Camino lentamente por la cocina. Me hago un vaso de leche sin apartar la mirada de ti. Con los ojos bien abiertos. Me siento delante tuyo. Un trago de leche, y con él, tres mil seiscientas dos palabras que llevaba elaborando para ti durante estos 406 días y 406 noches, rasgándome la garganta. Y a ti te tiemblan las manos. Te brillan los ojos y te noto las pestañas húmedas. Otro trago de leche caliente, que le sirve de leña la hoguera de mi estómago. La tensión acumulada en el techo de la cocina se puede cortar con un cuchillo. Tu mirada apuñala. Por un momento creo que formas parte de mi puta imaginación. Eso es, un simple espejismo. Hago una risita. Menudo susto. Creí que habías vuelto.
- No tengo ninguna excusa para intentar suplicar que me perdones.
Y creía bien. Miguel, después de tanto, sentado de nuevo frente mi desayuno. Como las mañanas de domingo de hace 406 días.
- ¿Qué quieres? – vomito, por fin.
- Nada. – tiemblas. – Sólo saber cómo estás.
Igual que si hubiera apretado el gatillo. Ahí estaba la bala, encajada entre mis pulmones, agujereándome el pecho. Y yo desangrándome.
Y te digo que estoy bien, que soy muy feliz. Y que ya hace tiempo que arrojé al olvido todo lo que sentía. Que casi no me has hecho falta. Que gracias por haber desaparecido totalmente, por habérmelo puesto tan difícil. Que he sobrevivido gracias a Andrés y a Lisette, aunque esta última también se acabara marchando.
- Me enseñaron a dar de lo que recibía. No solo me abandonaste, Miguel. También te olvidaste de mí.
- Te recordé siempre.
Otro disparo, aquí en mi garganta. Detesto que sepas perfectamente donde apuntar. Y también que seas un lector de mentes. Pero ya no aguanto más. Tus labios me chillan que los muerda y los bese hasta dejarlos sin aliento. Y te deseo, Miguel. Desde que te fuiste llevo 406 putas noches deseándote. Acostándome con Andrés, haciéndole mimitos a Andrés. Pero en realidad sabes, tú mejor que yo, que hay un rinconcito que él no puede llenar. Besarte o no querer verte nunca más. Llenar mi vacío o seguir las reglas del juego.
- Vete.
«Vaya dos tontas llamándose Sépia&Calamar, vaya tontería más importante♥»
dimanche 28 novembre 2010
vendredi 26 novembre 2010
Touché. (I)
Domingo helado. Y yo enredada entre la manta grande, la que pesa y me quita el frío. Andrés se ha ido hace un par de horas. Son las siete y poco, seguro. Tengo hambre de un vasito de leche caliente. Me destapo a la de tres y me pongo los calcetines gordos de andar por casa. No son antideslizantes, eh. Sino no tendría gracia ir descalza, con lo divertido que es ir derrapando por los pasillos. Patino hasta el baño y me refresco la cara. Hago una mueca delante del espejo y me río yo sola. Cojo carrerilla y me deslizo hasta la cocina. Derrapo y me agarro al quicio de la puerta para no estamparme contra la nevera. Y silencio. Mucho frío. Más silencio. Peor, muchísimo peor que si me hubiera estrellado contra el frigorífico.
- Puedes echarme.
Pausa de 16845 años.
(continuará).
- Puedes echarme.
Pausa de 16845 años.
(continuará).
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Henar.,
Miguel.,
Otra tontería más.
mercredi 24 novembre 2010
La tontería se alargaba toda la noche.
Me encantaba que se pintara las uñas de rojo. Luego me dejaba que la invitara a un café por la tarde, en el primer bar que hace esquina, y me hacía cosquillitas en los brazos con sus dedos. Entonces entre el café, las cosquillas, sus labios y mi vicio, la tontería se alargaba toda la noche. Y despertar con su piel desnuda a mi ladito, era lo que más me hacía sonreír.
lundi 22 novembre 2010
Felicidad entrecortada.
Empezó a llorar lento. Se le encharcaron los ojos hasta que no pudo verme. Y pestañeó un poquito, empujando lágrimas que se atropellaban en sus mejillas, le rozaban la comisura de los labios y se suicidaban en la barbilla. Clavó las uñas en las rodillas y me confesó que esa broma de que no la quería, no había tenido gracia. Entonces le abracé ese cuerpito de niña. Y la estreché contra mi pecho hasta que dejó de llorar.
Ella le quería 0,2 más que él. Y fue ese poquito de más lo que le hizo inundar la habitación aquél domingo por la tarde.
Felicidad entrecortada.
Ella le quería 0,2 más que él. Y fue ese poquito de más lo que le hizo inundar la habitación aquél domingo por la tarde.
Felicidad entrecortada.
mercredi 17 novembre 2010
Carrera de locos.
Y cuando no sabía qué contestar, salía corriendo. Y me dejaba solo con sus labios tatuados en la piel y el corazón desencajado. Un día la agarré del brazo y le pregunté por qué se escapaba siempre que le preguntaba si me quería. Me contestó que ella se iba con la magia que perdía cada vez que la metía en un compromiso. Ese día se quedó conmigo. Porque la magia ya se había ido y no había quien la pillara. Y que solo podíamos hacerla volver olvidando quienes éramos.
Ella quería magia, y yo nunca supe si me quería de verdad o era solo una simple carrera de locos en la que solo ella escuchaba el pistoletazo de salida.
Ella quería magia, y yo nunca supe si me quería de verdad o era solo una simple carrera de locos en la que solo ella escuchaba el pistoletazo de salida.
samedi 13 novembre 2010
Azul oscuro casi negro.
Y los días en que lo veía todo azul oscuro casi negro se metía en cualquier bar de hombres a beber whisky barato hasta perder el conocimiento.
Fue en uno de estos días en los que se encontró con aquél chico tan elegante del aeropuerto. Sí, aquél que le había preguntado por una de las esculturas que adornaban el vestíbulo, y después se lo había agradecido amablemente con unos ojos tristes que no pegaban con la sonrisa que mostraba. ¿Cómo dijo que se llamaba? Elliot, creo.
Y a la semana siguiente, lo volvió a ver en el chino de la esquina, aquél donde le gustaba comer los jueves a sus padres. Y también le pareció verlo cuando salío a pasear, y cuando fue a comprar el pan. Y finalmente, se encontraron en el pub donde siempre la llevaba su amiga Marga. Y las dos copas de más hicieron el resto.
Fue en uno de estos días en los que se encontró con aquél chico tan elegante del aeropuerto. Sí, aquél que le había preguntado por una de las esculturas que adornaban el vestíbulo, y después se lo había agradecido amablemente con unos ojos tristes que no pegaban con la sonrisa que mostraba. ¿Cómo dijo que se llamaba? Elliot, creo.
Y a la semana siguiente, lo volvió a ver en el chino de la esquina, aquél donde le gustaba comer los jueves a sus padres. Y también le pareció verlo cuando salío a pasear, y cuando fue a comprar el pan. Y finalmente, se encontraron en el pub donde siempre la llevaba su amiga Marga. Y las dos copas de más hicieron el resto.
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Elliot.,
Greta.,
Otra tontería más.
vendredi 12 novembre 2010
En mi corazón, un concierto de Rock'n'roll.
- Ven aquí niña pecosa. – susurras - Tengo ganas de darte un achuchón.
Me agarras de la mano por debajo de las sábanas y me acercas a ti. Estás ardiendo, y al rozarnos, me da un repelús. Me besas la frente y me acurruco entre tus brazos.
Me has llevado a tu casa, y yo con el ruido de las llaves encajándose en la cerradura del portal, ya estaba nerviosa. Hemos subido las escaleras con prisas, tercero B. Me has pedido que te esperara en la puerta y te he oído trastear por casa. Muebles. Puertas. Luces parpadeantes. Des de dentro, te he escuchado cederme el paso. A oscuras. Que siguiera recto hasta chocar con una puerta, la abriera y me sentara sobre el sofá que habría a mi derecha. Un poco torpe, te he hecho caso.
Y sentada en el sofá, con las piernas encogidas, te he notado muy cerca. Pero todavía trasteabas algo.
- Ponte cómoda, nena.
Se me ha escapado la sonrisa, pero no me he movido. Te he visto, en sombras, cómo te colocabas de espaldas.
- Cuando quieras, enciende la lamparita que hay a tu izquierda. Princesa.
He alargado el brazo y le he dado al interruptor. Una luz tenue se ha ido encendiendo a poco a poco, mostrándome tu cuerpo de espaldas y parte del comedor. Y a la vez, una música sensual. Te has empezado a mover al compás de la música. Una camisa blanca con las mangas dobladas hasta el codo y unos pantalones de pitillo tejanos, no demasiado ajustados. Zapatos negros. Lentamente te has ido girando. Una corbata azul te rodeaba el cuello. Y tu mirada envenenada, colapsándome el pensamiento. Has empezado a acercarte a mí, seductoramente, desatándote el nudo de la corbata. La has dejado abierta en tu cuello, la has rozado por la nuca un par de veces y la has dejado caer al suelo. He sonreído y he cruzado las piernas. Te has mordido el labio y has ido desabrochándote la camisa. Cuando se te han acabado los botones, te has puesto de espaldas y You can leave your hat on. La camisa se ha ido deslizando por tu musculosa espalda morena. Te has quedado con ella en la mano y me has hecho una sonrisa de esas que me matan, restregándote la camisa por el pecho. Has caminado hacia atrás y me la has tirado. Yo la he agarrado. Dios, olía tan bien. Has vuelto a ponerte de espaldas, te has puesto las manos en los bolsillos traseros. El cinturón marrón, fuera, sensualmente. Lo has dejado caer. Los cordones de los zapatos. Y el pantalón, aunque con un movimiento un pelín más patoso, pero no menos excitante, también ha ido al suelo. Has agarrado la silla que tenías más cerca y te has sentado. Quitándote los calcetines, levantándome una ceja, como si fuera la cosa más erótica del mundo. Y me he puesto a reír, por tu cara, por tu pose, por mis ganas tontas de levantarme y quitarte lo que te queda de ropa. Te has pasado la mano por el pelo, alborotándotelo, y acabando la canción, has venido a besarme mientras apagabas la luz.
- ¿Tienes frío? ¿Quieres que traiga otra manta?
- Estoy perfectamente, Andrés, cariño. No te preocupes. Sólo te pido que no me sueltes en toda la noche.
Y por fin, mis ojos cerrados, imaginando un cielo infinitamente alto. Mi nariz, respirándote. Mis manos, una entrelazada con la tuya y la otra acariciando tu cintura. Mi pecho pegado a tus costillas. Mi pierna sobre las tuyas. En mi corazón, un concierto de Rock'n'roll. En mi espalda, dos alas. Y mi boca, aferrada a tus labios.
Me agarras de la mano por debajo de las sábanas y me acercas a ti. Estás ardiendo, y al rozarnos, me da un repelús. Me besas la frente y me acurruco entre tus brazos.
Me has llevado a tu casa, y yo con el ruido de las llaves encajándose en la cerradura del portal, ya estaba nerviosa. Hemos subido las escaleras con prisas, tercero B. Me has pedido que te esperara en la puerta y te he oído trastear por casa. Muebles. Puertas. Luces parpadeantes. Des de dentro, te he escuchado cederme el paso. A oscuras. Que siguiera recto hasta chocar con una puerta, la abriera y me sentara sobre el sofá que habría a mi derecha. Un poco torpe, te he hecho caso.
Y sentada en el sofá, con las piernas encogidas, te he notado muy cerca. Pero todavía trasteabas algo.
- Ponte cómoda, nena.
Se me ha escapado la sonrisa, pero no me he movido. Te he visto, en sombras, cómo te colocabas de espaldas.
- Cuando quieras, enciende la lamparita que hay a tu izquierda. Princesa.
He alargado el brazo y le he dado al interruptor. Una luz tenue se ha ido encendiendo a poco a poco, mostrándome tu cuerpo de espaldas y parte del comedor. Y a la vez, una música sensual. Te has empezado a mover al compás de la música. Una camisa blanca con las mangas dobladas hasta el codo y unos pantalones de pitillo tejanos, no demasiado ajustados. Zapatos negros. Lentamente te has ido girando. Una corbata azul te rodeaba el cuello. Y tu mirada envenenada, colapsándome el pensamiento. Has empezado a acercarte a mí, seductoramente, desatándote el nudo de la corbata. La has dejado abierta en tu cuello, la has rozado por la nuca un par de veces y la has dejado caer al suelo. He sonreído y he cruzado las piernas. Te has mordido el labio y has ido desabrochándote la camisa. Cuando se te han acabado los botones, te has puesto de espaldas y You can leave your hat on. La camisa se ha ido deslizando por tu musculosa espalda morena. Te has quedado con ella en la mano y me has hecho una sonrisa de esas que me matan, restregándote la camisa por el pecho. Has caminado hacia atrás y me la has tirado. Yo la he agarrado. Dios, olía tan bien. Has vuelto a ponerte de espaldas, te has puesto las manos en los bolsillos traseros. El cinturón marrón, fuera, sensualmente. Lo has dejado caer. Los cordones de los zapatos. Y el pantalón, aunque con un movimiento un pelín más patoso, pero no menos excitante, también ha ido al suelo. Has agarrado la silla que tenías más cerca y te has sentado. Quitándote los calcetines, levantándome una ceja, como si fuera la cosa más erótica del mundo. Y me he puesto a reír, por tu cara, por tu pose, por mis ganas tontas de levantarme y quitarte lo que te queda de ropa. Te has pasado la mano por el pelo, alborotándotelo, y acabando la canción, has venido a besarme mientras apagabas la luz.
- ¿Tienes frío? ¿Quieres que traiga otra manta?
- Estoy perfectamente, Andrés, cariño. No te preocupes. Sólo te pido que no me sueltes en toda la noche.
Y por fin, mis ojos cerrados, imaginando un cielo infinitamente alto. Mi nariz, respirándote. Mis manos, una entrelazada con la tuya y la otra acariciando tu cintura. Mi pecho pegado a tus costillas. Mi pierna sobre las tuyas. En mi corazón, un concierto de Rock'n'roll. En mi espalda, dos alas. Y mi boca, aferrada a tus labios.
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Henar.,
Miguel.,
Otra tontería más.
dimanche 7 novembre 2010
Y que te gusta guardar tonterías en los cajones, ¿eh?
- Y que te gusta guardar tonterías en los cajones, ¿eh? – digo mientras te veo meter envoltorios de caramelos en una cajita pequeña.
- No son tonterías, Geert. – me pongo de cuclillas ante el cajón. - Mira, esa corbata es tuya. ¿Te acuerdas?
- Claro que me acuerdo. – la cojo. – Te la llevaste sin decirme nada.
- Quería tener un motivo para que nos volviéramos a ver. – me sonríes. Eres preciosa.
- Y en realidad no la necesitaste.
- Para nada. No me diste nada tuyo, ni tu número de teléfono. Y yo me llevé la corbata como si ella me fuese a decir donde podría encontrarte cuando despertara. – suspiras. – Qué ingenua.
Doblo la corbata y la encajo entre tus otras no-tonterías.
- ¿Se sabe algo de la camisa que perdí aquella noche?
- ¿La de niño pijo? - me miras sonriente y te saco la lengua.
Cuanto te gusta chincharme. Y qué poco aguanto yo sin devolverte la sonrisa.
- No. - sigues - La perdí de vista en cuanto te la quité. Seguramente debe estar allí todavía, al lado del árbol aquél enorme. Arrugada, enterrada entre las hojas y con huellas de mi pintalabios rojo.
- Qué bien te quedaban los labios así, Anouk. ¿Cuándo te los volverás a pintar?
- ¿Quieres pintármelos tú?
- No son tonterías, Geert. – me pongo de cuclillas ante el cajón. - Mira, esa corbata es tuya. ¿Te acuerdas?
- Claro que me acuerdo. – la cojo. – Te la llevaste sin decirme nada.
- Quería tener un motivo para que nos volviéramos a ver. – me sonríes. Eres preciosa.
- Y en realidad no la necesitaste.
- Para nada. No me diste nada tuyo, ni tu número de teléfono. Y yo me llevé la corbata como si ella me fuese a decir donde podría encontrarte cuando despertara. – suspiras. – Qué ingenua.
Doblo la corbata y la encajo entre tus otras no-tonterías.
- ¿Se sabe algo de la camisa que perdí aquella noche?
- ¿La de niño pijo? - me miras sonriente y te saco la lengua.
Cuanto te gusta chincharme. Y qué poco aguanto yo sin devolverte la sonrisa.
- No. - sigues - La perdí de vista en cuanto te la quité. Seguramente debe estar allí todavía, al lado del árbol aquél enorme. Arrugada, enterrada entre las hojas y con huellas de mi pintalabios rojo.
- Qué bien te quedaban los labios así, Anouk. ¿Cuándo te los volverás a pintar?
- ¿Quieres pintármelos tú?
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Anouk.,
Geert.,
Otra tontería más.
samedi 6 novembre 2010
Entonces lo cerraba todo, y sudábamos.
Porque Anouk dejaba una ventana abierta todas las noches. Solía ser la de la cocina, así se levantaba las mañanas de invierno, cuando eran las 5 y todavía no había amanecido, para tomarse un vaso de leche muy caliente, con aquella ventana abierta y el aire rozándole las mejillas sonrojadas. A mí me contó que lo hacía para cambiar de aires por las noches. Menos cuando pasaba las noches conmigo, en su cama. Entonces lo cerraba todo, y sudábamos. Nuestros aires no tenían que cambiar, con que fuera lo mismo de todos los viernes por la noche, le bastaba. Pero al acabar, se esperaba a que me durmiera para levantarse de puntillas y abrirla de nuevo. Entonces se volvía a meter en la cama, con los pies fríos, se acurrucaba contra mi pecho y me susurraba que la abrazara, que se estaba muriendo de frío. Y es que a esas horas ya había amanecido, pero la persiana seguía extendida, compartiendo su vicio de dormir de día conmigo. Entonces nos levantábamos los sábados por la tarde, despeinados, con ganas de salir a reírnos por las calles iluminadas.
Anouk era la mejor. Una niña friolera que amaba el aire congelado, que lloraba sólo para después sentirse mejor y que tenía miedo a equivocarse. Y era mía, por supuesto.
Anouk era la mejor. Una niña friolera que amaba el aire congelado, que lloraba sólo para después sentirse mejor y que tenía miedo a equivocarse. Y era mía, por supuesto.
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Anouk.,
Geert.,
Otra tontería más.
jeudi 4 novembre 2010
En su pequeño ático.
Y una vez al mes se pedía el día libre, se metía en su pequeño ático y observaba las luces de la ciudad mientras derramaba lágrimas lentamente. Y las estrellas se nublaban mientras se arropaba con la manta que antes olía a Lisette, y ahora apesta a soledad.
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Elliot.,
Lisette.,
Otra tontería más.
mercredi 3 novembre 2010
¿Has visto, Henar? El mundo del revés.
- Sobretodo no me sueltes. – aprietas fuertemente mi mano. - Venga Henar, a la de tres – suspiras. - saltamos al vacío.
Anouk se ha pasado por mi casa esta mañana para devolverme el libro de recetas que me regaló mi tía hace un par de años. De allí saqué mi famoso pastel de arándanos, el que nunca está bueno pero que a Miguel le encantaba. Pues se lo dejé la semana pasada para que le hiciera magdalenas de chocolate a Noa, que no hay merienda que le guste más. Y ayer mismo le dije que no hacía falta que me lo devolviera hoy, que podía hacerlo el lunes, cuando nos viéramos en clase de Matemáticas. Ella insistió, y esta mañana, cuando ya lo tenía entre mis manos, he entendido el porqué de las prisas. Entre las páginas 22 y 23 había un sobre.
“Aquí me tienes. Léeme detenidamente. Si decides aceptar la locura, te espero esta tarde a las 16h en el puente de la carretera. […]”
Y aquí estoy yo, contigo. Con una cuerda atándome los tobillos y subida en el borde del dicho puente, con las rodillas temblando y el corazón a dos millones por segundo.
- Uno.
Trago saliva.
- Dos.
Tengo miedo.
- ¡Tres!
- ¡Salta! – grito. Alargo la última vocal, chillando, creyendo que voy a explotar de tanta adrenalina. Sensación extrema. Mis ojos cerrados y el ceño fruncido, probablemente, con cara de sufrimiento. Mi alma, fuera de mi cuerpo. Libertad. Volando sin alas durante dos segundos y medio. Cayendo en picado a la velocidad que exige la gravedad. La cuerda se tensa y nos frena en seco, haciéndonos retroceder algunos metros, dejándonos caer de nuevo. Y sigo gritando.
¿Y a ti, Andrés? Se te escapa la risa. Sonríes enormemente. ¡Pero si también es tu primera vez! Cómo puedes. ¿No has tenido miedo?
Después de un par de rebotes, nos quedamos bocabajo unos segundos. Sueltas mi mano y me agarras de la cintura. Frente a frente, miras mi cara que muestra una felicidad enorme y un gran alivio.
- ¿Has visto, Henar? El mundo del revés.
- Ahora se parece un poco más al mío, así como retorcido.
Te ríes.
- ¿Pero como puedes reírte ahora? ¿Sabes el miedo que tengo yo? ¿Y si la cuerda se rompe? Madre mía. ¿No había una locura más suave?
- Yo ya había experimentado esta sensación. Una tarde de lluvia, mientras compartíamos unas simples palomitas.
Anouk se ha pasado por mi casa esta mañana para devolverme el libro de recetas que me regaló mi tía hace un par de años. De allí saqué mi famoso pastel de arándanos, el que nunca está bueno pero que a Miguel le encantaba. Pues se lo dejé la semana pasada para que le hiciera magdalenas de chocolate a Noa, que no hay merienda que le guste más. Y ayer mismo le dije que no hacía falta que me lo devolviera hoy, que podía hacerlo el lunes, cuando nos viéramos en clase de Matemáticas. Ella insistió, y esta mañana, cuando ya lo tenía entre mis manos, he entendido el porqué de las prisas. Entre las páginas 22 y 23 había un sobre.
“Aquí me tienes. Léeme detenidamente. Si decides aceptar la locura, te espero esta tarde a las 16h en el puente de la carretera. […]”
Y aquí estoy yo, contigo. Con una cuerda atándome los tobillos y subida en el borde del dicho puente, con las rodillas temblando y el corazón a dos millones por segundo.
- Uno.
Trago saliva.
- Dos.
Tengo miedo.
- ¡Tres!
- ¡Salta! – grito. Alargo la última vocal, chillando, creyendo que voy a explotar de tanta adrenalina. Sensación extrema. Mis ojos cerrados y el ceño fruncido, probablemente, con cara de sufrimiento. Mi alma, fuera de mi cuerpo. Libertad. Volando sin alas durante dos segundos y medio. Cayendo en picado a la velocidad que exige la gravedad. La cuerda se tensa y nos frena en seco, haciéndonos retroceder algunos metros, dejándonos caer de nuevo. Y sigo gritando.
¿Y a ti, Andrés? Se te escapa la risa. Sonríes enormemente. ¡Pero si también es tu primera vez! Cómo puedes. ¿No has tenido miedo?
Después de un par de rebotes, nos quedamos bocabajo unos segundos. Sueltas mi mano y me agarras de la cintura. Frente a frente, miras mi cara que muestra una felicidad enorme y un gran alivio.
- ¿Has visto, Henar? El mundo del revés.
- Ahora se parece un poco más al mío, así como retorcido.
Te ríes.
- ¿Pero como puedes reírte ahora? ¿Sabes el miedo que tengo yo? ¿Y si la cuerda se rompe? Madre mía. ¿No había una locura más suave?
- Yo ya había experimentado esta sensación. Una tarde de lluvia, mientras compartíamos unas simples palomitas.
mardi 2 novembre 2010
Ha llovido mucho desde entonces, pequeña.
Y una mañana la encontré envuelta con el edredón, tapada por completo. Que no quería levantarse, decía, que si el día iba a ser como el anterior, que prefería dormir hasta que el ayer estuviera muy lejos. Estiré de sus mantas y una niña pecosa con el pelo corto y despuntado por la nuca me miraba diciendo que ya no volvería a sonreír nunca más.
Ha llovido mucho desde entonces, pequeña.
¿Te acuerdas de cuando te llevé a la playa el segundo sábado de Noviembre? Antes de llegar y con los ojos vendados te escuché decir que olía a mar. Y cuando se puso a llover, Henar. Chorreando que nos quedamos, los dos tumbados en la arena, viendo como, cada gota, hacía vibrar el mar.
¿Y la nevada de Enero? A penas me costó sacarte de casa. Tú y tus manoplas, que no sabía cómo darte la mano, con la vergüenza que me da siempre. Y tú te reías, te la quitabas y por debajo de la bufanda me sonreías mientras entrelazabas nuestros dedos.
Y cuando quisimos darnos cuenta, ya volvía a ser verano. Y de nuevo paseabas por las calles soleadas con tus pantalones cortos tan amarillos. Y tu pelo, otra vez largo, y trenzado hasta media espalda.
Un parpadeo más, y 26 de Octubre. Un año, ya. Y yo te he visto sonreír tantas veces.
No te rindas nunca.
Un post-it naranja fluorescente pegado en el cabezal de la cama:
¿Sabes? He tenido una idea. Mañana, no sé cómo, recibirás una carta. Voy a proponerte una locura.
Andrés.
Ha llovido mucho desde entonces, pequeña.
¿Te acuerdas de cuando te llevé a la playa el segundo sábado de Noviembre? Antes de llegar y con los ojos vendados te escuché decir que olía a mar. Y cuando se puso a llover, Henar. Chorreando que nos quedamos, los dos tumbados en la arena, viendo como, cada gota, hacía vibrar el mar.
¿Y la nevada de Enero? A penas me costó sacarte de casa. Tú y tus manoplas, que no sabía cómo darte la mano, con la vergüenza que me da siempre. Y tú te reías, te la quitabas y por debajo de la bufanda me sonreías mientras entrelazabas nuestros dedos.
Y cuando quisimos darnos cuenta, ya volvía a ser verano. Y de nuevo paseabas por las calles soleadas con tus pantalones cortos tan amarillos. Y tu pelo, otra vez largo, y trenzado hasta media espalda.
Un parpadeo más, y 26 de Octubre. Un año, ya. Y yo te he visto sonreír tantas veces.
No te rindas nunca.
Un post-it naranja fluorescente pegado en el cabezal de la cama:
¿Sabes? He tenido una idea. Mañana, no sé cómo, recibirás una carta. Voy a proponerte una locura.
Andrés.
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Henar.,
Lisette.,
Otra tontería más.
samedi 30 octobre 2010
La pequeña cajita roja que tengo encajada entre los pulmones.
La radio en on. Y esa canción. La de siempre, la nuestra. La de aquél día en la discoteca que tanto nos reímos. Y se destapan todos los momentos que vinieron a continuación almacenados en la pequeña cajita roja que tengo encajada entre los pulmones. Esa misma, sonando para estrujar mi estómago hasta dejarlo diminuto y que yo no pueda respirar. Otra vez esa niña mayor. Mirándome desde el otro lado del espejo, llorando y preguntándome por qué te fuiste tan pronto. Y la melodía vaciándome hasta hacerme caer, desplumada, sin alas ni ganas de volver a volar. El frío suelo me congela las piernas. Mis ojos encharcados. Mis manos temblando. Dos minutos. Cinco. Diez. Una hora o quizás eternos segunditos. Me levanto lentamente. El espejo. Mi largo pelo enredado de tantos tirones incontrolados. Un ataque de desesperación y llanto recorre mi cuerpo por la espalda. Mi pelo. Y unas tijeras.
No voy a ser la misma sin ti, Lisette.
No voy a ser la misma sin ti, Lisette.
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Otra tontería más.
Sesenta y poco días sin ti.
Vuelve, Miguel. Vuelve que tengo ganas de cantarte una canción. Siéntate en las butacas del viejo teatro y escúchame. A ti siempre te ha gustado mi voz, y a mí cantarte. Y mírame con esos ojos que me vuelven loca, otra vez. Para que grite un poco más alto y se me escuche en la última fila. Allí donde me diste tantos besos que empecé por contar y acabé quedándome sin dedos. Vuelve, Miguel. Vuelve y dame un abrazo como aquél que me deshizo en un rincón del escenario. Estréchame contra tu pecho, hasta que mi corazón no sepa si es él o el tuyo. Y bésame la frente mientras un foco tenue hace brillar la otra punta del escenario, vacía, dejándonos a oscuras. Vuelve, Miguel, por lo que más quieras. Te necesito aquí.
O no. Da igual, mejor no vuelvas. ¿Para qué? Estoy harta de calcular donde está tu boca y hasta donde puede llegar la mía. Las matemáticas nunca se me dieron bien y el tema distancias lo llevo muy mal. Nunca tuviste nada que decir, Miguel. En realidad no. Decías cosas preciosas, pero hablabas mucho, decías poco y hacías menos. Y siempre te gustó dejar las cosas a medias, con ese misterio que te hacía el hombre más gilipollas del mundo mundial. Pero te necesito aquí. Y que no vuelvas nunca más.
O no. Da igual, mejor no vuelvas. ¿Para qué? Estoy harta de calcular donde está tu boca y hasta donde puede llegar la mía. Las matemáticas nunca se me dieron bien y el tema distancias lo llevo muy mal. Nunca tuviste nada que decir, Miguel. En realidad no. Decías cosas preciosas, pero hablabas mucho, decías poco y hacías menos. Y siempre te gustó dejar las cosas a medias, con ese misterio que te hacía el hombre más gilipollas del mundo mundial. Pero te necesito aquí. Y que no vuelvas nunca más.
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Otra tontería más.
jeudi 28 octobre 2010
Durmiendo en la cama que tanto amor ha guardado.
Te guardaré una habitación, pequeña. Mi corazón también puede ser una gran mansión y en cada sala encierra diferentes recuerdos. En el salón una cena romántica con mi primera novia y la Torre Eiffel de fondo comparte mesa con un banquete de una boda jamás celebrada. En el jardín, unos amigos adolescentes olvidados hacen botellón en un banco. Y en la habitación más grande, tú. Durmiendo en la cama que tanto amor ha guardado. Tú y la luz del Sol acariciando tu fina piel blanca.Cuánto me cuesta ahora levantarme de esa misma cama. Cuánto tiempo me pasaría contemplando esa escena. Cuánto te echo de menos, Lisette.
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Elliot.,
Lisette.,
Otra tontería más.
Y esquivar las estrellas eternamente.
Greta siempre había sido una de esas chicas con un humor extraño. Podía tirarse toda una noche sin soltar una simpre sonrisa, por más chistes que le contaran, o podía pasearse por las calles a carcajada limpia a largas horas de la noche, ella sola.
De pequeña solía salir a su jardín, estirarse en el poco césped que quedaba vivo y mirar como los aviones esquivaban las estrellas. Y fue ahí donde decidió que ella también esquivaría las estrellas eternamente. Después de un expediente académico impecable, se graduó y aceptó el primer contrato de azafata que llegó a su casa por carta. Y así, desde entonces se dedica a vestirse con su falda de tubo y su camisa impecables, se pone esos zapatos tan brillantes, y pasea su pequeña maleta por aeropuertos de medio mundo como quién va descalzo por su casa.
Porque Greta es así, alta, peliroja, vivaz, seria, educada y bonita. Muy bonita. O por lo menos esa fue la impresión que tuvo Elliot al conocerla aquél triste día, después de más de un año sin su pequeña Lisette.
De pequeña solía salir a su jardín, estirarse en el poco césped que quedaba vivo y mirar como los aviones esquivaban las estrellas. Y fue ahí donde decidió que ella también esquivaría las estrellas eternamente. Después de un expediente académico impecable, se graduó y aceptó el primer contrato de azafata que llegó a su casa por carta. Y así, desde entonces se dedica a vestirse con su falda de tubo y su camisa impecables, se pone esos zapatos tan brillantes, y pasea su pequeña maleta por aeropuertos de medio mundo como quién va descalzo por su casa.
Porque Greta es así, alta, peliroja, vivaz, seria, educada y bonita. Muy bonita. O por lo menos esa fue la impresión que tuvo Elliot al conocerla aquél triste día, después de más de un año sin su pequeña Lisette.
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mercredi 27 octobre 2010
Suenan las campanas.
Suenan las campanas.
- Buenos días, vecina. Ui, ¿las campanas a esta hora?
- Me parece que hoy enterraban a la niña del 2º B, ¿cómo se llamaba?
- Ay, no sé. Era un nombre raro. De otro país creo...
- Sí, me parece que era algo francés. Bueno, me voy que llego tarde.
- Adiós.
Suenan las campanas.
- Ponme una de cuarto.
- Mira, ahora tocan a muerto.
- Creo que es por la niña aquella morena, la que siempre iba de la mano de aquél chico tan guapo.
- Sí, Lisette creo que se llamaba. Pobrecilla...
- Era tan joven... Bueno, y ponme un redondo también.
- Toma, el cambio. Gracias.
- Adiós.
Suenan las campanas.
- ¿Y Michele?
- No ha llegado todavía.
- A estas horas, no creo que llegue.
- Puede que...
- Espero que no. Una baja ahora sería lo peor que nos podría pasar.
Suenan las campanas.
- Ven, Mago, que ya tienes la comida aquí. No, no me mires con esa cara, que Brigitte está en el cole y tardará en llegar. Sí, eso, vete a su habitación, y lo llenas todo de pelos. Asqueroso gato... ¿Ya son las doce? No puede ser.
Suenan las campanas.
- Cris, estube hablando con la Judit de lo del sábado.
- ¿Y qué te dijo?
- Que vale, pero mejor lo hablamos esta tarde en teatro.
- ¿Qué hora es?
- Las once y media. ¿Y tantas campanadas?
- Yo que sé. Puf, esta clase es eterna.
Suenan las campanas.
- Perdona, voy con las prisas y no te he visto.
- Tranquilo, no pasa nada. Anouk, ¿me escuchas? Sí, es que me acabo de chocar con un chico. Bueno, lo que te iba contando...
- Un billete para Barcelona, por favor.
Suenan las campanas.
En la iglesia. Elliot, Henar, Michele, Marc, Miguel, ... Y Lisette.
Y la vida siguió, como siguen las cosas que no tienen mucho sentido.
- Buenos días, vecina. Ui, ¿las campanas a esta hora?
- Me parece que hoy enterraban a la niña del 2º B, ¿cómo se llamaba?
- Ay, no sé. Era un nombre raro. De otro país creo...
- Sí, me parece que era algo francés. Bueno, me voy que llego tarde.
- Adiós.
Suenan las campanas.
- Ponme una de cuarto.
- Mira, ahora tocan a muerto.
- Creo que es por la niña aquella morena, la que siempre iba de la mano de aquél chico tan guapo.
- Sí, Lisette creo que se llamaba. Pobrecilla...
- Era tan joven... Bueno, y ponme un redondo también.
- Toma, el cambio. Gracias.
- Adiós.
Suenan las campanas.
- ¿Y Michele?
- No ha llegado todavía.
- A estas horas, no creo que llegue.
- Puede que...
- Espero que no. Una baja ahora sería lo peor que nos podría pasar.
Suenan las campanas.
- Ven, Mago, que ya tienes la comida aquí. No, no me mires con esa cara, que Brigitte está en el cole y tardará en llegar. Sí, eso, vete a su habitación, y lo llenas todo de pelos. Asqueroso gato... ¿Ya son las doce? No puede ser.
Suenan las campanas.
- Cris, estube hablando con la Judit de lo del sábado.
- ¿Y qué te dijo?
- Que vale, pero mejor lo hablamos esta tarde en teatro.
- ¿Qué hora es?
- Las once y media. ¿Y tantas campanadas?
- Yo que sé. Puf, esta clase es eterna.
Suenan las campanas.
- Perdona, voy con las prisas y no te he visto.
- Tranquilo, no pasa nada. Anouk, ¿me escuchas? Sí, es que me acabo de chocar con un chico. Bueno, lo que te iba contando...
- Un billete para Barcelona, por favor.
Suenan las campanas.
En la iglesia. Elliot, Henar, Michele, Marc, Miguel, ... Y Lisette.
Y la vida siguió, como siguen las cosas que no tienen mucho sentido.
mardi 26 octobre 2010
No nos dejes nunca, pequeña.
Se fue el 26 de octubre de un año maldito para siempre. Ahora es un pedacito de cielo, y todos tenemos que seguir adelante. Sin ella. Sin su sonrisa cautivadora, sin su risa peculiar, sin sus brillantes ojos marrones. Sin su nariz respingona, sin su largo pelo moreno, sin sus cortas piernas. Sin sus ganas de vivir, sin su locura, su amistad, su pasión. Sin nadie que pasee con aquellos pantaloncitos azules por mi casa, o que me anude las corbatas nuevas antes de guardarlas ordenadamente en su cajón. Sin nadie que salga corriendo por las calles descalza los días de lluvia, o que siempre ponga sus pies fríos encima del radiador. Sin nadie que tire del pelo a sus amigas, para luego reírse con ellas de cualquier tontería. Sin nadie a quién llevarle profiteroles a la cama los días que se ponga mala. Sin nadie que chupe el plato después de zamparse tres platos de tallarines con salsa sorpresa. Sin nadie que se me siente en la encimera de la cocina mientras hago la comida. Sin nadie que salga corriendo por las calles de París arrastrándome de su mano y gritando de alegría. Sin nadie que te haga sonreír hasta en el peor de los momentos, o que caliente tus manos con las suyas.
Porque fuiste, eres y serás única, Lisette.
Porque fuiste, eres y serás única, Lisette.
Elliot.
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Elliot.,
Lisette.,
Otra tontería más.
Esperando a que reviente de ganas de irme contigo.
Que no. Que yo hoy no salgo a la calle. Que hace un frío terrible, que se me mete en el cuerpo y luego no hay quien lo saque de mis huesos.
- Ah, mamá, que el pajarito ya está dentro de casa, vivito y coleando. Y mañana ni se te ocurra sacarlo. Aunque cante y te entre dolor de cabeza. Lo siento, pero no me gustaría nada volver a casa después de las clases y encontrármelo pálido y tieso en la jaula.
Pobre Piolín Cantarín, que nadie le hace caso y él siempre está animando a todo el que pasa con sus cantares.
- ¿Que no vas a salir hoy? – mira por la ventana de la cocina, mientras lava los platos - Adivina quién.
- Andrés. – sale de mi boca sin pensar.
Asiente con la cabeza.
- Mamá, no me digas eso. ¿Y ahora qué?
- Anda, sal un rato. Que el frío hace que te sientas viva.
- Que no.
Suena el timbre y mi madre me mira, esperando a que reviente de ganas de irme contigo.
- Pero me llevo tu bufanda marrón. Adiós. – digo de carrerilla.
Salgo a la calle corriendo, me pongo los guantes y acabo de subirme la cremallera hasta la barbilla. Y solo se me ven los ojos.
- Hola, Andrés. – te digo por debajo de la bufanda, desde la acera, mientras tú aparcas la moto. Te giras y te saludo con la mano metida en esas manoplas que tanta gracia me hacen, que siempre quiero ponerme, pero que nunca quiero que haga el frío suficiente para usarlas.
- ¿Que tienes frío? – dices mirándome de arriba a bajo y sonriendo con tus hoyuelos en las mejillas.
- No, a penas. – te digo tapándome bien la nariz con la bufanda.
Apartas un poco el gorro y me das un beso en la frente. Vuelves a repasar mis pintas con la mirada.
- Henar, cariño, que estamos en otoño. ¡Que todavía no ha nevado!
- ¡Ni falta que hace! – digo casi antes de que acabes la frase.
- Eres una exagerada. Vas a criar pollos ahí dentro.
Te miro. Me miras. Te sonrío por debajo de la bufanda y tu lo notas porque se me achinan los ojos.
- Pues la verdad es que ahora tengo un poquito de calor. – digo sonrojada.
Sueltas una risita.
- Anda, ves a quitarte capas, cebollita. Que yo te espero aquí.
- Vale, no tardo.
Y en dos minutos vuelvo a estar contigo. Por fin me abrazas y puedo notarte. Es de noche y sopla el viento. Paseamos por las calles llenas de hojas, crujientes pasos. Una anciana está sentada al lado de una hoguera, vendiendo castañas. Sin preguntarme nada, compras algunas. Ella nos sonríe y nos desea unas buenas noches. Nos sentamos en un banco y me das el cono de papel de periódico relleno de castañas calentitas. Después de poder pisar las hojas crujientes, es lo mejor del otoño, sin duda. Me acurrucas entre tus brazos e intento pelar una.
- Cariño, quítate los guantes. Así no podrás. – te ríes.
Muerdo y estiro. Los dejo encima de mis piernas y me como la castaña.
- ¿Están buenas?
- Riquísimas. Muchas gracias.
Y parecemos felices. Con el frío que hace, todo el mundo en sus casas con la calefacción puesta y nosotros ahí, sentaditos en un banco.
Las nueve. Me acompañas a casa y te vas con la moto. Entro en casa, digo un hola rápido y me caliento las manos en la chimenea.
- Mamá, ¿estás llorando?
- Lisette…
- ¡No!
- Ah, mamá, que el pajarito ya está dentro de casa, vivito y coleando. Y mañana ni se te ocurra sacarlo. Aunque cante y te entre dolor de cabeza. Lo siento, pero no me gustaría nada volver a casa después de las clases y encontrármelo pálido y tieso en la jaula.
Pobre Piolín Cantarín, que nadie le hace caso y él siempre está animando a todo el que pasa con sus cantares.
- ¿Que no vas a salir hoy? – mira por la ventana de la cocina, mientras lava los platos - Adivina quién.
- Andrés. – sale de mi boca sin pensar.
Asiente con la cabeza.
- Mamá, no me digas eso. ¿Y ahora qué?
- Anda, sal un rato. Que el frío hace que te sientas viva.
- Que no.
Suena el timbre y mi madre me mira, esperando a que reviente de ganas de irme contigo.
- Pero me llevo tu bufanda marrón. Adiós. – digo de carrerilla.
Salgo a la calle corriendo, me pongo los guantes y acabo de subirme la cremallera hasta la barbilla. Y solo se me ven los ojos.
- Hola, Andrés. – te digo por debajo de la bufanda, desde la acera, mientras tú aparcas la moto. Te giras y te saludo con la mano metida en esas manoplas que tanta gracia me hacen, que siempre quiero ponerme, pero que nunca quiero que haga el frío suficiente para usarlas.
- ¿Que tienes frío? – dices mirándome de arriba a bajo y sonriendo con tus hoyuelos en las mejillas.
- No, a penas. – te digo tapándome bien la nariz con la bufanda.
Apartas un poco el gorro y me das un beso en la frente. Vuelves a repasar mis pintas con la mirada.
- Henar, cariño, que estamos en otoño. ¡Que todavía no ha nevado!
- ¡Ni falta que hace! – digo casi antes de que acabes la frase.
- Eres una exagerada. Vas a criar pollos ahí dentro.
Te miro. Me miras. Te sonrío por debajo de la bufanda y tu lo notas porque se me achinan los ojos.
- Pues la verdad es que ahora tengo un poquito de calor. – digo sonrojada.
Sueltas una risita.
- Anda, ves a quitarte capas, cebollita. Que yo te espero aquí.
- Vale, no tardo.
Y en dos minutos vuelvo a estar contigo. Por fin me abrazas y puedo notarte. Es de noche y sopla el viento. Paseamos por las calles llenas de hojas, crujientes pasos. Una anciana está sentada al lado de una hoguera, vendiendo castañas. Sin preguntarme nada, compras algunas. Ella nos sonríe y nos desea unas buenas noches. Nos sentamos en un banco y me das el cono de papel de periódico relleno de castañas calentitas. Después de poder pisar las hojas crujientes, es lo mejor del otoño, sin duda. Me acurrucas entre tus brazos e intento pelar una.
- Cariño, quítate los guantes. Así no podrás. – te ríes.
Muerdo y estiro. Los dejo encima de mis piernas y me como la castaña.
- ¿Están buenas?
- Riquísimas. Muchas gracias.
Y parecemos felices. Con el frío que hace, todo el mundo en sus casas con la calefacción puesta y nosotros ahí, sentaditos en un banco.
Las nueve. Me acompañas a casa y te vas con la moto. Entro en casa, digo un hola rápido y me caliento las manos en la chimenea.
- Mamá, ¿estás llorando?
- Lisette…
- ¡No!
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Otra tontería más.
El oxígeno desapareció de la habitación.
El olor a desinfectante del hospital me ardía en la nariz, y el frío que aquella fina manta no evitaba se me metía en los huesos. El oxígeno desapareció de la habitación, y todo se fue volviendo oscuridad. me ahogaba, atrapada en aquella incómoda cama. Y después de las imágenes, desaparecieron los sonidos, como si alguien le bajara el volumen a la película de mi vida hasta dejarla en silencio. Y el maldito olor desapareció, al igual que el sabor amargo de la sangre a su paso por la boca. Dejé de notar el peso de las sábanas, la preséncia de todas aquellas máquina inútiles que me rodeaban, el colchón bajo mi cuerpo. La sensación de flotar se adueñó de mi cuerpo, y cuando recuperé todos los sentidos me encontraba en aquella casa en la que tantas veces había pensado como si fuera mi corazón, y a través de un gran espejo observaba aquella escena donde médicos y enfermeras correteaban por los pasillos como hormigas entre las hojas caídas del bosque.
dimanche 24 octobre 2010
24 de octubre.
Querido Diario,
Sé que hace demasiados años que no te escribo, pero hoy vengo a despedirme de ti. Qué bonitas las despedidas, ¿verdad? Te reúnes con las personas que han pisado más fuerte por tu vida y os decís todas las cosas bonitas que no se dicen por rutina. Se trata de sonreír mirando al pasado, ya que no se puede mirar al futuro.
A ti me gustaría darte las gracias por toda la compañía que me hiciste de niña, por ser mi vía de escape y el rincón donde mi imaginación conseguía su libertad total.
¿Sabes? A veces pensaba en mi corazón como en una gran casa de 4 habitaciones. La habitación de matrimonio estaba ocupada por mis padres, la pareja más bonita que he visto nunca, y cuando necesitaba respirar el olor del amor en el aire me encerraba ahí. Después, otra habitación pintada de amarillo encerraba mi infancia, con todos sus juegos y recuerdos. Y Henar y su diadema lila. Y otra habitación de matrimonio, igualita a la de Elliot. Con sus corbatas, con sus colonias, con mis vestidos por el suelo, con todo nuestro amor flotando en ese aire. Y en el comedor, una gran familia sentada a la mesa el día de Navidad. Unida, nombrosa, feliz. Y en el cuarto de baño, pasión y agua. Y colonia con sabor a chuche, y dulzura, y locura. Mucha locura.
Ya sé que estás pensando en que falta una habitación. Aquella de las puertas negras en la que no entra la luz. Ésa la dejaré para siempre cerrada, si no te importa.
Sé que hace demasiados años que no te escribo, pero hoy vengo a despedirme de ti. Qué bonitas las despedidas, ¿verdad? Te reúnes con las personas que han pisado más fuerte por tu vida y os decís todas las cosas bonitas que no se dicen por rutina. Se trata de sonreír mirando al pasado, ya que no se puede mirar al futuro.
A ti me gustaría darte las gracias por toda la compañía que me hiciste de niña, por ser mi vía de escape y el rincón donde mi imaginación conseguía su libertad total.
¿Sabes? A veces pensaba en mi corazón como en una gran casa de 4 habitaciones. La habitación de matrimonio estaba ocupada por mis padres, la pareja más bonita que he visto nunca, y cuando necesitaba respirar el olor del amor en el aire me encerraba ahí. Después, otra habitación pintada de amarillo encerraba mi infancia, con todos sus juegos y recuerdos. Y Henar y su diadema lila. Y otra habitación de matrimonio, igualita a la de Elliot. Con sus corbatas, con sus colonias, con mis vestidos por el suelo, con todo nuestro amor flotando en ese aire. Y en el comedor, una gran familia sentada a la mesa el día de Navidad. Unida, nombrosa, feliz. Y en el cuarto de baño, pasión y agua. Y colonia con sabor a chuche, y dulzura, y locura. Mucha locura.
Ya sé que estás pensando en que falta una habitación. Aquella de las puertas negras en la que no entra la luz. Ésa la dejaré para siempre cerrada, si no te importa.
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Henar.,
Lisette.,
Otra tontería más.
jeudi 21 octobre 2010
Mi pequeña Mariposa.
Los miércoles son un chiste. Me paso toda la mañana dibujando en un blog enorme, rodeada de risas. Después llego a casa, como, y me pongo a estudiar. Pero un ratito, ¿eh? No creas que cuando se van mis padres sigo hincando codos. Hago una pequeña pausa de dos o tres horas, y cuando vuelven, sigo y finjo haber estado estudiando toda la larga tarde. No siempre, ¿vale? A veces sí que estudio. Pero ahora no tengo ganas. En realidad no suelo tener ganas nunca. Pero hay veces que me jodo y me aguanto. Hoy, no.
Me levanto y abro el armario. Algo raro. Quiero algo que me haga diferente. Fotos. Ideas. ¿Trípode? Aquí. No, mejor en el comedor. Bajo las persianas y enciendo la lámpara. Automático de dos segundos. Pulso el botón, un segundo. ¿Sonrío? No. O mejor sí. La cámara dispara. Otra. Me ahueco el pelo. Me falta algo. Pintalabios rojo. Más luz. Música, eso es. Inspiración. Espuma, rizos. Disparador automático de cinco segundos. Me siento en el sofá. Cuatro segundos. Me estiro la falda negra. Tres segundos. Miro a la cámara. Dos segundos. Me agarro el collar de perlas. Un segundo. Aparto la mirada con soberbia. Otra foto. Y no me convencen. Falta algo. Me paro en el pasillo. Me reflejo en el espejo, de arriba a bajo. Me miro. Sonrío. Llevo puesta ropa de fiesta. Mi falda negra y la camiseta de tirantes con estampado de flores. Y escote. Tacones negros, los de siempre. Esos zapatos…
Pican a la puerta con los nudillos.
- ¿Henar? Soy Andrés. – escucho que dices desde el otro lado.
- ¡Sí! ¡Un segundo, que busco la llave y te abro!
Corro hacia mi habitación. Busco unos pantalones para ponérmelos antes de abrir la puerta. No quiero que me veas así, ¡qué vergüenza!
- Henar, ¿qué buscas?
- ¡Nada! – estado de shock - ¡¿Cómo has entrado?!
- La puerta estaba abierta. He escuchado que decías no se qué de la llave, pero no la habías echado. – me miras de arriba a bajo mientras hablas. – Y entonces he entrado. - Tus palabras se ralentizan. – Porque la puerta… estaba abierta. – llegas a mis labios con la mirada. – Y tú estabas porque me has hablado. – ya no sabes ni lo que dices. – Por eso sabía que estabas aquí… y he venido.
Te sonrío, y parece que el movimiento de mis labios te desconcentra. Miras mis ojos pintados un poco exagerados. También sonríes.
- Y como he visto a tus padres en el gimnasio cuando salía, pues he pensado que estarías estudiando en casa. No pretendía entretenerte, solo decirte algo. – me sonríes. – Pero por lo que veo no estudiabas mucho… - te sientas en mi cama. Y yo a tu lado.
- Es que no tengo examen de filosofía hasta dentro de una semana.
Me miras los tacones. Las medias. La falda que me tapa medio muslo. Mi tripa. El cuello. El rojo de mis labios. Mi pelo con un intento de ondulaciones.
- Estás preciosa. Me encanta como te queda esta falda. – me tocas la cintura. La espalda. Te acercas a mi oído y suspiras. Yo me muerdo el labio. Respiras cerca de mi cuello y me matas. Te ríes y todo acaba en un abrazo, cayendo los dos encima de la cama.
- Mi pequeña Mariposa.
- ¿Mariposa, Andrés? – me río.
- Tu aleteo, Henar. Que yo que sé qué provoca en mi mundo.
Me levanto y abro el armario. Algo raro. Quiero algo que me haga diferente. Fotos. Ideas. ¿Trípode? Aquí. No, mejor en el comedor. Bajo las persianas y enciendo la lámpara. Automático de dos segundos. Pulso el botón, un segundo. ¿Sonrío? No. O mejor sí. La cámara dispara. Otra. Me ahueco el pelo. Me falta algo. Pintalabios rojo. Más luz. Música, eso es. Inspiración. Espuma, rizos. Disparador automático de cinco segundos. Me siento en el sofá. Cuatro segundos. Me estiro la falda negra. Tres segundos. Miro a la cámara. Dos segundos. Me agarro el collar de perlas. Un segundo. Aparto la mirada con soberbia. Otra foto. Y no me convencen. Falta algo. Me paro en el pasillo. Me reflejo en el espejo, de arriba a bajo. Me miro. Sonrío. Llevo puesta ropa de fiesta. Mi falda negra y la camiseta de tirantes con estampado de flores. Y escote. Tacones negros, los de siempre. Esos zapatos…
Pican a la puerta con los nudillos.
- ¿Henar? Soy Andrés. – escucho que dices desde el otro lado.
- ¡Sí! ¡Un segundo, que busco la llave y te abro!
Corro hacia mi habitación. Busco unos pantalones para ponérmelos antes de abrir la puerta. No quiero que me veas así, ¡qué vergüenza!
- Henar, ¿qué buscas?
- ¡Nada! – estado de shock - ¡¿Cómo has entrado?!
- La puerta estaba abierta. He escuchado que decías no se qué de la llave, pero no la habías echado. – me miras de arriba a bajo mientras hablas. – Y entonces he entrado. - Tus palabras se ralentizan. – Porque la puerta… estaba abierta. – llegas a mis labios con la mirada. – Y tú estabas porque me has hablado. – ya no sabes ni lo que dices. – Por eso sabía que estabas aquí… y he venido.
Te sonrío, y parece que el movimiento de mis labios te desconcentra. Miras mis ojos pintados un poco exagerados. También sonríes.
- Y como he visto a tus padres en el gimnasio cuando salía, pues he pensado que estarías estudiando en casa. No pretendía entretenerte, solo decirte algo. – me sonríes. – Pero por lo que veo no estudiabas mucho… - te sientas en mi cama. Y yo a tu lado.
- Es que no tengo examen de filosofía hasta dentro de una semana.
Me miras los tacones. Las medias. La falda que me tapa medio muslo. Mi tripa. El cuello. El rojo de mis labios. Mi pelo con un intento de ondulaciones.
- Estás preciosa. Me encanta como te queda esta falda. – me tocas la cintura. La espalda. Te acercas a mi oído y suspiras. Yo me muerdo el labio. Respiras cerca de mi cuello y me matas. Te ríes y todo acaba en un abrazo, cayendo los dos encima de la cama.
- Mi pequeña Mariposa.
- ¿Mariposa, Andrés? – me río.
- Tu aleteo, Henar. Que yo que sé qué provoca en mi mundo.
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