañana, cuando ya lo tenía entre mis manos, he entendido el porqué de las prisas. Entre las páginas 22 y 23 había un sobre.
“Aquí me tienes. Léeme detenidamente. Si decides aceptar la locura, te espero esta tarde a las 16h en el puente de la carretera. […]”
Y aquí estoy yo, contigo. Con una cuerda atándome los tobillos y subida en el borde del dicho puente, con las rodillas temblando y el corazón a dos millones por segundo.
- Uno.
Trago saliva.
- Dos.
Tengo miedo.
- ¡Tres!
- ¡Salta! – grito. Alargo la última vocal, chillando, creyendo que voy a explotar de tanta adrenalina. Sensación extrema. Mis ojos cerrados y el ceño fruncido, probablemente, con cara de sufrimiento. Mi alma, fuera de mi cuerpo. Libertad. Volando sin alas durante dos segundos y medio. Cayendo en picado a la velocidad que exige la gravedad. La cuerda se tensa y nos frena en seco, haciéndonos retroceder algunos metros, dejándonos caer de nuevo. Y sigo gritando.
¿Y a ti, Andrés? Se te escapa la risa. Sonríes enormemente. ¡Pero si también es tu primera vez! Cómo puedes. ¿No has tenido miedo?
Después de un par de rebotes, nos quedamos bocabajo unos segundos. Sueltas mi mano y me agarras de la cintura. Frente a frente, miras mi cara que muestra una felicidad enorme y un gran alivio.
- ¿Has visto, Henar? El mundo del revés.
- Ahora se parece un poco más al mío, así como retorcido.
Te ríes.
- ¿Pero como puedes reírte ahora? ¿Sabes el miedo que tengo yo? ¿Y si la cuerda se rompe? Madre mía. ¿No había una locura más suave?
- Yo ya había experimentado esta sensación. Una tarde de lluvia, mientras compartíamos unas simples palomitas.
mardi 2 novembre 2010
Ha llovido mucho desde entonces, pequeña.
Y una mañana la encontré envuelta con el edredón, tapada por completo. Que no quería levantarse, decía, que si el día iba a ser como el anterior, que prefería dormir hasta que el ayer estuviera muy lejos. Estiré de sus mantas y una niña pecosa con el pelo corto y despuntado por la nuca me miraba diciendo que ya no volvería a sonreír nunca más.
Ha llovido mucho desde entonces, pequeña.
¿Te acuerdas de cuando te llevé a la playa el segundo sábado de Noviembre? Antes de llegar y con los ojos vendados te escuché decir que olía a mar. Y cuando se puso a llover, Henar. Chorreando que nos quedamos, los dos tumbados en la arena, viendo como, cada gota, hacía vibrar el mar.
¿Y la nevada de Enero? A penas me costó sacarte de casa. Tú y tus manoplas, que no sabía cómo darte la mano, con la vergüenza que me da siempre. Y tú te reías, te la quitabas y por debajo de la bufanda me sonreías mientras entrelazabas nuestros dedos.
Y cuando quisimos darnos cuenta, ya volvía a ser verano. Y de nuevo paseabas por las calles soleadas con tus pantalones cortos tan amarillos. Y tu pelo, otra vez largo, y trenzado hasta media espalda.
Un parpadeo más, y 26 de Octubre. Un año, ya. Y yo te he visto sonreír tantas veces.
No te rindas nunca.
Un post-it naranja fluorescente pegado en el cabezal de la cama:
¿Sabes? He tenido una idea. Mañana, no sé cómo, recibirás una carta. Voy a proponerte una locura.
Andrés.
Ha llovido mucho desde entonces, pequeña.
¿Te acuerdas de cuando te llevé a la playa el segundo sábado de Noviembre? Antes de llegar y con los ojos vendados te escuché decir que olía a mar. Y cuando se puso a llover, Henar. Chorreando que nos quedamos, los dos tumbados en la arena, viendo como, cada gota, hacía vibrar el mar.
¿Y la nevada de Enero? A penas me costó sacarte de casa. Tú y tus manoplas, que no sabía cómo darte la mano, con la vergüenza que me da siempre. Y tú te reías, te la quitabas y por debajo de la bufanda me sonreías mientras entrelazabas nuestros dedos.
Y cuando quisimos darnos cuenta, ya volvía a ser verano. Y de nuevo paseabas por las calles soleadas con tus pantalones cortos tan amarillos. Y tu pelo, otra vez largo, y trenzado hasta media espalda.
Un parpadeo más, y 26 de Octubre. Un año, ya. Y yo te he visto sonreír tantas veces.
No te rindas nunca.
Un post-it naranja fluorescente pegado en el cabezal de la cama:
¿Sabes? He tenido una idea. Mañana, no sé cómo, recibirás una carta. Voy a proponerte una locura.
Andrés.
Etiquetas:
Andrés.,
Henar.,
Lisette.,
Otra tontería más.
Inscription à :
Articles (Atom)